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3 noviembre, 2020

Estos días, con motivo de la celebración de Todos Los Santos, hablaba a los fieles de aquellos hermanos nuestros cuyas bodas han pasado desapercibidas a los ojos del mundo pero no a los ojos De Dios que mira en lo escondido. Gente sencilla pero héroes de lo Ordinario cuyas biografías no recogen los libros de historia pero cuyos nombres estarán grabados para siempre en el Libro de la Vida.

Con inmensa tristeza recibí anoche la triste noticia del fallecimiento de sor Anuncia Cambra Pina, misionera del Divino Maestro con la que tuve, en mi anterior parroquia, la oportunidad de compartir durante doce años amistad, preocupaciones, alegrías, trabajos pastorales y, sobre todo, una misma fe y esperanza.Los que hemos tenido la suerte de vivir cerca de ella, destacamos sin duda su compromiso de vida con aquellas comunidades en las que vivió , ejerciendo responsabilidad suavemente su tarea docente con el resto de las hermanas, ocupándose de la dirección espiritual y formativa de aquellos que se le acercaban.

Siempre con una sonrisa bonachona en una mezcla peculiar con seriedad y energía, como buena navarra que era y de lo que se jactaba con enorme orgullo. Una mujer muy alegre y siempre preocupaba por los demás: hermanas, alumnos, catequistas…

En diversas ocasiones había visitado nuestra parroquia. Nunca nos gustó decir adios.. Nos costó despedirnos cuando me tocó incorporarme a un nuevo destino dejando atrás tantas tareas que juntos habíamos emprendido y también ella cuando tuvo que dejar sus amadas tierras gallegas y partir a su nuevo y último destino, que si bien quedaba más cercano a los suyos, le alejaba en la distancia – que no en el corazón- de tantos que había amado durante la mitad de su vida.

Pero decir adiós forma parte del ser humano que continuamente vuelve a empezar una y otra vez. Son situaciones difíciles que marcan nuestra historia, que nos sitúan una y otra vez ante nuestra verdad más honda, nuestro yo más sincero. Y cuando este adiós es definitivo -solo en su dimensión humana- aún es más costoso.

Hoy despidamos a sor Anuncia y lo hacemos con lágrimas. Pero aunque no hemos elegido el momento de hacerlo -ni siquiera ella- podemos elegir la actitud. Esa actitud de entrega a su vocación, a sus hermanas, a la misión que la llevó tras sus vacaciones a incorporarse de nuevo a su comunidad, consciente de que el COVID ya golpeaba a sus hermanas a quienes se había comprometido a servir.

Pero ¿Que podía hacer? Había estado con su familia de sangre a la que amaba con locura, pero su comunidad era su otra Familia, la que había elegido, a la que Dios le pedía servir. Y no lo dudó. Su Divino Maestro lo tenía claro y ella también: “Nadie ama tanto como el que da la vida por sus hermanos”

Descansa en Paz Sor Anuncia

 

3 noviembre, 2020
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Confesamos en el Credo: “Creo en la Comunión de los santos”:

¿En qué se fundamenta esta comunión de los santos?
«Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros… Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza… Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia» (Santo Tomás, symb.10). «Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común» (Catech. R. 1, 10, 24). (CCE 947)

¿Y en qué consiste?

La expresión «comunión de los santos» tiene entonces dos significados estrechamente relacio- nados: «comunión en las cosas santas [“sancta”]»
y «comunión entre las personas santas [“sancti”]».
(CCE 948)
Esta relación de Cristo con su Iglesia,

¿afecta también a los difuntos?

«La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cris- tianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oracio- nes `pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados” (2 M 12, 45)» (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor. (CCE 958)

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¿Dónde se ha establecido esa comunión entre Cristo, el difunto, y la Iglesia que ora por él?

“La primera incorporación a la muerte de Cristo se realiza por la fe y su sello sacramental, que es el Bautismo. Los demás sacramentos la actualizan de modo diverso, siendo la Eucaristía el medio más poderoso de contacto entre nuestras existencias cristianas y la eficacia salvífica de la muerte de Cristo”. (OEE 7)

Entonces, ¿puede pedir un fiel cristiano a un sacerdote que aplique la cele- bración de la Misa por algún fin determinado?

Sí, claro que puede hacerlo. Es decir, puede lograr, por ministerio del sacerdote, que “su” petición no sea ya solo “su” petición, sino que forme parte de la intercesión de la Iglesia unida a la inter- cesión de Cristo. La Eucaristía da gloria a Dios, le da gracias, satisface por nuestros pecados e intercede por nosotros ante Dios.

“Por tanto, la Iglesia ofrece por los difuntos el sacrificio eucarístico de la Pascua de Cristo, y reza y celebra sufragios por ellos, de modo que, comunicándose entre si todos los miembros de Cristo, estos impetran para los difuntos el auxilio espiritual y, para los demás, el consuelo de la esperanza”. (RE 1)

“Mientras celebramos con fe la victoria pascual de Jesucristo, esperamos y pedimos –ya que todo lo que es objeto de esperanza lo es también de oración- que el Señor perdone los pecados del difunto, lo purifique totalmente, lo haga participar de la eterna felicidad y lo resucite glorio- samente al fin de los tiempos. Y estamos seguros de que nuestra oración es una ayuda eficaz para nuestros difuntos, en virtud de los méritos de Jesucristo, y no en virtud de una correspon- dencia matemática entre el “número” de sufragios y los beneficios obtenidos por los difuntos”. (OEE 16)

¿Esto es una especie de superstición, o se corresponde con la tradición de la Iglesia?

En la constante tradición de la Iglesia está el hecho de que los fieles “movidos por su sentido religioso y eclesial, quieran unir, para una más activa participación en la celebración eucarística, un personal concurso” (FT). Y ese “personal concurso” puede ser pedir que se celebre la Misa por una intención determinada, ofreciendo incluso un don para ello. Esos fieles serán, sin duda, los principales beneficiarios de esa petición.
“A lo largo de los siglos, dichos sufragios se han concretado de modo diverso: oraciones, obras de caridad, aplicación de indulgencias, ofrecimiento de la santa misa” (OEE 13)

Desde los primeros siglos, los fieles han presentado ofrendas durante la Misa. A partir del siglo VIII, y ya decididamente a finales del siglo XII, se extiende la costumbre de que los fieles con- tribuyan con una donación, en especie o en dinero, para que el sacerdote se obligue a ofrecer la Misa a intención del donante.

¿Esta es entonces una costumbre para el mes de noviembre?

No sólo: ciertamente, el día 1 y el 2 le dan un matiz de oración por los difuntos a todo el mes, pero como todo lo que pertenece a la vida de la Iglesia, puede hacerse en todo tiempo: coincidiendo con fechas importan- tes en la vida de los difuntos, aniversarios de sacramentos recibidos, etc

¿Cómo se hace, de modo práctico?

Se encargan en el despacho de la parroquia en el horario oportuno. Se pide, a cambio, un pe- queño estipendio. Dar una limosna para que se aplique la Misa por una intención es un signo de la oblación personal del fiel, que añade “una como especie de sacrificio de sí mismo al sacrificio eucarístico para participar más activamente de éste” (FT).

Además, esa oblación manifiesta la comunicación cristiana de bienes. Con el estipendio, los fieles contribuyen a facilitar la celebración de la Eucaristía, ayudando a sustentar a los ministros y las actividades de la Iglesia. Se expresa, igualmente, la fe en la mediación eclesial.
La ofrenda requerida es voluntaria en nuestras parroquias y lo habitual es encargar la celebración en cada mes por el alma de un ser querido y se abona doce meses para esta intención. Otra forma habitual es encargar una misa puntualmente en el aniversario del fallecimiento, cumpleaños, aniversario de boda, un acontecimiento importante en la vida del difunto.

UNA MISA POR EL ALMA DE UN DIFUNTO

Encargar una misa por el alma de un difunto es lo más grande que se puede hacer para ayudarla a librarse de sus penas, salir del purgatorio y gozar de la felicidad eterna en el cielo.

¿Eso significa que esa misa que he encargado en el despacho es “mi misa”?

De ninguna de las maneras: La “misa”, lo que nosotros llamamos “misa”, es la renovación sa- cramental del Misterio Pascual de Cristo, repitiendo el gesto que Él mismo nos mandó en la úl- tima cena. Aquel que paga un estipendio para que se pida por un difunto en la misa, o por cualquier otra intención, no “paga la misa”: la misa no se paga, porque su precio ha sido la sangre de Jesucristo: “recordad que no fuisteis comprados a precio de oro o plata, sino de la sangre de Jesucristo, que fue ofrecido como un cordero sin mancha” (1Pe 1,18-19). Ese dinero que se en- trega es un donativo: Así que no sólo no podemos “pagar una misa”, que no cuesta tantos euros, sino “la sangre de Cristo”, sino que además la misa no nos pertenece, sólo unimos nuestra in- tención a la de Cristo y su Iglesia.

PEQUEÑA CATEQUESIS SOBRE LAS MISAS QUE SE OFRECEN EN SUFRAGIO
POR LOS DIFUNTOS

Confesamos en el Credo: “Creo en la Comunión de los santos”:

¿En qué se fundamenta esta comunión de los santos?

«Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros… Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza… Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia» (Santo Tomás, symb.10). «Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común» (Catech. R. 1, 10, 24). (CCE 947)

¿Y en qué consiste?

La expresión «comunión de los santos» tiene entonces dos significados estrechamente relacio- nados: «comunión en las cosas santas [“sancta”]»
y «comunión entre las personas santas [“sancti”]».
(CCE 948)
Esta relación de Cristo con su Iglesia,

¿afecta también a los difuntos?

«La Iglesia peregrina, perfectamente consciente de esta comunión de todo el Cuerpo místico de Jesucristo, desde los primeros tiempos del cris- tianismo honró con gran piedad el recuerdo de los difuntos y también ofreció por ellos oracio- nes `pues es una idea santa y provechosa orar por los difuntos para que se vean libres de sus pecados” (2 M 12, 45)» (LG 50). Nuestra oración por ellos puede no solamente ayudarles sino también hacer eficaz su intercesión en nuestro favor. (CCE 958)

SE PUEDE PEDIR UNA MISA:

• Por nuestros queridos seres difuntos.
• Por un enfermo, por su curación o alguien que está sufriendo, por una persona en dificultad.
• Por alguien que celebra el cumpleaños, un aniversario u otro momento especial.
• En acción de gracias a Dios.
• Por una intención de oración particular.

Cfr.: stbc.es

 

3 noviembre, 2020
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