Inicio Evangelio del día
Categoría

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 5,27-32
En aquel tiempo, Jesús vio a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Los fariseos y los escribas dijeron a sus discípulos, criticándolo: «¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?» Jesús les replicó: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación
En tan pocos versículos el evangelista san Lucas nos transmite la fuerza del amor de Dios que hace nuevas todas las cosas; la historia personal de Leví se encuentra con el poder del llamado de Jesús: ¡Sígueme! Una mirada de amor que penetra hasta lo más profundo y una palabra radical lo lleva a dejarlo todo y a seguirlo.

El encuentro entre el Amor Divino y la libertad humana es el inicio de un camino de plenitud; contra todo pronóstico humano el Maestro llama a un pecador para ser discípulo y luego lo hace apóstol. La iniciativa divina no hace selección de personas ni se mueve por categorías; Jesús entra en contacto con los pecadores y excluidos, los llama a caminar y se sienta a la mesa con ellos, y estas actitudes provocan la rabia de las autoridades religiosas judías, porque, ¿cómo puede ser que el maestro se haga hermano de esa clase de gente? La mentalidad se debe cambiar. Dios no es juez severo que condena y excluye, el Dios que revela Jesucristo es Padre que ama entrañablemente, que acoge y abraza. Es el Dios de la iniciativa que “quiere que todos se salven”, que toca a la puerta de nuestra vida y espera que, en el ejercicio de nuestra libertad y voluntad, demos la respuesta.

“El amor de Dios -Señala el Papa Francisco- recrea todo, es decir, hace nuevas todas las cosas. Reconocer los propios límites, las propias debilidades, es la puerta que abre al perdón de Jesús, a su amor que puede renovarnos en lo profundo, que puede recrearnos. La salvación puede entrar en el corazón cuando nosotros nos abrimos a la verdad y reconocemos nuestras equivocaciones, nuestros pecados; entonces hacemos experiencia, esa bella experiencia de Aquel que ha venido, no para los sanos, sino para los enfermos, no para los justos, sino para los pecadores”.

Leer este pasaje del evangelio en el contexto de la cuaresma nos hace pensar en el proceso de conversión que cada uno está llamado a cultivar: “conviértete y cree en el evangelio”. No podemos perdernos la alegría de estar sentados a la mesa con el Señor y contemplar su mirada de misericordia que nos salva; cuánta paciencia él nos tiene porque firme es su voluntad de hacernos nuevos. Y cuando el corazón se transforma se pueden ver las cosas desde otra perspectiva, se quiere que los otros también participen de la alegría vivida.
En nuestro ascenso hacia la Pascua, recorremos el camino cuaresmal, escuchando la invitación personal de Jesús: ¡Sígueme! Él viene a nuestro encuentro, no resistamos a su llamada. Levantémonos y pongámonos en camino.

29 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest

Lectura del santo evangelio según san Mateo 6,1-6.16-18

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará.

Cuando recéis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará. Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas que desfiguran su cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación

“Queridos hermanos y hermanas: El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria”.

Con estas palabras el Papa Francisco nos exhorta a acoger este tiempo oportuno para dejarnos reconcilar con Dios. Con el Miércoles de ceniza, día penitencial, iniciamos el camino cuaresmal que nos conduce a la celebración del Misterio de la Pasión, Muerte y resurrección del Señor. La ceniza, signo encontrado en la Biblia, “tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal” (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 125).

El signo de la Ceniza es una respuesta a la Palabra de Dios que nos llama a la conversión; este signo va acompañado de la invitación: “conviértete y cree en el Evangelio”. Así lo encontramos en la profecía de Joel: “Ahora, convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad”. O como lo dice el apóstol san Pablo: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2Cor 5,20).

Emprendamos este camino cuaresmal acogiendo las prácticas que nos propone el evangelio: oración, ayuno y caridad. Estas tres nos ayudan a descubrir quiénes somos, quién es el prójimo y quién es el Señor que nos amó y se entregó para salvarnos. Siempre hay algo para ofrecer. “Es saludable contemplar más a fondo el Misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible sólo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo». (Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2020).

Vivamos este tiempo de gracia y salvación con un ánimo renovado, aceptando la invitación que nos hace san Pablo: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”.

25 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 8, 27-33

Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo.» Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación
Nos encontramos hoy con la ceguera de Pedro que no comprende el anuncio de la pasión del Mesías sufriente; aunque confiesa: “Tú eres el Cristo”, saca a Jesús del camino y comienza a reprenderlo porque habla de sufrimiento y de la cruz. Pedro está ciego, solo ve a Jesús como mesías glorioso; no quiere el compromiso de la cruz, se escandaliza y rehuye.

La pregunta de Jesús a los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” abre el proceso de curación de la ceguera que se superará plenamente con el testimonio del sepulcro vacío; allí es donde Pedro y sus compañeros van a ver con claridad el misterio de la cruz y la resurrección. Mientras vive la experiencia personal del escándalo de la cruz y de la nueva mañana con la resurrección, Pedro es reprendido: “¡Quítate de mi vista, Satanás porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”, debe confrontar sus seguridades y encontrarse con la negación que hace de su Maestro, debe afrontar su vergüenza hasta confesar tres veces: “Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”.

“Según todos los evangelistas, – comenta el Papa Benedicto XVI- la confesión de Simón sucedió en un momento decisivo de la vida de Jesús, cuando, después de la predicación en Galilea, se dirige decididamente a Jerusalén para cumplir, con la muerte en la cruz y la resurrección, su misión salvífica. Los discípulos se ven implicados en esta decisión: Jesús los invita a hacer una opción que los llevará a distinguirse de la multitud, para convertirse en la comunidad de los creyentes en él, en su “familia”, es el inicio de la Iglesia.

Jesús quiere que sus discípulos pasen del conocimiento superficial que tiene la multitud a la experiencia profunda y radical en la que hay que ir hasta el fondo para reconocer la singularidad de la persona de Jesús de Nazaret. También hoy, Él nos invita a recorrer este camino de fe; no se trata de saber muchas cosas del Señor ni de ser expertos de la religión; tampoco se trata de estar ahí entre la multitud que busca milagros y busca favores pero sin comprometerse.
La pregunta que se repite es: ¿para ti quién soy yo?, una pregunta que pide una respuesta personal e invita a revisar la experiencia de fe que toca y da sentido a toda la existencia. En medio de tantos conceptos y ofertas de espiritualidad ¿quién es Jesús para ti? Pedro respondió sin titubear: “Tú eres el Cristo” y con esta confesión, en medio de lo que no entendía, fue invitado a recorrer el camino hasta la Cruz y el sepulcro vacío. De la respuesta personal que cada uno de nosotros da, depende el camino de fe que hacemos; o bien caminamos como multitud que ve de lejos o como discípulos quen van siguiendo las huellas del Maestro y haciendo una historia de salvación con sus hermanos.

20 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 8, 22-26

Llegan a Betsaida. Le presentan un ciego y le suplican que le toque. Tomando al ciego de la mano, le sacó fuera del pueblo, y habiéndole puesto saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntaba: «¿Ves algo?» Él, alzando la vista, dijo: «Veo a los hombres, pues los veo como árboles, pero que andan». Después, le volvió a poner las manos en los ojos y comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente todas las cosas. Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo».

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
Nos encontramos con el relato de la curación de un ciego. Jesús realiza este signo pero de una forma diferente. El proceso con este hombre refleja también la curación de los discípulos que no ven con claridad quién es el Señor y se escandalizan ante el anuncio del sufrimiento y la cruz.

En el proceso de curación el Señor qué impone las manos y pone saliva en los ojos del ciego, le hace una pregunta: ¿ves algo? En un primer momento, el hombre le responde que ve a los hombres como árboles; nuevamente le impone las manos y “comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente todas las cosas”.

Nos podemos ver representados en el hombre ciego que es llevado a Jesús. ¿Hay ceguera en nosotros? Podemos decir que sí, que existen miopías espirituales, emocionales; que en ocasiones se nos dificulta ver y comprender la realidad. La ceguera espiritual que nos impide ver con claridad la acción de Dios en nuestra vida, y entonces nos acostumbramos a todo; todo se hace monotonía y le quitamos el toque de trascendencia a la cotidianidad. También podemos padecer aquella ceguera que nos impide ver a los demás con claridad.

En ocasiones no vemos la realidad de quienes están a nuestro lado; están ahí y los vemos “como árboles que se mueven”, pero no como personas que piden comprensión, escucha, aceptación. Recuerdo a una señora que en una confesión me decía: “padre, mi dolor es grande, para mi esposo soy como un mueble más de la casa”. Una ceguera que hace invisibles las necesidades o clamores de los nuestros. ¡Cuántos sufrimientos a nuestro alrededor que no vemos!

Y hoy, el Señor nos hace esta pregunta: ¿Ves algo? Entonces, ¿qué quiere Él que veamos con claridad? ¿Qué nos impide verlo a Él y a los demás? Incluso hay una ceguera interna que nos impide tener una visión de nuestra vida y hoy el Señor nos confirma que quiere curarnos de toda ceguera. Sí, el Señor quiere que veamos con claridad para experimentar en nuestra historia, en nuestros días su presencia. Decía una persona que por mucho tiempo padeció una situación emocional dramática: “en ese tiempo no quise ver que el Señor estaba conmigo y me enviaba señales que querían salvarme. Pero no pude ver. Y cuando lo hice descubrí que sólo Él me podía levantar”.

El Señor quiere curarnos de la ceguera que nos encierra en nosotros mismos. El quiere que veamos con claridad para valorar el don de la vida de cada persona; quiere que veamos con claridad para encontrarnos y no vivir aislados o en soledad. Cuando nos acercamos a Jesús, él nos conduce a una nueva visión de nosotros mismos, de la vida, de la fe y del don que es cada persona.

Digámosle hoy al Señor: “Quiero ver con claridad, Señor: ¡Ayúdame!”

19 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest

Del santo Evangelio según Marcos 8,11-13
Y salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole un signo del cielo, con el fin de ponerle a prueba. Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide un signo? Yo os aseguro: no se dará a esta generación ningún signo.» Y, dejándolos, se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta.

Palabra del Señor. Gloria a TI, Señor Jesús.

Los fariseos no comprendieron el signo de la multiplicación de los panes con el que se sació la multitud y pidieron un signo del cielo, buscando ser piedra de tropiezo para Jesús. La respuesta del Señor se hace un camino del que podemos aprender: “suspira profundamente”, no se deja provocar y abre camino hacia la otra orilla del lago.

Ya Jesús había prevenido a sus discípulos de la “levadura de los fariseos” que se iba abriendo paso en la mentalidad y en la vida de muchas personas; actitudes que hacían perder la capacidad de analizar los acontecimientos con objetividad y actitudes que cerraban el corazón a la novedad del anuncio del Reino, a través de las “seguridades” fundadas en soberbias; actitudes de desprecio y exclusión que acomodaban a Dios a sus tradiciones impidiendo la comprensión de la misericordia y la compasión. Jesús se encontró con una mentalidad que corrompía la fraternidad, que marginaba a los pequeños; una mentalidad rígida en “nombre de Dios” que cegaba la razón y el corazón.

Los fariseos no participan de la alegría y la esperanza de la gente, ellos están ahí para acusar y condenar; ellos piden signos no porque la visión de la fe y la vida se haya renovado, les incomoda el bien que se obra en la multitud. La petición de un signo, pretende poner a prueba a Jesús; se hacen tentación, juegan sucio y solo se mueven por sus intereses. Pero Jesús no negocia con ellos; manifiesta un suspiro profundo de dolor, tristeza e impotencia, pero su seguridad en Dios y en la esencia de su misión lo lleva a ampliar su visión.

Cuánto podemos aprender de este pasaje y aplicarlo a nuestra vida personal, familiar, laboral, en fin a nuestro “ser relacional”. En primer lugar, vivamos la experiencia de la cercanía y del encuentro con sinceridad y profundo respeto, valorando el don de cada persona. Es el cambio de mentalidad que no permite que florezcan en el corazón actitudes y sentimientos que causen un daño al otro y que corrompan nuestro interior. En segundo lugar, podemos aprender a vivir con apertura a la gracia de Dios que continuamente está obrando. No se trata de estar pidiendo signos y señales que prueben la voluntad de Dios, mejor, curarnos de las cegueras espirituales y emocionales para ver con claridad el paso del Señor por nuestra vida; tantos signos de la bondad y la fidelidad de Dios en nuestra cotidianidad para vivirlos en actitud de gratitud y compromiso. Pidamos una mentalidad asertiva que insista en lo bueno, liberándonos del pesimismo, la rivalidad y la ingratitud. En tercer lugar, aprendamos de las reacciones de Jesús. Todos podemos pasar por incomprensiones, por desaires y juzgamientos. Y entonces, ¿renunciamos a nuestros sueños? ¿Nos sumamos a un ambiente reactivo que corrompe los ambientes en donde nos movemos? La libertad interior de Jesús le permite no ser reactivo; aprendamos el poder del suspiro profundo que nos confirma el ser dueños de nuestras respuestas, el suspiro profundo que no deja entrar el veneno que corrompe el corazón, el suspiro profundo que nos hace avanzar. Jesús va a la otra orilla y continúa la misión; también nosotros abrámonos paso y sigamos cultivando una mentalidad nueva que edifique, acepte al otro y nos confirme en el bien.

17 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 7, 1-13
Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, -es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas-.

Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?» Él les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres.

«Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres.» Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís: Si uno dice a su padre o a su madre: ‘Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro Korbán -es decir: ofrenda’, ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, anulando así la palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación

Los escribas y fariseos criticaban la libertad de los discípulos de Jesús señalándolos de no cumplir con la “tradición de los Antiguos”; observaban y controlaban los pasos de Jesús anteponiendo a la caridad y a la convivencia fraterna el cumplimiento estricto de la ley. La religión se fue convirtiendo en el seguimiento puntual de unas normas que fueron convirtiéndose en un obstáculo para caminar hacia Dios.

La controversia de Jesús con los fariseos reside precisamente en la diferencia de concebir la recta ordenación del hombre a Dios. Para Jesús la relación con Dios no está basada en el cumplimiento legalista de un conjunto de normas que “compran” la bendición y que genera una exclusión y juzgamiento a quienes no piensan o actúan como ellos; Jesús no cambia la Ley, muestra su cumplimiento, su plenitud que reside en la caridad. Por esto, citando al profeta Isaías: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto…”

Jesús presenta una nueva manera de relación con Dios; esta relación está fundada en la iniciativa de Dios Padre que se revela e invita a entrar en alianza con Él; no es la relación mediada por el cumplimiento de la ley, es la relación basada en la Caridad, la ley suprema. Es una alianza fundada en el corazón, es decir, desde dentro del hombre, tocando toda su realidad. Solamente una relación con Dios que toca el existencial presente de la persona puede transformar, revitalizar y darle sentido a la vida. No se trata, entonces, de conocer mucho de Dios, ni siquiera de ofrecer muchas oraciones y sacrificios externos; el camino es dar una respuesta desde la vida y para la vida. La experiencia de fe debe tocar al hombre en todas sus dimensiones.

Por esto la fe debe ser encarnada, que nos lance al compromiso con el otro. La fe bien vivida se convierte en fuente de aceptación y valoración del don que hay en cada uno de nosotros; la fe nos conecta desde dentro, vitalmente con Dios y con el hermano.

Precisamente la división entre lo que creemos y cómo vivimos se convierte en la causa de una fe intimista e individualista que no salva ni da sentido al hombre. ¿Qué fuerza tendría nuestra respuesta a Dios si levantáramos las manos a Él y las cerráramos al prójimo, si cargáramos signos religiosos y pronunciáramos el nombre de Dios pero fuéramos injustos en el trabajo y le quitáramos el valor a la familia? Jesús nos llama a la coherencia, a caminar en la verdad y la justicia. Él nos llama a una fe comprometida que se celebra y se hace vida en la cotidianidad.

Dejemos que en el día de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes resuenen las palabras del Papa Francisco: “Queridos hermanos y hermanas enfermos: A causa de la enfermedad, estáis de modo particular entre quienes, “cansados y agobiados”, atraen la mirada y el corazón de Jesús. De ahí viene la luz para vuestros momentos de oscuridad, la esperanza para vuestro desconsuelo. Jesús os invita a acudir a Él: «Venid». En Él, efectivamente, encontraréis la fuerza para afrontar las inquietudes y las preguntas que surgen en vosotros, en esta “noche” del cuerpo y del espíritu. Sí, Cristo no nos ha dado recetas, sino que con su pasión, muerte y resurrección nos libera de la opresión del mal. En esta condición, ciertamente, necesitáis un lugar para restableceros. La Iglesia desea ser cada vez más —y lo mejor que pueda— la “posada” del Buen Samaritano que es Cristo (cf. Lc 10,34), es decir, la casa en la que podéis encontrar su gracia, que se expresa en la familiaridad, en la acogida y en el consuelo. En esta casa, podréis encontrar personas que, curadas por la misericordia de Dios en su fragilidad, sabrán ayudaros a llevar la cruz haciendo de las propias heridas claraboyas a través de las cuales se pueda mirar el horizonte más allá de la enfermedad, y recibir luz y aire puro para vuestra vida” (Mensaje para la XXVIII Jornada Mundial del enfermo).

11 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest

Lectura del Evangelio según San Marcos 6,30-34

Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado. Él, entonces, les dice: «Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco.» Pues los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer. Y se fueron en la barca, aparte, a un lugar solitario. Pero les vieron marcharse y muchos cayeron en cuenta; y fueron allá corriendo, a pie, de todas las ciudades y llegaron antes que ellos. Y al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas.

Palabra del Señor.
Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
Los Apóstoles regresan de la misión y le comparten al Señor todo lo que habían vivido y enseñado; por su parte él los invita a un lugar apartado para descansar un poco. Y como la gente lo busca afanosamente, sintió compasión y se puso a enseñarles. Buscar a Jesús, encontrar el sentido del descanso y dejarse restaurar con la misericordia del Buen Pastor son las tres actitudes que podemos tomar del evangelio de hoy.

Los Apóstoles han vivido la experiencia de la misión; al regreso, entre la alegría y el cansancio buscan a Jesús para contarle todo. Cada día, también nos levantamos con la conciencia de cumplir la misión encomendada. Del trabajo a la edificación del hogar, de la búsqueda del bienestar al mundo de las relaciones; son tantas responsabilidades que vivimos con alegría, sin renegar ni maldecir. Y con todo lo que es nuestra vida nos percatamos que necesitamos ser escuchados, comprendemos la necesidad de compartir los gozos y fatigas de la jornada.

Los Apóstoles buscan a Jesús porque saben que él los escuchará con respeto. Busquémonos en casa para conocer el mundo interior de los otros, para compartir la vida. En ocasiones damos por supuesto que todo está bien, que “no hay nada nuevo para contar”; no dejemos perder aquellos hábitos que tanto bien nos hacen: el mirarnos a los ojos, el escuchar con respeto al otro, el compartir tiempo de calidad.

Jesús comprende el cansancio que trae la misión e invita a los Apóstoles a descansar. ¡Cuánto necesitamos aprender el valor del descanso! Sabemos que la falta de un apropiado descanso genera estrés, ansiedad, irrisión y otras enfermedades psicosomáticas. El descanso genera armonía, recrea el ánimo, restablece las fuerzas para continuar el camino, es decir, descansar para encontrarnos. ¿Encontrarnos? Sí, en primer lugar, con Dios aceptando su invitación de estar con Él, escucharlo, dejarnos reparar las fuerzas, curar las heridas y tomar un nuevo aliento; en segundo lugar, encontrarnos para disfrutar la compañía de la familia que se convierte en remedio para la desesperanza, la frustración y la soledad. En tercer lugar, descansar para encontrarnos con nosotros mismos. No debemos tenerle miedo al silencio que nos ayuda a escuchar y comprender los anhelos que hay en nuestro corazón. Y descansamos para restablecer la capacidad de contemplar y no acostumbrarnos a la creación. Cuando la persona descansa ve la vida desde otra óptica y su trabajo no sólo se hace más eficaz sino que alcanza a ser transcendente.

“Y Jesús, viendo la multitud sintió compasión y comenzó a enseñar con paciencia”. Porque vio con el corazón fue capaz de tener compasión. Como dice el Salmo 23 : “¡El Señor es mi pastor nada me falta!” Jesús restaura con su Palabra; su enseñanza no está centrada en sentencias frías sino en la Buena Nueva de la misericordia del Padre que se hace vida.

Entonces, acerquémonos a Jesús cultivando una auténtica experiencia de fe en comunidad, aprendamos a descansar para recrear la vida y los asuntos que se nos confían, y reconozcamos que necesitamos dejarnos reparar por Jesús, el Buen Pastor.

8 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 14-29
En aquel tiempo como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de Él: unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado».

Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación

Juan el bautista testifica con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios. Hasta el final cumple su misión, como dice San Beda, monje del siglo IX: “San Juan por (Cristo) dio su vida, a pesar de que no recibió la orden de renegar de Jesucristo, le fue ordenado solo callar la verdad. Y no calló la verdad y por eso murió por Cristo, quien es la Verdad. Justamente, por el amor a la verdad, no reduce su compromiso y no tiene temor a dirigir palabras fuertes a aquellos que habían perdido el camino de Dios”.

Herodes era un empleado del imperio romano y para agradar a César, el emperador, buscaba una administración que produjera lucro y fuese la carta de promoción y seguridad personal. Aunque se hacía llamar bienhechor del pueblo era un tirano; además la corrupción golpeaba su gobierno y tocaba su moral. Un hombre con contradicciones: tenía miedo de los levantamientos del pueblo por su tiranía pero admiraba a Juan, quería escucharlo y con esto callaba su conciencia que le reclamaba el estado en el que vivía. La escena que nos narra el evangelio de hoy nos muestra el estado de corrupción de Herodes; prefirió el mal, su fama y dar rienda a sus apetitos; la vida del Profeta ya no fue tan importante, lo mejor era quedar bien con todos y no mostrar su debilidad.

Dice el Eclesiástico 7,36: “En todas tus acciones ten presente tu fin, y jamás cometerás pecado”; es decir, que estamos llamados a ser vigilantes de lo que vamos concibiendo en el corazón. Herodes dio rienda a sus intereses hasta llegar a ser un hombre sin control de sí, anuló su conciencia y se hizo enemigo de la verdad hasta reducir el valor de la persona a una diversión. En cambio, Juan tuvo siempre presente su fin, sabía que camino debía recorrer, buscó el bien y permaneció firme en la voluntad de Dios. Entonces, cada uno de nosotros tenemos la tarea de sacar las conclusiones.

En una ocasión el papa Francisco decía: “Yo al pecado no le tengo miedo, le tengo miedo a la corrupción, que te va viciando el alma y el cuerpo. Un corrupto está tan seguro de sí mismo que no puede volver atrás. Son como esos pantanos chupadizos que quieres volver atrás y te chupa… El pecador es una persona que conoce límites, que tiene equivocaciones. Tiene conciencia de que se equivoca. En cambio el corrupto pierde esa brújula y vive en otro mundo, del que difícilmente se sale”.

Pidamos al Señor nos conceda un corazón limpio de toda forma de corrupción, un corazón que no negocie la verdad y que se gaste en la búsqueda del bien del prójimo. Un corazón conectado con el propósito de Dios que nos lleve a experimentar en lo más cotidiano la plenitud de la vida. Oremos también por aquellos sistemas de corrupción en todos los niveles de nuestra sociedad y sus víctimas.

7 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6,7-13
Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: «Calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas.» Y les dijo: «Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta marchar de allí. Si algún lugar no os recibe y no os escuchan, marchaos de allí sacudiendo el polvo de la planta de vuestros pies, en testimonio contra ellos.» Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
Ayer veíamos en el evangelio que el paso de Jesús por Nazaret fue marcado por la dureza e indiferencia de su gente; este conflicto se convierte en una nueva posibilidad para el cumplimiento de la misión. Ahora Jesús empieza a andar por los poblados de Galilea y envía a los doce, dándoles recomendaciones y poder para dar el Anuncio del Reino. Al considerar este pasaje del evangelio encontramos unas actitudes para nuestra vida como creyentes.

En primer lugar, Jesús ante lo que otros podrían catalogar como frustración responde con una salida nueva, es decir, se abre caminos. Una nueva posibilidad para cumplir esa misión de anunciar la buena Nueva del amor del Padre. Preguntémonos: ¿Cómo enfrentamos las situaciones que se nos presentan y que le damos la categoría de frustración y fracaso? Aprendamos de Jesús a no quedarnos en el rechazo, en la situación difícil; al contrario, aprendamos de Jesús a abrirnos a nuevos caminos, con la certeza que siempre se pueden construir nuevas oportunidades.

En esta perspectiva aparece una segunda actitud fundamental. El Señor envía a la comunidad de los apóstoles a compartir su misión; ellos van de dos en dos invitando a la conversión; el anuncio es acreditado por los signos a favor de los enfermos y de los atormentados por el mal. Ellos no van solos; están respaldados por la autoridad dada por el Señor y por la ayuda mutua, es decir, por la fuerza de la comunidad.

Así encontramos una gran novedad en el modo de evangelizar de Jesús: es necesario acompañarnos porque no estamos creados para la soledad y el individualismo. Ir de dos en dos, significa confiar en el otro, respaldar y valorar a quien está a nuestro lado. Nadie sobra o se reemplaza; en la conciencia de Jesús brota la importancia de cada uno. Es como si el Señor nos dijera que el otro, el hermano, es indispensable para cumplir la misión. Y esto lo referimos a todos los ámbitos de nuestra vida, pasando desde la casa, al colegio, del trabajo hasta las relaciones interpersonales.

La misión que viven los Apóstoles tienen unas características: hospitalidad, comunión alrededor de la mesa, compartir con los excluidos y acogerlos porque “¡El Reino ha llegado!”; como dice un autor espiritual: “El Reino de Dios acontece y se hace presente cuando las personas, motivadas por su fe en Jesús, deciden vivir en comunidad para, así, dar testimonio y revelar a todos que Dios es Padre y Madre y que, por consiguiente, nosotros, los seres humanos, somos hermanos y hermanas”.

6 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 5,1-20

Y llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante él y gritó con fuerte voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.» Es que él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre.» Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?» Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos.» Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.

Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos.» Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar.

Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan junto a Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término. Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti.» Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, señor Jesús.

Meditación
La expulsión de un demonio llamado Legión que oprimía y maltrataba a una persona, se convierte en una proclamación del poder de Jesús que vence al mal, libera al oprimido y reconstruye la dignidad de la persona.

San Marcos presenta cómo el poder amenazador y destructor del maligno que priva a aquel hombre, generando miedo y desconcierto a su alrededor viene aniquilado por la acción de Jesús que, con su presencia y su Palabra, doblega y vence a quien se presenta con el nombre de Legión, invencible y aniquilador.

¿Qué se confirma en el evangelio de hoy? El mensaje es claro: ante Jesús el poder del mal no tiene autoridad y quien cree en él vence el mal y no debe tener miedo. El miedo es el poder que se le da al maligno para que entre en el corazón la incertidumbre y la desesperanza; por algo, una de las frases que más repite la Sagrada Escritura es “no tengas miedo” con la promesa que sostiene la fe “porque yo estoy con ustedes”.

Vemos en nuestros tiempos una acción venenosa del maligno que trae caos, muerte y corrupción; hombres y mujeres en el “cementerio” de la existencia rodeados del hedor de la maldad y la esclavitud. Oímos el grito diabólico de los que quieren ahogar la vida y le quieren privar de toda dignidad; vemos la creación herida por las avaricias de quienes ciegos por la sed de dinero arrasan con nuestra casa común; presenciamos relaciones rotas, enemistades e indiferencias ante la necesidad del otro.

Y no pocas veces escuchamos decir: “esto está tan mal y se pondrá peor; aquí no hay nada que hacer”. Esta estratagema del enemigo va calando. Y nosotros como creyentes sabemos que esta es una mentira, que el maligno ya ha sido vencido. Confesamos que Jesús sana, libera, devuelve la vida e inquieta. ¿Qué es una legión comparada al poder del Crucificado? En primer lugar, debemos dejarnos sanar, curar por Jesús; decirle: “Señor cura esta herida, ven en mi ayuda, dame la libertad, rompe mis cadenas”. Segundo, elegir a quien le damos el gobierno de nuestra vida; además como discípulos del Señor no negociamos con el mal ni damos espacio a una reacción como aquella de los porqueros que prefieren darle importancia a los cerdos antes que a la persona que ha sido liberada y piden que Jesús abandone aquel sitio.

Sigamos el consejo que el Señor hace al hombre liberado: “Vete a tu casa, con los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti.”

3 febrero, 2020
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
Entradas más actuales