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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 5,17-26

Un día estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor lo impulsaba a curar. Llegaron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo para colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo, a causa del gentío, subieron a la azotea y, separando las losetas, lo descolgaron con la camilla hasta el centro, delante de Jesús.
Él, viendo la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados están perdonados.»
Los escribas y los fariseos se pusieron a pensar: «¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados más que Dios?»
Pero Jesús, leyendo sus pensamientos, les replicó: «¿Qué pensáis en vuestro interior? ¿Qué es más fácil: decir «tus pecados quedan perdonados», o decir «levántate y anda»? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados… –dijo al paralítico–: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa.»
Él, levantándose al punto, a la vista de ellos, tomó la camilla donde estaba tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios.
Todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: «Hoy hemos visto cosas admirables.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
El Espíritu Santo mueve a Jesús a enseñar la Buena Noticia del amor de Dios que ama y acoge a las personas, también lo impulsa a curar toda clase de dolencias y enfermedades. Es en este ambiente donde acontece el relato de la curación del Paralítico.

Unos hombres, capaces de ver el dolor de una persona, en una camilla llevan a un paralítico delante de Jesús. Aunque se encuentran con muchas dificultades no renuncian hasta ponerlo delante de Jesús que viendo su fe acoge a aquel hombre. Encontremos en la actitud de estos hombres la primera enseñanza del Evangelio. Todos nosotros podemos estar en las dos orillas; o bien como el paralítico que necesita ser llevado, dejándose servir, o bien ser de aquellos, capaces de sentir compasión y ponerse en el camino del servicio a los hermanos. Aquí hablamos de la necesidad de comprender la autoridad que tiene el servicio. Servir buscando el bien de los otros y recibir con agrado y humildad el servicio que otros nos hacen, valorando todo el bien que viene dado como don de Dios. El servicio vence el orgullo, la autosuficiencia, el desinterés, el egoísmo y la vanidad. El camino del Evangelio siempre nos invita a ponernos en este camino.

Cuando este hombre es llevado a Jesús, viendo la fe de quienes lo habían llevado, le dice al paralítico: ¡tus pecados te son perdonados! Mientras los otros piensan que el enfermo está así, fruto de sus pecados y por lo tanto era excluido, Jesús le anuncia algo nuevo: “Dios no te rechaza”, “Él te acoge con bondad, te mira con verdadera compasión; Él quiere tu restauración completa. Te perdono tus pecados y te levanto de tu postración”.

Y, aunque para los maestros de la Ley y los fariseos estas palabras son escandalosas y blasfemas, Jesús permanece tranquilo confirmando su poder para perdonar y restaurar la relación con Dios y con la comunidad; le dice: “levántate y anda”. Al ver curado el paralítico de su postración «todos quedaron asombrados, y daban gloria a Dios, diciendo llenos de temor: ‘Hoy hemos visto cosas admirables’.»

Lo que nos narra el Evangelio es lo que continuamente pasa en el sacramento de la Confesión. Somos llevados por el ministerio de la Iglesia al encuentro con la misericordia de Dios. Allí se pronuncia sobre nosotros el tan anhelado “tus pecados te son perdonados, vete en paz”. En la confesión Jesús nos devuelve la vida, nos da la gracia, nos perdona porque nos ama. No es un tribunal de condena o acusación; al contrario, es la experiencia del perdón paternal de Dios que nos reconcilia; es la experiencia de la salida de la postración, del inicio de un nuevo caminar. Cuánto bien nos hace la Confesión.

Que en este Adviento, venzamos con la humildad aquellos brotes de soberbia que nos impiden dejarnos reconciliar con Dios y con los hermanos. También para ti y para mí pueden ser pronunciadas las palabras de Jesús: “tus pecados te son perdonados… levántate y ve en paz”.

9 diciembre, 2019
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Lectura del Evangelio según Mateo 9,35 – 10,1.5-8

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia.

Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: «La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. »

Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Yendo proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis ».

Meditación
Un resumen de la actividad apostólica de Jesús y el inicio del “Sermón de la misión” componen el pasaje del evangelio que meditamos hoy. En primer lugar, Jesús recorre las ciudades, enseña, proclama la Buena Nueva del Reino y pasa sanando de toda enfermedad y dolencia. Y en segundo lugar, sintiendo compasión de la gente implica a sus discípulos en su misión.

Estos aspectos centrales de la actividad de Jesús nos enseña cómo él no espera que lo busquen. Sale al encuentro de su pueblo, recorre caminos y valles, cumpliendo lo que profetizó Ezequiel: “He aquí, yo mismo buscaré mis ovejas y velaré por ellas. Como un pastor vela por su rebaño el día que está en medio de sus ovejas dispersas, así yo velaré por mis ovejas y las libraré de todos los lugares adonde fueron dispersadas un día nublado y sombrío.… (Ez 34, 11-12). Hoy también viene a nosotros en la Eucaristía y en los sacramentos, también viene a nosotros en el hermano porque, como él mismo lo dice: “cada vez que lo hiciste con uno de estos mis pequeños hermanos lo hiciste conmigo”. De muchas maneras el Señor sale a nuestro encuentro en nuestra realidad, en nuestra historia personal y comunitaria. Nos busca porque nos ama.

El Señor nos busca para enseñarnos desde la vida; no enseña doctrinas frías y adormecedoras. Hoy hace resonar la Buena noticia del amor de Dios, amor que salva, levanta, restaura, da vida y libertad. Toda la vida de Jesús es una buena noticia. En este tiempo de adviento estamos llamados a dejarnos enseñar por el Señor en el corazón de la Iglesia. Necesitamos renovar en nuestra vida la Buena nueva de la fe que nos ayude a vivir con los criterios de Jesús; necesitamos abrir el oído para no caer en la costumbre del que “hace que escucha” pero tiene dormido el corazón.

Así confirmamos que la acción del Jesús marca la vida de la persona que reconoce su presencia y se deja restaurar. Jesús consuela a la gente, hace despertar la esperanza y alivia el dolor. La compasión del Señor transforma la existencia. En él se cumple lo que dice el salmista: El Señor es mi pastor, nada me falta. En prados de hierba fresca me hace descansar, me conduce junta a aguas tranquilas, y renueva mis fuerzas” (salmo 23).

Es esta compasión la que mueve a Jesús a implicar a sus discípulos en la ardua tarea misionera: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Los discípulos están llamados a compartir la misión desde una verdadera actitud de compasión. La primera forma de participación es la oración porque la obra es suya; es él quien da la fe, quien hace florecer la esperanza y quien mueve a la caridad. Solo así se puede ser fiel a la tarea encomendada por el Señor.

La Iglesia continúa la misión del Señor. Enseña y ofrece la presencia viva de Jesús en la Eucaristía; cura y libera en la Confesión, vivifica con los sacramentos, invita a vivir en comunidad la gracia de Dios y clama al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies.

Esta noche celebramos las Vísperas de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. La tradición colombiana del alumbrado es una manifestación de amor a la Virgen Madre que nos lleva a Jesús, la Luz del mundo. Participemos en la Eucaristía, oremos el Santo Rosario y encendamos las velas en nuestras casas dando gracias a Dios por darnos en la maternidad de María una muestra significativa de su ternura y compasión. Encendamos las luces esta noche recordando lo que María nos aconseja: “hagan lo que mi Hijo les dice”; así seremos luz para el mundo y viviremos la alegría de caminar en la presencia de Dios.

7 diciembre, 2019
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Lectura del santo Evangelio según San Mateo 9,27-31

Dos ciegos seguían a Jesús, gritando: «Ten compasión de nosotros, hijo de David». Al llegar a la casa se le acercaron los ciegos, y Jesús les dijo: «¿Creéis que puedo hacerlo?». Contestaron: «Sí, Señor». Entonces les tocó los ojos, diciendo: «Que os suceda conforme a vuestra fe». Y se les abrieron los ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Cuidado con que lo sepa alguien!». Pero ellos, al salir, hablaron de él por toda la comarca.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación

El encuentro del Señor con dos ciegos que le seguían, pidiéndole a gritos que tuviera compasión de ellos, nos permite confirmar cómo Jesús ante la necesidad y el sufrimiento humano no se echa para atrás ni puede permanecer indiferente; su actitud de acogida revela el verdadero rostro misericordioso de Dios e interpela a los creyentes a comprender lo que es la compasión.

La Palabra de Dios meditada en este Adviento nos mueve a hacer un camino de búsqueda sincera al Señor que se deja encontrar; continuamente el Evangelio nos presenta al Señor en contacto con los excluidos, marginados, pobres y pecadores; él no hace acepción de personas, no le cierra la puerta a nadie. Las gentes lo buscan con la esperanza de encontrar, no la lástima o una mirada de miseria, sino la compasión y la restauración de la vida personal y comunitaria.

El grito que hacen los dos ciegos, se hace expresión del clamor de tantas personas que también hoy reclaman el cuidado de su dignidad. Tantos gritos que se quieren silenciar; grito de los trabajadores que vienen explotados con salarios injustos, con horarios que sacrifican la salud y el tiempo de la familia; el grito de tantas familias que sufren por aquellos que han sido atrapados en las redes de las drogas y adicciones; el grito de los sin techo y sin posibilidades, el grito de los excluidos y marginados a los que se les niega los derechos a la salud y educación integral; el clamor de los niños no nacidos y de aquellos que vienen abandonados. Como cristianos es necesario escuchar ese clamor de los hermanos y así ser movidos por la compasión.

La pregunta que Jesús hace a los ciegos: “¿Creen que yo puedo sanarlos?” los mueve a dar un paso de maduración en la fe. Ellos hacen la confesión de fe en la autoridad que él tiene para poderlos restaurar. Ellos se abren a la fe capaz de confesar su confianza en el Señor que los puede sanar. Por esto el Señor les tocó los ojos y les dijo: “Que os suceda conforme a vuestra fe”. Y se les abrieron los ojos.

Dice el Papa Francisco: “…los ciegos se sienten seguros de pedir al Señor la salud, de tal manera que el Señor pregunta: «¿Creéis que yo puedo hacer esto?». Y le responden: «Sí, Señor. ¡Creemos! ¡Estamos seguros!». He aquí, las dos actitudes de la oración: es expresión de una necesidad y es segura.La oración es necesaria siempre. La oración, cuando pedimos algo, es expresión de una necesidad: necesito esto, escúchame Señor. Además, cuando es auténtica, es segura: escúchame, creo que tú puedes hacerlo, porque tú lo has prometido”.

Pidamos al Señor el don de la fe, que nos abra los ojos para reconocer la compasión de Dios que nos restaura, el don de la fe que nos permita tener sentimientos continuos de caridad con los hermanos, especialmente los más vulnerables y necesitados; el don de la fe que nos permita dar testimonio de lo que hemos creído y vivido en el Señor. Hoy le decimos al Señor: “ten compasión de nosotros… creemos que nos puedes sanar”.

6 diciembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Mateo 7,21.24-27

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación

El camino de Adviento nos invita a acoger la Palabra de Dios para encontrar en ella sabiduría y dirección. No basta con oírla; es necesario escucharla y ponerla en práctica haciendo la voluntad de Dios manifestando su presencia en el mundo.

Una aclaración nos deja el Señor: no basta con tenerlo en nuestros labios, si su Palabra antes no ha pasado por el corazón y se ha hecho vida. El edificar nuestra vida sobre roca significa encontrar la solidez de nuestra vida en la experiencia del amor de Dios que Jesús nos ha dado a conocer; con sus hechos y palabras el Señor nos ha manifestado el verdadero rostro de Dios Padre. Es esta verdad la roca que sostiene la vida del creyente aun cuando arrecien tormentas y dificultades.

Toda persona busca que su existencia no tambalee; la incertidumbre y la inestabilidad nos aterran. Es por esta razón que Jesús en el Evangelio nos muestra la seguridad de nuestra casa en la palabra Divina. No se trata de una concepción mágica de la Palabra de Dios, al punto de tenerla como un amuleto. No. Lo que se nos presenta es todo lo contrario, la experiencia de fe no nos exime de dificultades, tribulaciones y necesidades; lo que si hace es darnos certezas; certeza de la presencia constante de Dios en la vida, certeza que con Él a nuestro lado encontramos la salida, certeza de la autoridad de la Palabra del Señor que es “lámpara para nuestros pasos, guía en nuestros senderos”.

A un grupo de novios que hacia su itinerario de preparación al matrimonio, el Papa Francisco les aconsejaba: “¿Es solamente un sentimiento, un estado psicofísico? Claro que si es solamente esto no se pueden construir encima nada que sea sólido. En cambio si el amor es una realidad que crece, y podemos decir como ejemplo, como se construye una casa. Crece y se construye como una casa. Y la casa se construye juntos y no cada uno por su lado. Construir aquí significa favorecer el crecimiento. Ustedes se están preparando para crecer juntos, para construir esta casa, para vivir juntos para siempre. No la cimienten en la arena de los sentimientos, que van y vienen, sí en cambio en la roca del amor verdadero, el amor que viene de Dios. La familia nace de este proyecto de amor que quiere crecer, de la misma manera que se construye una casa, que sea lugar de afecto, de ayuda, de esperanza, de apoyo. Pero todo junto: afecto, ayuda, esperanza, apoyo”.

Pensemos en este adviento en el camino de la Virgen María y San José. Los dos fueron dóciles a la voluntad de Dios; los dos pusieron como prioridad de vida el proyecto de Dios. José asume la Palabra de Dios y acoge la misión de ser el esposo de la Virgen Madre y el Custodio del Redentor. María responde al Ángel: “yo soy la esclava del Señor, hágase en mi según su Palabra”; ella siempre está atenta a la Palabra de Dios, es la verdaderamente dichosa porque ha escuchado la Palabra de Dios y la ha puesto por obra.

5 diciembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Mateo 15,29-37

En aquel tiempo, Jesús, bordeando el lago de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los echaban a sus pies, y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y dieron gloria al Dios de Israel.
Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da lástima de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que se desmayen en el camino.»

Los discípulos le preguntaron: «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?»
Jesús les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?» Ellos contestaron: «Siete y unos pocos peces.» Él mandó que la gente se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete cestas llenas.
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
En este itinerario de preparación a las festividades de Navidad el evangelio que compartimos hoy se convierte en un llamado a confirmar la alegría de la fe en el Señor que continua compadeciéndose de la humanidad. El Adviento, es un tiempo que permite confirmar la misericordia del “Dios con nosotros” que viene a salvarnos.
Es por esto que en el contexto de este tiempo de vigilancia y espera encontramos un mensaje nuevo en el pasaje de San Mateo. Jesús sube al monte, lugar de encuentro con el Dios de la alianza; alrededor del Maestro se reúne la gente con sus problemas y enfermedades, con sus limitaciones y desesperanzas; se acercan a él porque su presencia hace brotar, como la flor de la mañana, la esperanza y el anhelo del corazón.
También nosotros nos ponemos en camino para el encuentro con el Señor que nos trae la verdadera paz, alegría y sanación; no vamos a tientas buscando cualquier solución, como la gente que no sale de su desesperación y entrega su corazón a soluciones vanas como las supersticiones, agüeros, adivinación, prácticas esotéricas, etc. Con Jesús, en serio, las cosas son de otra manera. Ir a él con todo lo que hay en nuestra realidad; ir con la certeza y la novedad del encuentro con el Dios que es cercano, que nos acoge y nos da la vida. Esta es la experiencia, por ejemplo, que se vive en la práctica de la Confesión; llegamos maltratados por el pecado y se pronuncia sobre nosotros esas palabras que salvan: “Yo te absuelvo de tus pecados en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. ¡Qué gran noticia es la misericordia de Dios! Acerquémonos a Quien nos ama con predilección.
Jesús al ver la multitud siente compasión y quiere darles de comer. aunque en un primer momento la respuesta de los discípulos no es una solución, con pocos panes y peces sacia el hambre de todos y sobra. De este gesto del Señor aprendemos que ninguno debiera sentirse ajeno a las necesidades de los hermanos. No podemos decir “yo tengo poco, mejor que me ayuden a mí”. Cuando somos capaces de colocar en las manos de Dios lo “poco que tenemos”, descubrimos que la caridad hace multiplicar el bien. No podemos cerrar las manos a las necesidades de los otros y querer abrirlas para orar a Dios. Jesús nos inquieta; es como si nos dijera con tus “siete panes y pocos peces” yo puedo hacer grandes milagros.
Por todo esto, la celebración de la Eucaristía, constantemente nos recuerda la novedad de este episodio de la multiplicación de los panes. Ya no viene servido un pan sino el Pan de la Vida, el Cuerpo del Señor, dado para la salvación del mundo, el Pan que nos da la eternidad, el Pan del Cielo que es verdadera comida. El Pan que nos alimenta para el camino de la vida y nos capacita para compartir el pan de cada día con los hermanos que lo necesitan.

4 diciembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 18-22

En aquel tiempo, pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.
Meditación
Celebramos hoy la fiesta del Apóstol San Andrés, hermano de Simón Pedro. El relato del llamado que recibe del Señor nos coloca en un contexto en el que cada cristiano puede contemplar la propia vocación.
Jesús caminaba a orillas del mar de Galilea, movido por la fuerza del Espíritu inicia la proclamación del mensaje de salvación: «¡El Reino de los Cielos está ahora cerca!» (Mt 4, 17). Toma la iniciativa de caminar al encuentro del hombre; es “el Dios con nosotros”. No es el Señor escondido a quien haya que buscar a tientas. Camina hacia donde el hombre va labrando su vida; se hace el encontradizo posibilitando una nueva experiencia en nuestro propio “Mar de Galilea” que puede significar nuestra cotidianidad con los fracasos y logros, con las aspiraciones y frustraciones, el mar de nuestra historia y de los anhelos más profundos de la existencia. Nuestros mares entre la calma y las tormentas; y es allí donde el Señor de cerca camina, se hace nuestro Prójimo.
Así el Evangelio nos muestra una acción que constantemente realiza el Señor. Él ve a los hermanos que echaban el copo porque eran pescadores. La acción de ver trae consigo una fuerza que brota de lo más íntimo; su mirada de compasión, de amor es la que convoca. No va de prisa, nos ve porque conoce a profundidad quiénes somos: sí, conoce las páginas de nuestra vida, conoce lo que somos y esperamos, conoce nuestras búsquedas y fracasos. Nada de lo nuestro le es ajeno.
Y mirándolos con amor los llama: “venid y seguidme”. ¿Quién puede resistirse al llamado a la vida? Nos llama en nuestra realidad y lo hace invitándonos a una nueva familiaridad con Él y con los hermanos. Con su Palabra entra en la vida, en la historia y en corazón de cada uno. También hoy resuenan estas palabras para que nosotros hagamos camino junto a él siguiéndolo. De muchas maneras él nos llama, nos inquieta, nos “desacomoda” porque quiere más de nosotros; su Palabra nos confronta porque no podemos gastar la existencia sin encontrar el sentido, el llamado personal que resuena y que no podemos silenciar. Siempre queremos algo más; por esto el “ven y sígueme” resuena allí en donde trabajamos, resuena aquí y ahora donde estamos ubicados.
Es impresionante la respuesta de Andrés y los otros llamados: “Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. La prontitud para acoger la invitación del Señor e iniciar el discipulado nos cuestiona. No ponen “peros” o plazos, no ponen condiciones o se quedan en cálculos; responden inmediatamente, dejan las redes y lo siguen. Mientras leemos este pasaje bíblico quedamos sorprendidos que las redes, la barca, el padre van quedando en un segundo plano; sólo permanece la nueva experiencia marcada por el seguimiento al Señor que va indicando el camino.
Tres acciones del Señor resuenan en nuestro interior: caminar, ver y llamar; una respuesta nos interpela: “Inmediatamente, dejándolo todo lo siguieron”. ¿Cuál es nuestra respuesta al paso del Señor por nuestra vida y a la invitación que recibimos a seguirlo?

30 noviembre, 2019
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Lectura del santo Evangelio según Lucas 21,29-33

Les añadió una parábola: «Mirad la higuera y todos los demás árboles. Cuando veis que echan brotes, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
En el pasaje del evangelio que meditamos hoy encontramos dos puntos fundamentales: la necesidad de discernir los signos de los tiempos y la esperanza cristiana, cimentada en la palabra del Señor que vence el miedo, el pesimismo y la desesperanza. Dos temas que resuenan en el contexto actual y nos llevan a confirmar la necesidad de interpretar, iluminados por la fe los acontecimientos en el mundo.

En primer lugar, Jesús señala la importancia de contemplar, es decir, de observar y leer con una mirada comprometida la realidad que interpela, inquieta y lanza a tomar decisiones a la luz de la persona y palabra de Jesús. Es necesario dejarnos interpelar por la realidad. Constatamos profundas transformaciones tecnológicas, económicas, políticas y sociales que nos deben inquietar porque el discípulo de Cristo no está alejado o desentendido de la realidad. Necesitamos descubrir los signos de la presencia del Reino que está cerca; necesitamos experimentar en el acontecer de la vida un llamado a romper con el pesimismo, el conformismo y la indiferencia.

Vivimos en una sociedad de cambios acelerados; somos testigos de transformaciones en el modo de ver y concebir el ser humano, su relación con el mundo y con Dios; muchas veces aparecen tendencias e ideologías dominantes que falsifican el concepto de la realidad y propagan recetas destructivas. Es aquí donde el cristiano confirma su misión de “ser sal de la tierra y luz del mundo”.

En segundo lugar, hoy somos invitados a la esperanza. La palabra de Jesús es la fuente de nuestra esperanza. La certeza de la promesa del Señor: “No tengan miedo, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de mundo”, es siempre un motivo de alegría y paz, de compromiso y de firmeza. La palabra de Jesús nos compromete con la transformación de las realidades; nos mueven a la verdadera práctica de la caridad, nos llevan a ser sembradores de esperanza allí donde el ser humano ha caído en desolación, nos lanza a trabajar con pasión por la exaltación de los valores del Reino.

Dice el Papa Francisco: “Al final, Jesús hace una promesa que es garantía de victoria: «Con su perseverancia salvarán sus almas». ¡Cuánta esperanza en estas palabras! Son un llamamiento a la esperanza y a la paciencia, a saber esperar los frutos seguros de la salvación, confiando en el sentido profundo de la vida y de la historia: las pruebas y las dificultades forman parte de un designio más grande; el Señor, dueño de la historia, lleva todo a su cumplimiento. ¡A pesar de los desórdenes y de los desastres que turban al mundo, el designio de bondad y de misericordia de Dios se cumplirá! Este mensaje de Jesús nos hace reflexionar sobre nuestro presente y nos da la fuerza para afrontarlo con coraje y esperanza, en compañía de la Virgen, que camina siempre con nosotros”.

29 noviembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 21,20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación

Continuamos hoy la meditación del discurso apocalíptico que nos presenta el evangelista San Lucas. Recordemos que en los dos anteriores episodios hemos recibido la invitación a no dejarnos engañar y a no tener miedo, a saber leer los acontecimientos de la historia y a perseverar en la fe dando testimonio del Señor.

Dos señales son presentadas en el pasaje de hoy. En primer lugar, la destrucción de Jerusalén. Para los judíos, Jerusalén era la Ciudad Eterna. Hacia el año 70, Jerusalén fue cercada y destruida por los ejércitos romanos; este acontecimiento representó para los judíos y cristianos una profunda convulsión en la fe. En segundo lugar, la mención de las señales en el cielo y en la tierra evoca la llegada del cielo nuevo y la tierra nueva, imágenes que se encuentran en la profecía de Daniel (Dan 7,-14) en donde la llegada gloriosa del Hijo del Hombre con quien se construye una nueva historia.

Así se ve que el dolor que desde ahora se soporta, la lucha que los creyentes hacen por la vida y los valores del Reino, la perseverancia en la fe en medio de las persecuciones e incomprensiones, son semillas de la espera de la plenitud del Reino que llegará.

Leyendo este pasaje indica el Papa Francisco que “pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará, hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno habrá realizado o habrá dejado de realizar durante su vida terrena, percibimos que nos encontramos ante un misterio que nos supera, que no conseguimos ni siquiera imaginar. Un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros una sensación de miedo, y quizás también de trepidación. Pero si reflexionamos bien sobre esta realidad, esta sólo puede agrandar el corazón de un cristiano y ser un gran motivo de consuelo y confianza”.

Entonces, como cristianos vamos comprometidos con la construcción de una mejor historia teniendo la mirada en la plenitud que solo el Señor Resucitado puede darnos; no nos desalentamos al vernos en medio de realidades que se alzan contra la fe y la humanidad. El llamado del Señor a alzar la cabeza nos mueve a ser decididos en el compromiso con el Evangelio. “No tengan miedo”, nos dice el Señor.

28 noviembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 21,12-19
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
Continuamos la meditación del discurso iniciado ayer, en el que el Señor invitaba a la comunidad a tener cuidado para no dejarse engañar y a no tener miedo; hoy el discurso conduce al creyente a situarse en los hechos que vive y a no perder la fe en Dios, perseverando y dando testimonio en toda ocasión.
Jesús de camino a Jerusalén había dicho a sus discípulos que ellos debían compartir su destino, es decir, ser perseguidos, acusados y padecer, incluso, la muerte por su causa. El evangelista Lucas nos comparte lo que estaba viviendo la comunidad cristiana. El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra las continúas persecuciones sufridas por la Iglesia; San Pablo comparte el testimonio de su sufrimiento por causa del Evangelio: “Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez…En Damasco, el etnarca del rey Aretas tenía puesta guardia en la ciudad de los damascenos con el fin de prenderme» (2Co 11, 24-32).
El discurso que venimos meditando no es una palabra de desánimo para los discípulos; al contrario, de estos acontecimientos brota la vida; no son palabras de temor, sino de esperanza porque el creyente descubre que en medio de las persecuciones y adversidades hay una verdad que sostiene e invita a seguir avanzando: “¡Dios está con nosotros!, en nuestras luchas Él nunca nos abandonará”.
En la persecución, los cristianos convencidos de su fe encuentran una oportunidad para cumplir la misión de testimoniar con valor su amor a Dios y a la Iglesia. Y esta realidad continua siendo vigente; recuerdo a una joven de mi parroquia que compartía la persecución que le hacían en su trabajo porque era creyente; su fe católica la comprometía a hacer las cosas bien, no había cabida a “decisiones injustas” o a “torcidos” que le pedían hacer; no era una fanática ni podía ser acusada de descuidar sus oficios; sin embargo recibía burlas hasta por expresiones que solía decir: “Si Dios quiere”, “Dios los bendiga”. En esta realidad ella era invitada a perseverar en el bien y en el amor al Señor. Una persona que ha tenido una experiencia personal de encuentro con el Señor puede decir como San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8, 35-39).
Así, podemos confirmar la invitación del Señor a perseverar firmes en la fe dando testimonio de la experiencia de Dios que vivimos. Recordemos que toda circunstancia es una ocasión para descubrir que, como dice el Señor, “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

27 noviembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 21,5-11

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»

Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?» Él contestó: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: «Yo soy», o bien «El momento está cerca»; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis miedo. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.» Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
En esta última semana del año litúrgico compartiremos el último discurso de Jesús, llamado también “discurso apocalíptico”; un discurso que, aunque a nosotros nos parece confuso, para las comunidades cristianas perseguidas de aquel tiempo les animaba en la fe, la esperanza y la perseverancia.

San Lucas presenta las controversias que se fueron generando entre Jesús y los sacerdotes judíos, los ancianos del pueblo, y diferentes grupos religiosos de su tiempo; ahora Jesús anuncia la destrucción del templo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido”. Esto despierta el querer saber mas información; Jesús responde con un discurso que se sella con una doble invitación: primero, “cuidado con que nadie os engañe” y segundo, «no tengáis miedo».

La primera invitación nos recuerda que en tiempos de confusión y tensiones siempre aparecen personas que se aprovechan de la necesidad de las personas; falsos profetas y apóstoles que engañan y explotan al pueblo; líderes políticos y sociales, encerrados en sus propias pretensiones que presentan programas de “salvación” de los pobres y que en realidad no les interesa la transformación de sus realidades. Dejemos que resuene esa palabra de Jesús: “cuidado con que nadie os engañe”. El cuidado se convierte en la actitud de estar alertas, leyendo los signos de los tiempos, analizando las realidades, discerniendo lo que Dios nos va pidiendo en cada momento de la historia. El cuidado se convierte en el llamado a dejarnos inquietar por la realidad; así es, porque el cristiano está en el mundo sin ser del mundo. El estar en el mundo nos compromete con la transformación de las realidades temporales. No podríamos decir soy un buen creyente pero no me interesa lo que pasa a mi alrededor. No somos cristianos encerrados en nosotros mismos, no somos islas de fe. Cuidado con que nadie nos engañe; hay un compromiso con la vida, hay un compromiso con la dignidad de cada persona, hay un compromiso con la familia como don de Dios y patrimonio de la humanidad; es claro el compromiso que el Señor nos pide con la transformación de la realidad. El obviar esta Palabra del Señor sería el no haber comprendido la dinámica del Evangelio.

Luego viene la Palabra de la esperanza: “no tengáis miedo”. Lucas hacia el año 85 escribe a una comunidad que ha visto la aparición de falsos mesías, de conflictos de “naciones contra naciones”, épocas de hambrunas y pestes. En estos acontecimientos de la historia el discurso alienta a no perder la esperanza; no se puede caer en una lectura fatalista de la historia y en una fe debilitada y acomodada, pensando que Dios ha renunciado al proyecto con el hombre. Entre estas realidades los creyentes somos inquietados a un compromiso concreto, dándole crecimiento a la presencia del Señor como la semilla de mostaza o la medida de la levadura que dan crecimiento. Hoy resuena para nosotros: “no tengan miedo porque yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

26 noviembre, 2019
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