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Evangelio del miércoles, 3 de octubre

2 octubre, 2018

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,57-62

En aquel tiempo, mientras iban de camino Jesús y sus discípulos, le dijo uno: «Te seguiré adonde vayas.» Jesús le respondió: «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.» A otro le dijo: «Sígueme.»
Él respondió: «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.»
Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.»
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.»
Jesús le contestó: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
La experiencia del camino que hace Jesús con sus seguidores está marcado por muchos contrastes; muchos lo abandonan porque descubren que no es simplemente una “aventura para sentirse bien”, es un camino que trae exigencias, que pide tomar decisiones, es un camino que toca toda la vida y pide dejarse transformar en los criterios, en las actitudes y en las opciones. Otros desean seguirlo porque el Maestro, les despierta admiración y los Apóstoles están cerca para ir comprendiendo lo fundamental.

Es por esto, que en el Evangelio de hoy surgen condiciones muy radicales para poder ser discípulo del Señor. En primer lugar uno le dice: “Te seguiré adonde vayas”. La respuesta del Señor es radical, enseñando que para seguirlo es necesario despojarse de todo y no buscar en Él falsas seguridades. Qué nocivas son las predicaciones de un “evangelio de prosperidad” de aquellos “apóstoles” que ponen como núcleo del seguimiento del Señor, la convicción de que Dios premia la fidelidad de sus fieles con la vida prospera, es decir, económicamente ricos, físicamente saludables e individualmente felices. En esta predicación, la cruz es un escándalo; en el centro están los intereses del hombre.Y, Dios un poder a su servicio, la religión un mercado de bienestar donde priman las emociones.

En segundo lugar, el Señor llama a un nuevo discípulo y éste le responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.” Esta frase para decirle “deja las cosas del pasado. No pierdas tiempo con lo que ha ocurrido, mira adelante”. Quién ha encontrado a Jesús como aquel tesoro precioso del campo y es llamado con predilección a seguirlo, descubre una vida nueva que debe emprender con generosidad reconciliándose con su historia; lo dice san Pablo: “No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Filipenses 3, 12-14).

Y, el tercer discípulo le dice: “Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.” Pero Jesús con su respuesta deja claro que lo que en otra ocasión había dicho: “Aquel que ama a su padre y a su madre más que a mí, no puede ser mi discípulo (Lc 14,26); no significa faltar al amor, al don de la familia que el Señor nos ha confiado; al contrario, se trata de amar a la familia en el orden verdadero. El seguimiento del Señor pide hacerlo a Él el centro de nuestra vida, la prioridad fundamental que da el sentido a las demás áreas de nuestra existencia.

Entonces, podemos decir que estas tres exigencias para el seguimiento del Señor están vigentes y son condiciones necesarias para vivir una experiencia de fe auténtica que no cambia el Evangelio ni acomoda la relación con Dios a intereses individuales o a modas espirituales.

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