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17 septiembre, 2018

El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra generosamente, generosamente cosechará. Cada uno dé como haya decidido su conciencia: no a disgusto ni por compromiso; porque al que da de buena gana lo ama Dios. Tiene Dios poder para colmaros de toda clase de favores, de modo que, teniendo siempre lo suficiente, os sobre para obras buenas.

Estas palabras de la Sagrada Escritura tenían que resonar en nuestros corazones diariamente ante las necesidades cada día más grandes que padecen algunos de nuestros vecinos. Cada semana llegan nuevas solicitudes de ayuda de familias que, huyendo de las crisis humanitarias de Venezuela o Nicaragua vienen a residir entre nosotros y comenzar una nueva vida.

Y estas palabras son, de seguro, las que habrán removido el corazón de una familia que, como cada comienzo de curso, llama a la parroquia para preguntarnos en qué pueden colaborar. Su preferencia siempre es ayudar a familias con niños por eso les hemos sugerido productos de higiene para bebés. Y… ¡han respondido generosamente!

Esta tarde nos han hecho entrega de ocho cajas de pañales y cuatro paquetes de toallitas de bebe ( 24 unidades) así como una ayuda económica para quien más lo necesite.

No olvidemos que «Hay mayor alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35)

 

17 septiembre, 2018
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Lucas 7,1-10
En aquel tiempo, cuando terminó Jesús de hablar a la gente, entró en Cafarnaún. Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, para rogarle que fuera a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga.»

Jesús se fue con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; y a mi criado: «Haz esto», y lo hace.»

Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe.» Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
El camino de fe recorrido por el centurión continúa siendo un paradigma de la búsqueda sincera del rostro misericordioso de Dios y de la certeza del poder de la Palabra que transforma la vida y acerca a los otros al Señor.
La enfermedad y la muerte inminente de su criado llevan al centurión romano a buscar la acción de Jesús; él había escuchado hablar de las obras del Señor y, aunque no se acerca directamente, ruega que vaya a su casa a curarlo. La bondad del centurión es conocida por los ancianos judíos; realmente es un hombre capaz de sentir el dolor del otro, de buscar el bien para los demás; no está subido en su poder y fama, se abaja para servir. Al detenernos en este punto podemos confirmar cómo la bondad y el servicio a los demás son caminos seguros para llegar a Jesús. Una fe sin obras queda estéril, se vicia encerrando la persona en un intimismo religioso que no salva; una fe gobernada por la indiferencia que no permite ver la necesidad del hermano se convierte en algo que no corresponde a lo que enseña el Evangelio. Recordemos que la caridad es un camino privilegiado para llegar a Jesús: “Cada vez que lo hiciste con uno de estos mis pequeños hermanos lo hiciste conmigo”.

Jesús se va con ellos a la casa del centurión; lleva su presencia amorosa, es movido por la caridad de aquel que siente y se compadece del dolor del criado. Ahora él experimenta lo que había escuchado, la Buena Noticia de la presencia del Señor no se queda en los oídos, lo experimenta en su vida y toca su corazón. No se siente digno de ser visitado por el Señor: “Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi criado quedará sano”. ¡Qué admiración se despierta al conocer la actitud del centurión! También nosotros somos indignos de ser alcanzados por la misericordia del Señor; sentimos la necesidad de su presencia en nuestra vida. Aceptarlo a Él, y aceptar su Palabra creyendo que ésta es eficaz, real, operante, que tiene una fuerza transformadora; que además es Palabra que forma la certeza de que la salvación nos viene dada por Jesús.

Jesús alaba el camino de fe del centurión, se admiró de él y lo puso como ejemplo: “Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe”.

Ahora nos corresponde a nosotros hacer el camino de ascenso a la fe que nos lleve a confirmar que lejos del Señor y de su Palabra, no encontraremos la plenitud de la vida; así la fe se hace una verdadera búsqueda y respuesta a Dios y un caminar con los demás teniendo verdaderos sentimientos de compasión.

17 septiembre, 2018
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Esta mañana, me dirigi al instituto donde, un año más, impartiré clase de Religión y Moral Católicas, con la mochila llena de ilusiones y el corazón y la mente puestos en la tarea de educar. Mientras recorría la distancia que separaba mi casa de la escuela revivía recuerdos que calaron en mi vida, de un modo tan profundo, que podría afirmar, sin temor a equivocarme, que soy lo que soy, gracias a aquellos años: mis años de estudiante.

En ese mismo trayecto, vi a muchos padres, que con ilusión, acompañaban a sus hijos en el primer día de escuela, entre lagrimas de los niños por dejar el trono del reyes de sus casas y las de los padres, al separarse de ellos largas horas por primera vez. Observe, que muchos, cámara en mano, captaban ese instante mediante los omnipresentes selfies, olvidándose quizás de vivir ese momento irrepetible en vez de grabarlo.

Al llegar al instituto, esos recuerdos se tornaron algo físico: los aromas. El olor a libros de texto nuevos, olor al materia escolar recién estrenado, aulas recién pintadas, a pesar de los recortes en materia educativa.

Otras sensaciones, aun siendo nuevas, me resultaron conocidas por repetirse en cada comienzo de curso: caras nuevas llenas de incertidumbre al cambiar de curso y también muchas conocidas de alumnos que se reencuentran tras el descanso estival.Un alumnado , cargado de deseos de ver a sus amigos, compañeros y llenos de ilusión por estrenas libros, carteras estuches, o simplemente heredar los útiles de sus hermanos que se encaminaba hacia las aulas esperando de los profesores, no recibir grandes saberes sino , sobre todo, comprensión, amor. ayuda,apoyo y todo lo que les suponga crecer como personas.

No puede ser éste por tanto, un comienzo de curso más. El tiempo no vuelve y este, para los chicos, es tiempo de formación pero no solo en conocimientos intelectuales sino también en valores: en nuestros valores cristianos que hemos recibido, en los que nos hemos educado nosotros y los que queremos transmitir a nuestros hijos.

Ellos van a la escuela pero nosotros debemos plantearnos seriamente que educacion queremos darles y poner en ello todo el empeño: la signatura de religión en la escuela, la asistencia a la catequesis, participación en grupos de inspiración católica no debería ser una opción si no una actitud – cuando no un deber- para unos padres que quieren lo mejor para sus hijos y sin duda lo mejor es Dios.

17 septiembre, 2018
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