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Evangelio del sábado, 10 de agosto

10 agosto, 2019

Fiesta de San Lorenzo, Mártir.

Lectura del santo evangelio según san Juan 12,24-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación
Poner en el centro del seguimiento la donación de la vida y el aceptar con libertad el proyecto de Dios sobre la misma son los anuncios que Jesús hace en el Evangelio de hoy.

Con la imagen de la semilla, Jesús hace que los oyentes confirmen la dinámica de la salvación y la respuesta a ella. La semilla empieza su itinerario cuando es sembrada en la profundidad de la tierra, viene ahogada y se pudre, pero luego sufre el proceso de transformación hasta convertirse en un tallo verde y luego en una espiga llena de granos; “En esta imagen encontramos otro aspecto de la Cruz de Cristo: el de la fecundidad. La cruz de Cristo es fecunda. La muerte de Jesús, de hecho, es una fuente inagotable de vida nueva, porque lleva en sí la fuerza regeneradora del amor de Dios. Inmersos en este amor por el Bautismo, los cristianos pueden convertirse en ´granos de trigo´ y dar mucho fruto si, al igual que Jesús, ´pierden la propia vida´ por amor a Dios y a los hermanos” (Papa Francisco).

La exhortación de Jesús a sus discípulos es, precisamente, seguir sus huellas. Dar la vida por amor a Dios, viviéndola no como una posesión egoísta y encerrada en si misma, sino como donación, como servicio auténtico y humilde a favor de los hermanos. Solo cuando estamos dispuestos a vivir esta dinámica del Evangelio descubrimos la realidad siempre nueva que se encuentra en el seguimiento del Señor. El morir continuamente para dar fruto abundante es hacer del servicio y la caridad las banderas de la fe; como Cristo que “no ha venido para que le sirvan sino para servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).

Hace unos días hablaba con un joven de la parroquia que sentía una inquietud vocacional; con gran ánimo manifestaba cómo los actos de servicio que hacían con la comunidad juvenil le llenaba la vida, me dijo: “padre creo que mi vocación es el servicio”. El servicio se ha hecho un criterio de su proceso de maduración humana y cristiana. Ya no están en el centro sus intereses y caprichos; hay algo que continuamente lo inquieta: “hay que dar la vida”.

En un mundo, donde a menudo se proclama una felicidad centrada en el egoísmo y la búsqueda de intereses individuales, en donde la felicidad se viste de trajes de consumo y diversión, la lógica del Evangelio es la del servicio, la solidaridad, el encuentro y la donación de la vida. Constatamos que en la lógica del mundo las satisfacciones momentáneas tantas veces dejan vacía la vida; la añoranza del sentido y la pérdida del valor de la vida se hacen una noticia dolorosa. Mientras que el llamado al servicio promete algo que rebosa el anhelo humano: perder la vida para dar mucho fruto, encontrar la salvación y saber que quien le sirva, el Padre Dios lo premiará.

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