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4 noviembre, 2020

 

En estos días en que la iglesia nos invita a ofrecer sufragios por los difuntos es bueno que no solo “encarguemos” misas si no que nos dispongamos plenamente a participar en ellas recibiendo a Jesús sacramentado en la Comunión con las disposiciones que nos indica la Iglesia:

Las disposiciones para recibir dignamente a Cristo son:

a) Estar en gracia de Dios, es decir, limpios de pecado mortal. Nadie puede acercarse a comulgar, si antes no ha confesado los pecados mortales, ya que cometería un sacrilegio.

b) Guardar el ayuno eucarístico, que supone no haber comido ni tomado bebidas desde una hora antes de comulgar; el agua no rompe el ayuno y tampoco las medicinas.

c) Saber a quién se recibe. Puesto que se recibe al mismo Cristo en este sacramento, no podemos acercarnos a comulgar desconsideradamente o por mera rutin.

Con frecuencia, durante las celebraciones, el párroco nos recuerda la presencia de un sacerdote en el confesionario para atender a todos aquellos quieran reconciliarse con el Señor a través del Sacramento de la Penitencia.

Por desgracia, a veces se presenta el sacramento de la Penitencia como un simple rito encaminado a manifestar ante la comunidad de los creyentes las disposiciones personales, silenciando que ha sido instituido por Cristo para perdonar realmente los pecados cometidos después del Bautismo. Ese error teórico lleva consigo un desprecio práctico de la confesión auricular y secreta, calificada por algunos como una práctica individualista, apta sólo para tranquilizar artificialmente conciencias inmaduras.

¿Por qué confesarse con un sacerdote? A esta típica pregunta ha respondido uno de los teólogos de mayor prestigio del momento, monseñor Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto (Italia). El prelado ha dedicado a este argumento una Carta que lleva por título «La reconciliación y la belleza de Dios».

El arzobispo describe el pecado como «amor replegado sobre sí mismo», que se niega a Dios, «ingratitud de quien responde al amor con la indiferencia y el rechazo» pero sobre todo mal real que «hace daño». «Basta mirar la escena cotidiana del mundo en el que abundan violencias, guerras, injusticias, abusos, egoísmos, celos y venganzas», llegando a producir «verdaderas estructuras de pecado», observa. «Por ello no se debe dudar en subrayar la gran tragedia que es el pecado y cómo la pérdida del sentido de pecado debilita el corazón ante el espectáculo de mal», advierte monseñor Forte, que en 2004 predicó los ejercicios espirituales cuaresmales al Papa Juan Pablo II y a la Curia romana.

«Pedir con convicción el perdón, recibirlo con gratitud y darlo con generosidad, es fuente de una paz que no se puede pagar. Por ello es justo y hermoso confesarse», reconoce.

«¿Por qué hay que confesar los propios pecados a un sacerdote y no se puede hacer directamente a Dios?», se pregunta. «Ciertamente uno siempre se dirige a Dios cuando confiesa sus pecados», comienza aclarando al dar una respuesta.
«Que sea necesario hacerlo ante un sacerdote nos lo hace comprender Dios mismo –añade–. Al enviar a su Hijo en nuestra carne, demuestra que quiere encontrarse con nosotros mediante el contacto directo, que pasa por los signos y los lenguajes de nuestra condición humana».

«Como Él salió de sí mismo por nuestro amor y vino a “tocarnos” con su carne, así estamos llamados a salir de nosotros mismos, por su amor, y a acudir con humildad y fe a quien nos puede dar el perdón en su nombre, con la palabra y con el gesto», es decir, «a quien el Señor ha elegido y enviado como ministro del perdón».
«La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que nos ofrece Jesús y se nos transmite por el ministerio de la Iglesia», afirma.
«Acércate a la confesión con corazón humilde y contrito y vívela con fe: te cambiará la vida y dará paz a tu corazón», exhorta el arzobispo, miembro de la Comisión Teológica Internacional.

«Entonces, tus ojos se abrirán para reconocer los signos de la belleza de Dios presentes en la creación y en la historia y surgirá de tu alma el canto de alabanza», concluye Forte.

El Papa Francisco nos recuerda a menudo  que “Dios comprende, atiende, no se cansa de perdonar. Dios no se cansa nunca de perdonar, pero somos nosotros los que nos cansamos de querer su perdón“.

4 noviembre, 2020
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