Cada mes de enero, la Iglesia nos invita a volver la mirada hacia una de sus misiones más profundas y, en ocasiones, olvidadas: la recuperación de la unidad plena. El pasado 18 de enero dio comienzo la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (SOUC), un octavario que halla su culmen hoy, 25 de enero, en la fiesta de la Conversión de San Pablo. Bajo el lema «Un solo Espíritu, una sola esperanza», este tiempo litúrgico nos urge a reconocer que aquello que nos une es infinitamente más fuerte que lo que nos separa.
Una prioridad orgánica, no un apéndice
A menudo se cae en el error de considerar el ecumenismo como una actividad secundaria o «administrativa» de la Iglesia. Sin embargo, San Juan Pablo II, en su encíclica Ut unum sint (1995), fue tajante al respecto: la búsqueda de la unidad no es un mero «apéndice» que se añade a la actividad tradicional. Al contrario, pertenece de manera orgánica a su vida y a su acción. Una Iglesia dividida es una Iglesia que muestra una herida en su propio cuerpo, dificultando que el mensaje del Evangelio llegue con toda su fuerza al mundo.
La unidad, por tanto, no es una estrategia de marketing institucional, sino una exigencia de fidelidad a la voluntad del Fundador.
La primacía de la oración: El ecumenismo espiritual
Para alcanzar la plena comunión, el esfuerzo humano, aunque necesario, es insuficiente. El texto bíblico que guía este camino es la oración sacerdotal de Jesús: «No ruego solo por estos, sino por los que van a creer en mí por su palabra… para que sean consumados en la unidad» (Jn 17, 20-23).
Como bien señaló Benedicto XVI, no podemos «fabricar» la unidad únicamente con nuestras fuerzas o negociaciones diplomáticas. El verdadero motor es el ecumenismo espiritual. Esto implica que la oración, la conversión del corazón y la santidad de vida son el núcleo del movimiento. Sin un cambio interior en cada cristiano, el diálogo doctrinal corre el riesgo de volverse estéril. La unidad es, ante todo, un don del Espíritu Santo que debemos estar dispuestos a recibir.
Un camino con raíces históricas
El movimiento que celebramos hoy no surgió de la nada; es el fruto de siglos de anhelo. Sus orígenes modernos se remontan a 1740 en Escocia, con los movimientos pentecostales que clamaban por una oración común. Más tarde, el Papa León XIII daría un impulso decisivo al sugerir un Octavario vinculado a Pentecostés.
Sin embargo, el formato actual se lo debemos en gran medida al reverendo Paul Wattson, quien en 1908 promovió la celebración formal de esta semana. Desde entonces, el camino ha estado jalonado por hitos que han cambiado la historia:
- Jerusalén, 1964: El histórico abrazo entre el Papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras I, donde rezaron juntos por primera vez en siglos.
- Nicea, 1.700 aniversario: El reciente y significativo encuentro entre el Papa León XIV y el patriarca ecuménico Bartolomé. Al recitar juntos el Credo de Nicea, ambos líderes no solo recordaron una profesión de fe compartida, sino que reafirmaron el compromiso de caminar hacia una unidad visible y tangible.
El lema de este año: La llamada de San Pablo
La reflexión de esta edición se ha centrado en la carta a los Efesios: «Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a la que habéis sido llamados» (Ef 4,4). Esta frase resume la meta del ecumenismo: reconocer que, a pesar de la diversidad de tradiciones y ritos, compartimos una única esperanza escatológica.
En un mundo fragmentado y sediento de referentes de paz, el testimonio de unidad de los cristianos es más urgente que nunca. La Semana de Oración termina hoy, pero la tarea de ser constructores de puentes debe continuar durante todo el año, alimentada por la convicción de que, en Cristo, ya somos hermanos.
