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Evangelio del día

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca». Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido». Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación

El pasaje del evangelio de hoy nos muestra parte de la cotidianidad de Jesús: se hace cercano acogiendo a los enfermos y marginados, permanece unido al Padre en oración y se pone en camino en el cumplimiento de su misión. Tres actitudes que debemos imitar en nuestro itinerario como discípulos del Señor.

Jesús entra en casa de Pedro y cura a la suegra de éste; una vez curada se pone de pie y comienza a servir a los demás. Por otra parte, la escena de la caída de la tarde en la que el Señor acoge y cura a toda clase de enfermos y marginados, muestra como se hace cargo del dolor de la humanidad, se abre a la compasión, acoge a los excluidos y les devuelve la dignidad de sus vidas reintegrándolos a la vida de comunidad.

Esta actitud siempre será un signo de la vivencia del Reino de Dios entre nosotros. Ante el sufrimiento físico, moral, espiritual y afectivo de tantos hermanos no podemos permanecer indiferentes. El evangelio se hace un llamado claro a salir de nuestras comodidades para compadecernos del dolor de los otros. Nos debe cuestionar que en el camino de nuestra vida nos encontremos con seres humanos excluidos y desfavorecidos; nos debe doler el niño por la calle que pide una moneda, el joven que ha caído en el infierno de la droga hundiéndose en su adicción mientras otros llenan sus bolsillos con dinero manchado con la tragedia de las familias; nos debe doler el anciano abandonado y al que se le considera un peso, nos debe doler el trabajador explotado y aquella persona que afanosamente busca el pan para llevar a casa. Y como estos casos, tantos rostros, tantas historias, tantas realidades que vemos; realidades que piden nuestra solidaridad y compasión. Jesús nos enseña a ser verdaderos prójimos capaces de aproximarnos, compadecernos y tender la mano. ¿Ante estas realidades que actitud puedes tomar?

¿De dónde le viene la fuerza al Señor? Jesús en sus arduas jornadas busca el tiempo y el ambiente propicio para entrar en la intimidad de la oración. Se levanta antes que los otros para estar a solas, en silencio con su Padre Dios. La oración lo mantiene firme en la búsqueda de la voluntad de Dios; la oración fecunda su acción y le direcciona. La oración lo restaura y le da descanso, le permite poner en el corazón de Dios el dolor de sus hermanos. Los evangelios insisten en la actitud constante y disciplinada de la oración. Ora para poder vivir plenamente, vive con compromiso su misión porque ora. También nosotros vivimos largas jornadas, tenemos nuestras propias fatigas y cansancios, pero en muchas circunstancias es débil e inconstante nuestra oración. De hecho solemos decir que oramos poco porque tenemos muchas cosas por hacer y por esto nos invade el estrés, la tensión, la ansiedad, el cansancio existencial. Algo fundamental es la vida de oración. Oremos para encontrar dirección y ser restaurados, oremos en toda circunstancia para no ir solos en nuestras luchas, oremos para que nuestros trabajos no queden infecundos. Mantengamos viva la conciencia de nuestra necesidad de cultivar la oración.

Esta actitud fundamental nos ayudará a tener una renovada convicción del llamado que el Señor nos hace a estar dispuestos, como él, a ponernos en camino para servir y cumplir la misión de cada día sin protagonismos ni intereses mezquinos, sino encontrando en la donación sincera de cada día la plenitud de nuestra vida.

15 enero, 2020
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Lectura del santo evangelio según san Juan 3,22-30
En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos y bautizaba. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua abundante; la gente acudía y se bautizaba. A Juan todavía no le habían metido en la cárcel.
Se originó entonces una discusión entre un judío y los discípulos de Juan acerca de la purificación; ellos fueron a Juan y le dijeron: «Oye, rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ése está bautizando, y todo el mundo acude a él.»
Contestó Juan: «Nadie puede tomarse algo para sí, si no se lo dan desde el cielo. Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: «Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él.» El que lleva a la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar.»
Palabra del Señor. Gloria a Ti Señor Jesús

Meditación
Juan Bautista era la voz que preparaba el camino para la llegada del Señor y muchos lo seguían. Fue él quien señaló la presencia del “Cordero de Dios”. Ahora como testigo fiel hace que sus discípulos vean con objetividad a quién deben seguir. Por eso no duda en decir: “Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar”.
La respuesta de Juan Bautista es toda una lección de lo que es la verdadera grandeza del ser humano. Primero, hace ver el origen del bien que hace Jesús; si él expresa continua compasión es porque le fue dado por Dios. Segundo, no se puede tener envidia por el bien que otros hacen porque ser testigos de esto debe procurar verdadera alegría. Y en tercer lugar, confirma su identidad; él no es el Mesías sino su precursor, él es el amigo del novio que sin merecerlo se le ha confiado la misión de presentarlo. No quiere nada para sí! ¡Su misión la está cumpliendo y esto es su verdadera satisfacción.
También en los distintos ambientes en los que vamos buscando nuestra realización podemos aplicar estas actitudes de Juan Bautista. Seamos capaces de reconocer que todo lo bueno, noble, bello y verdadero viene de Dios. Lo confirma san Pablo cuando nos aconseja que “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta… ponedlo por obra y el Dios de la paz estará con vosotros.» (Filipenses 4, 8-9). Dejémonos curar de la ceguera que impide ver el bien que siempre es posible hacer y que se convierte en causa de agradecimiento al Dios inspirador de toda clase de obras buenas.
hacer esto nos cura de la envidia y el menosprecio a los demás. alegrémonos y reconozcamos la bondad de los demás; agradezcamos y alegrémonos porque donde haya alguien capaz de hacer una opción por la bondad y la verdad brotan la esperanza y la fe en el ser humano.
Y por último, nunca anulemos a nadie porque la verdadera grandeza no consiste en pasar por encima de los demás sino en el experimentar la satisfacción del deber cumplido basado en el servicio sincero a los demás. Cuando somos tenemos motivaciones transcendentes nuestro obrar busca que otros crezcan. Porque nadie puede alcanzar una verdadera satisfacción que lo ennoblezca como ser humano haciendo que otro ser humano pierda su dignidad. Es la razón por la que el trabajo de cada día se puede convertir en un verdadero medio de santificación y un instrumento de realización humana.

11 enero, 2020
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 5,12-16
Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme.» Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Y en seguida le dejó la lepra.

Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste.» Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación
Un leproso transgrede las normas de la religión para acercarse a Jesús. Por su enfermedad era excluido, condenado a vivir alejado de los demás y nadie podía acercársele; sanar a un leproso era tan difícil como resucitar a un muerto. Sin embargo, Jesús extiende su mano y lo toca, se hace cercano y le pronuncia una palabra de liberación: “Quiero, queda limpio”. Una vez curado el leproso es enviado al sacerdote para que conste su sanación y así pueda retomar la vida con normalidad.

El que era excluido de la vida social, de la vida religiosa, de la familia y de su dignidad humana encuentra en la cercanía del Señor su salvación; viene incluido porque con las palabras y acciones Jesús enseña que no es posible amar a Dios y marginar al prójimo; hacerlo significaría no haber comprendido la fuerza del evangelio.

¡Cuánto podemos aprender de este episodio del evangelio! En primer lugar, a imitar la actitud del leproso. Al escuchar que todos hablaban de los prodigios de Jesús a favor de los excluidos y marginados, deja que la llama de la esperanza se encienda, se acerca aunque existían convenciones que lo prohibían y dirige a Jesús su oración de fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. No quiso quedarse con lo que había oído, buscó tener una experiencia personal de su misericordia. También a Él podemos llegar para ser curados de las lepras de nuestro tiempo. Ser curados del pecado que nos excluye del amor de Dios y de la comunión con los otros; ser curados de la soledad, del aislamiento y del individualismo; ser curados de todo aquello que no permite avanzar.

En segundo lugar, aprender de la actitud de Jesús. El no se deja encasillar de lo que limita la compasión; no tiene una mirada de prejuicio ni hace acepción de personas para obrar el bien. Jesús se hace cercano, tiene una mirada capaz de devolver la esperanza. Sabe que el primer milagro consiste en la proximidad porque no se hace el bien tomando distancias, “la caridad no se hace desde la barrera”. La respuesta del Señor obra la confirmación de lo anhelado: “sí quiero, queda limpio”. ¿Quieres contribuir para que las personas que te rodean tengan una vida más signa? Sí, quiero. ¿Quieres seguir edificando la plenitud de tu existencia haciendo el bien? Sí, quiero. ¿Quieres ser instrumento de la compasión y la cercanía de Dios? Si, quiero. Es posible que en nuestros días sigan aconteciendo estos milagros que dejan ver la riqueza del evangelio. Lo importante es no olvidar cuánto Dios espera de nuestro querer para continuar obrando su misericordia que recrea la vida.

10 enero, 2020
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Lectura del santo Evangelio según Lucas 4,14-22ª

Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la región. Iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.» Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca.

Meditación
Jesús vuelve a Galilea y en Nazaret donde se había criado va a la sinagoga a estar con la gente y a participar de la celebración. Con las palabras del profeta Isaías anuncia la Buena Nueva para los pobres, los cautivos, los oprimidos y excluidos. Jesús al decir que esa escritura se cumplía en él presenta su misión como enviado del Padre, como el Mesías esperado.

El programa presentado por Jesús en la sinagoga y realizado con sus hechos y palabras a lo largo de su vida, se hace el programa de todos los que, tomando conciencia de su bautismo, deciden vivir el seguimiento del Señor.

Preguntémonos: ¿cómo acogemos en nuestra vida personal y comunitaria la Buena Noticia del Señor? ¿Reconocemos a Jesús como nuestro Señor y Salvador? ¿Nos dejamos liberar por su amor misericordioso? ¿Permitimos que su Palabra cure nuestras cegueras para ver con claridad el plan de Dios en nuestra existencia? ¿Vivimos nuestros días como un tiempo de gracia en el que el Señor actúa?

Dejemos que el Espíritu Santo, con el que hemos sido ungidos desde el bautismo, nos ayude a actualizar el programa del Señor en nuestras vidas. Pienso, por ejemplo, en la gracia derramada en la Confesión en donde acontece una verdadera liberación; somos rescatados del cautiverio y la opresión, somos rescatados y revestidos de nueva vida, somos levantados al escuchar: “yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Consideremos la gracia que nos da el alimentar con dedicación la vida espiritual reconociendo que también se nos ha confiado una misión.

Y entonces al acoger y hacer vida en nuestra existencia la Palabra del Señor confirmamos que es el Señor, por nosotros y en nosotros, que continúa actualizando este anuncio de Salvación. Ahora eres tú, soy yo, los enviados a anunciar los valores del Reino de Dios. Así la fe se traduce en la búsqueda del bien de los hermanos, en actitudes concretas de caridad, de solidaridad, de reconciliación, de liberación, etc. Esta es la invitación que nos hace San Pablo: “Revestíos, pues, como elegidos de Dios de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre.» (Col 3, 12-17).

9 enero, 2020
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Lectura del santo Evangelio según Marcos 6,45-52
Inmediatamente obligó a sus discípulos a subir a la barca y a ir por delante hacia Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar.
Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y él, solo, en tierra. Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos, viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero él, al instante, les habló, diciéndoles: «¡Ánimo!, que soy yo, no temáis.» Subió entonces junto a ellos a la barca, y amainó el viento, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
Luego de la multiplicación de los panes, Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca e ir delante de él; después de orar a solas en el monte va al encuentro de aquellos que se fatigaban remando, pues el viento era contrario; los discípulos en su turbación escuchan la palabra: “¡Ánimo!, que soy yo, no temáis” y el viento se amainó. Detengámonos en estos tres momentos.

En primer lugar, la decisión del Señor que obliga a sus discípulos a subir a la barca e ir adelante pretende evitar una tentación tanto para él como para sus apóstoles que están iniciando el seguimiento; todo porque la multitud al verse saciada concluye que Jesús debe ser el Mesías esperado y pretende hacerle rey. Ellos no pueden contaminarse con una ideología que corrompa la misión encomendada, no pueden dañar la mirada para ir encontrando la novedad de la persona y la enseñanza de Jesús. Él sube al monte a orar y los discípulos entran a la frágil barca en la que experimentarán las contrariedades de la vida y la presencia del Señor.

También hoy como cristianos nos encontramos con tentaciones que nos ofrecen visiones “atractivas y acomodadas” de la fe, casi una fe a la manera de cada quien, sin normas ni preceptos, una fe basada en sentimientos y emociones, una fe que se instala en la “multiplicación de los panes y no en el camino de la cruz”. El Señor nos invita a entrar en la oración como diálogo de intimidad con el Padre Dios para conocer, comprender y abrazar su voluntad. ¡Qué importante es la disciplina espiritual en el camino de la vida! Orar para vivir en Dios, orar para no ser como veletas arrastradas por toda clase de vientos, orar para no perder el norte; orar siempre y en todo momento.

En segundo lugar, la escena de los discípulos que están juntos en la barca, en medio del mar, fatigados remando y con el viento contrario, nos ayuda a comprender una verdad que paso a paso ellos comprendieron y que nosotros vivimos: La barca representa la Iglesia fundada sobre la roca de los Apóstoles; la barca frágil en donde podemos estar juntos, la barca que es golpeada por toda clase de vientos impetuosos, de ideologías, de pecados de sus miembros; sí, la barca herida que pide ser reparada y que clama la presencia del Señor. Vivimos tiempos en los que somos zarandeados, pero hay que avanzar. En medio de las tempestades la mirada del corazón se purifica y permite contemplar a Aquel que viene a nuestro encuentro.

Y por último, Jesús llega caminando sobre las aguas del mar. Y en medio de los miedos, el cansancio y las cegueras que impiden ver la presencia del Señor, resuenan aquellas palabras que debemos conservar y hacer resonar en nuestro interior: “¡Animo, no tengan miedo! ¡Soy yo!”. En medio de la tempestad Jesús viene a nuestro encuentro. En las experiencias de la fe, de la vida familiar, del mundo del trabajo, del contexto social y del mundo interior podemos encontrarnos situaciones en las que las palabras del Señor nos reaniman. Escuchar el “no tengas miedo” nos ayuda a comprender que en el camino de la vida no vamos solos.

Que la meditación del Evangelio nos anime a no desfallecer y a no saltar de la barca; que confirmemos la certeza de la fe que nos lleva a confesar que en medio de las luchas y tribulaciones experimentamos la presencia del Señor que nos dice: ”No tengas miedo, soy yo y estoy aquí contigo”

8 enero, 2020
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Lectura del santo evangelio según san Mateo 4,12-17.23-25

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías: “País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles, El pueblo que habitaba en tinieblas vió una luz grande; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, una luz les brilló.”
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: “convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.” Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curaba. Y le seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania.
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús
Meditación
¿Con qué dedicación realizamos nuestras labores de cada día? ¿Encontramos motivaciones claras para elegir hacer el bien? Estos interrogantes brotan de la enseñanza que nos trae el evangelio de hoy.
Jesús comienza su ministerio público anunciando la Buena noticia de Salvación, recorre toda Galilea, enseñando, curando las enfermedades y acogiendo a todas las personas sin discriminaciones ni prejuicios. Su motivación transcendente no es la de obtener ni fama ni prestigio. Lo importante no es lograr el reconocimiento de la multitud ni la aceptación de las mayorías; él busca hacer en todo la voluntad de su Padre Dios.
¡Qué importante son las motivaciones en nuestra vida y cómo marcan la ruta que recorremos! Porque Jesús tiene clara su misión no permite que nada ni nadie lo desvíe; no deja perder su corazón, no se va por resultados inmediatos ni satisfacciones momentáneas. El se deja mover por el Espíritu Santo que marca el inicio de su misión universal; sabe que el anuncio trae riesgos, pero no se echa atrás. No se queda parado esperando que las cosas se den; camina, va al encuentro y acoge a la gente, su Palabra y sus actos hacen que “el pueblo que habitaba en tinieblas viera una luz grande”.
Jesús es un apasionado de la vida, no se acostumbra a su misión porque vive desde Dios, sabe encontrar la novedad, es capaz de mirar con profundidad a cada persona y por esto prueba compasión; su seguridad no reside en “reconocimientos” sino en la donación de sí cada día.
Así el evangelio se hace para nosotros una invitación a recorrer este mismo camino. ¡Hoy vale la pena vivir! Podemos convertir esta jornada en una oportunidad para realizar con dedicación todo aquello que se nos confía. No tiene sentido perder la oportunidad que se nos confía. Vivir con pasión nuestra vocación nos hace ser luz para los demás, elegir hacer el bien se convierte en fuente de satisfacción, no dejar que el corazón acoja motivaciones mezquinas y egoístas nos hace vivir la gracia del encuentro con los otros como posibilidad de animar, levantar, curar y dar sentido a la vida.
Aprendamos de Jesús. Lo esencial no es conseguir reconocimientos e “importancias”, lo realmente importante es tener motivaciones altas y hacernos servidores; lo importante es ponerle trascendencia a la cotidianidad. ¡Hoy es la oportunidad! no dejemos que se nos vaya como agua entre los dedos. Decidamos recorrer bien el camino.
P. John Jaime Ramírez Feria

7 enero, 2020
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Lectura del santo Evangelio según san Juan 1,29-34

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua es para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación

Juan bautista da testimonio de Jesús, anunciando que en él se cumplen las promesas de salvación anunciadas desde antiguo. Jesús es el Cordero de Dios, título que evoca la liberación de la esclavitud; él es quien quita el pecado del mundo, él nos trae la salvación como dice el profeta Jeremías: “Pues me conocerán todos, del más grande al más humilde. Porque yo habré perdonado su culpa y no me acordaré más de su pecado” (Jer 31,34). Él es quien existe desde siempre y para siempre y por amor ha querido morar entre nosotros; él es el Hijo de Dios en quien nosotros somos constituidos hijos de adopción. En él las cosas son nuevas; él ha venido para darnos vida plena y abundante.

Es por esto que el texto que meditamos hoy nos invita a crecer en dos realidades inseparables; en primer lugar, la necesidad de crecer en la confianza en Jesús; en segundo lugar, el compromiso de dar testimonio de Jesús con nuestra vida.

La confianza que nos sostiene como cristianos nos da la certeza de la obra de Dios en todo momento de la vida; por esto alimenta nuestra esperanza, nos hace acoger con agradecimiento y asombro cada día como un don de Dios. La raíz de nuestra confianza es la certeza del amor de Dios manifestado en Jesucristo, nuestro Salvador. Él se hizo hombre en el seno virginal de María, compartió nuestra condición humana, amándonos hasta el extremo ofreció su vida para obtenernos la salvación, venció la muerte con su resurrección para revestirnos de vida, nos ha dejado su Espíritu Consolador que nos anima y nos recuerda su promesa: “no tengan miedo, yo estaré con ustedes todos los días de la vida”.

Así, en medio de las vicisitudes de la vida y de las tormentas que se alzan, como cristianos caminamos confiados. ¡Qué importante es vivir el regalo de la confianza! Cuanto daño hace a la vida en la zozobra y la sospecha. La confianza no se obliga ni se compra; ella se va generando con la apertura al otro; nos abrimos a la confianza cuando nos encontramos con una persona transparente, generosa, que ama la verdad y busca mantener la palabra, que sabe ofrecer una disculpa sincera y busca el bien. Trabajemos por generar confianza en nuestras relaciones. La confianza nos trae paz, nos hace avanzar con paso más firme, nos hace sentirnos acompañados.

Desde la visión cristiana la confianza nos hace comprender que, como dice el Papa Francisco, “cada día esconde un gran misterio de gracia y de que en nuestro mundo no necesitamos otra cosa que no sea una caricia de Cristo. Este convencimiento lleva al cristiano a amar la vida, a no maldecirla nunca, pues todos los momentos, por muy dolorosos, oscuros y opacos que sean, son iluminados con el dulce y poderoso recuerdo de Cristo. Gracias a él estamos convencidos de que nada es inútil, ni vacío, ni fruto de la vana casualidad”.

Entonces, la confianza en Dios nos abre al compromiso de dar testimonio de la fe que nos mueve a vivir conforme al querer del Señor.

P. John Jaime Ramírez F.

3 enero, 2020
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Comienzo del santo evangelio según san Juan 1,1-18
En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha contado.
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús
Meditación
Llegamos al último día del año, una jornada marcada especialmente por el agradecimiento del año vivido y la confianza que crece con el año nuevo. Tanto el balance como los buenos propósitos deben ayudarnos a vivir esta jornada, lejos de agüeros, supersticiones y falsas creencias que no solo desdicen de la fe cristiana sino que también nos hacen evadir de la responsabilidad de la buena administración del tiempo y los asuntos que se nos confían.
Decir que este día es una ocasión propicia para hacer nuestro balance 2019 nos ayuda a revisar, sin nostalgias ni pesimismos, lo que hemos vivido; en el camino que hemos recorrido encontramos aciertos y desaciertos, avances y retrocesos, logros alcanzados y tareas pendientes. Vemos con una mirada humilde cómo fueron vividas las prioridades. Pasan por el lente nuestra relación con Dios y el sano cultivo de la fe y la confianza en Él, examinamos el cuidado que tuvimos de nosotros mismos en la búsqueda correcta de la satisfacción de las necesidades físicas, mentales, emocionales, espirituales: ¿Cuánto crecimos en este año? Nos detenemos para contemplar el don de la familia; miramos las relaciones de casa como esposos, padres, hijos, hermanos para saber cuáles han sido nuestros depósitos para custodiar, fortalecer y madurar nuestros lazos afectivos. Nos detenemos en el trabajo realizado, en aquellos asuntos de los que hemos sido responsables. Si nos detenemos a hacer este balance confirmamos, como en la parábola de los talentos, que el Señor nos confía el tiempo y la existencia para salir al encuentro del prójimo. Entonces, brotan la gratitud y la súplica humilde del perdón junto al planteamiento de verdaderos y nobles propósitos para el año nuevo.
Esto nos hace responsables abriéndonos a lo nuevo con una mentalidad renovada no adormecida por “bonitas intenciones” sino aclarada por propósitos que nos animan a servir y a vivir con ánimo decidido.
No evadimos la responsabilidad al afrontar el año nuevo. Es la razón que nos lleva a no caer en la promoción de toda clase de supersticiones y rituales de nochevieja. El cristiano no vive de suertes y soluciones mágicas; qué faltos de fe y de seguridad propia, quienes esperan mejores días porque usan prendas de este o aquel color, quienes realizan rezos, sahumerios, baños y otras cosas que para nada santifican; y ¿qué decir de lectura de horóscopos, la consulta a adivinos y otros tipos de prácticas contrarias a la fe verdadera?
Un año bueno para el creyente es el que se dispone a vivirse conforme a la voluntad de Dios tomando una verdadera actitud de servicio y valentía. Un año nuevo es una empresa confiada para dar buenos resultados con la sabiduría y la dirección de Dios. ¡Que tengamos un buen año! Sí, un año en el que resuene las palabras del Señor: “Lo que yo te ordeno es que te esfuerces y seas valiente, no te acobardes ni te desanimes, porque donde quiera que vayas yo estaré contigo”.
Con gratitud y confianza abrámonos a la novedad de Dios y de su mano pongámonos en camino con la certeza que nuestra vida está en sus manos.

31 diciembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Mateo 2,13-18
Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.»

Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven».

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación
El relato de Mateo, muestra como el rey Herodes sintiendo amenazada su autoridad y poder por el Niño Jesús nacido en Belén, hizo matar a todos los niños de dos años para abajo. Por su parte San José, asumiendo con su obediencia silenciosa, se hace cargo de Jesús y de María protegiéndoles de aquella amenaza. Dos actitudes contrarias que nos ofrecen una clave de interpretación para nuestros días.

Hoy, día de los Santos Inocentes, mientras algunos malinterpretan esta fecha con noticias falsas, bromas y jocosidades, somos llamados a comprender que la Navidad no es un tiempo para disfrazarlo con un discurso irreal para que parezca bonito; este tiempo nos habla también del llanto, de los desafíos e injusticias de aquel tiempo y del nuestro. Se nos presenta un gemido: “Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes”. Un gemido que hoy se nos pide escuchar, que debe llegar al alma del creyente y que produce el deseo de hacer algo para consolar, para rodear la vida y cambiar la tragedia del dolor.

Dice el Papa Francisco: “Contemplar el pesebre es también contemplar este llanto, es también aprender a escuchar lo que acontece a su alrededor y tener un corazón sensible y abierto al dolor del prójimo, más especialmente cuando se trata de niños, y también es tener la capacidad de asumir que hoy se sigue escribiendo ese triste capítulo de la historia. Contemplar el pesebre aislándolo de la vida que lo circunda sería hacer de la Navidad una linda fábula que nos generaría buenos sentimientos pero nos privaría de la fuerza creadora de la Buena Noticia que el Verbo Encarnado nos quiere regalar. Y la tentación existe”.

Es por esto, que la alegría cristiana por la Buena Noticia de la Navidad no puede ignorar el dolor de los inocentes, de los pobres y excluidos. La Navidad nos reúne en torno al Niño de Belén para hacer un cántico a la vida y constatamos la vulnerabilidad de la vida que pide ser protegida. Sabemos que son miles de niños a los que se les niega el derecho a la vida, las cifras de los abortos provocados y promovidos como un derecho son de la locura de Herodes. Son miles de niños los que están atrapados en las redes de los mercaderes de la muerte y viven en dramáticas situaciones de miseria. “Una inocencia desgarrada bajo el peso del trabajo clandestino y esclavo, bajo el peso de la prostitución y la explotación. Inocencia destruida por las guerras y la emigración forzada», dice el Papa, con la pérdida de todo lo que esto conlleva.

Escuchemos el clamor de estos niños, escuchemos el dolor de las madres que lloran a sus hijos, escuchemos el grito desgarrador de los que piden justicia y claman por la protección de sus derechos. Escuchemos el clamor de los sin voz. Imitemos a San José, el custodio de la vida. Él como hombre obediente y fiel a la voluntad de Dios se levantó y protegió al Niño y a la Virgen Madre de la violencia de Herodes porque supo escuchar la voz de Dios y se dejó guiar por la Voluntad Divina, san José tomó en sus manos la responsabilidad y se puso en camino, no fue indiferente y protegió la vulnerabilidad de la vida.

Sigamos las huellas de María y José para cultivar la alegría que nos trae Jesús y sintámonos comprometidos con la defensa y cultivo de la vida; pidamos que nuestro corazón no se endurezca como el de Herodes, hombre ambicioso de poder y enceguecido por el odio y el egoísmo. Seamos capaces de escuchar el clamor y respetar el dolor de nuestros hermanos.

28 diciembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Juan 1. 1-18

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación

En esta fiesta de Navidad escuchamos el Prólogo del evangelio de Juan; en él, Juan describe el camino que hace la Palabra de Dios, Jesucristo. Estaba junto a Dios, desde antes de la creación y por medio de ella todo fue creado. Quiso llegar a nosotros y se hizo carne en el seno virginal de la Virgen Madre. Puso su morada entre nosotros y a quien le recibió le concedió la gracia de ser hijo de Dios.

El saludo que intercambiamos de Feliz Navidad evoca con alegría todo lo que el Señor ha hecho para salvarnos; nos creó por amor “y vio Dios que todo era bueno”, heridos por el pecado no nos abandonó en la desobediencia sino que desde el Génesis encontramos la promesa de salvación: “Ella te pisará la cabeza cuando tu busques herirla en su talón”. La descendencia de la nueva Eva vencería una vez para siempre el maligno. Por esto como dice el apóstol san Pablo: “llegada la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, a fin de rescatar a los sujetos a la ley” (Gálatas 4,4). La Palabra puso su morada entre nosotros con el Sí de María. Compartió nuestra naturaleza para darnos la dignidad de hijos de Dios. El vino en la pobreza para enriquecernos con su divinidad; él que es la Luz verdadera brilla en las tinieblas, y aunque intentan apagarla no lo pueden conseguir. No conseguimos vivir en las tinieblas, en ausencia de Dios.

Dios no quiere que vivamos lejos de Él, por esto «La Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros». Dejemos que resuene en nosotros este pregón de Navidad: “No teman, alégrense, les ha nacido el Salvador, Cristo, el Señor”.

Nos dice el Papa emérito Benedicto XVI: “Cada hombre y cada mujer, necesita encontrar un sentido profundo para su propia existencia. Y para esto no bastan los libros, ni siquiera las Sagradas Escrituras. El Niño de Belén nos revela y nos comunica el verdadero «rostro» de Dios, bueno y fiel, que nos ama y no nos abandona ni siquiera en la muerte. «A Dios nadie lo ha visto jamás -concluye el Prólogo de san Juan-: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado».

Vivamos esta fiesta de Navidad con espíritu renovado, con la mente nueva y con el corazón que acepta el anuncio del amor siempre fiel de Dios. Demos el saludo de navidad haciéndonos anunciadores de la presencia del Señor que nos trae el gozo y la paz. ¡Feliz Navidad!

25 diciembre, 2019
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