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noviembre 2019

Lectura del santo evangelio según san Mateo 4, 18-22

En aquel tiempo, pasando Jesús junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores. Les dijo: -«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.
Meditación
Celebramos hoy la fiesta del Apóstol San Andrés, hermano de Simón Pedro. El relato del llamado que recibe del Señor nos coloca en un contexto en el que cada cristiano puede contemplar la propia vocación.
Jesús caminaba a orillas del mar de Galilea, movido por la fuerza del Espíritu inicia la proclamación del mensaje de salvación: «¡El Reino de los Cielos está ahora cerca!» (Mt 4, 17). Toma la iniciativa de caminar al encuentro del hombre; es “el Dios con nosotros”. No es el Señor escondido a quien haya que buscar a tientas. Camina hacia donde el hombre va labrando su vida; se hace el encontradizo posibilitando una nueva experiencia en nuestro propio “Mar de Galilea” que puede significar nuestra cotidianidad con los fracasos y logros, con las aspiraciones y frustraciones, el mar de nuestra historia y de los anhelos más profundos de la existencia. Nuestros mares entre la calma y las tormentas; y es allí donde el Señor de cerca camina, se hace nuestro Prójimo.
Así el Evangelio nos muestra una acción que constantemente realiza el Señor. Él ve a los hermanos que echaban el copo porque eran pescadores. La acción de ver trae consigo una fuerza que brota de lo más íntimo; su mirada de compasión, de amor es la que convoca. No va de prisa, nos ve porque conoce a profundidad quiénes somos: sí, conoce las páginas de nuestra vida, conoce lo que somos y esperamos, conoce nuestras búsquedas y fracasos. Nada de lo nuestro le es ajeno.
Y mirándolos con amor los llama: “venid y seguidme”. ¿Quién puede resistirse al llamado a la vida? Nos llama en nuestra realidad y lo hace invitándonos a una nueva familiaridad con Él y con los hermanos. Con su Palabra entra en la vida, en la historia y en corazón de cada uno. También hoy resuenan estas palabras para que nosotros hagamos camino junto a él siguiéndolo. De muchas maneras él nos llama, nos inquieta, nos “desacomoda” porque quiere más de nosotros; su Palabra nos confronta porque no podemos gastar la existencia sin encontrar el sentido, el llamado personal que resuena y que no podemos silenciar. Siempre queremos algo más; por esto el “ven y sígueme” resuena allí en donde trabajamos, resuena aquí y ahora donde estamos ubicados.
Es impresionante la respuesta de Andrés y los otros llamados: “Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”. La prontitud para acoger la invitación del Señor e iniciar el discipulado nos cuestiona. No ponen “peros” o plazos, no ponen condiciones o se quedan en cálculos; responden inmediatamente, dejan las redes y lo siguen. Mientras leemos este pasaje bíblico quedamos sorprendidos que las redes, la barca, el padre van quedando en un segundo plano; sólo permanece la nueva experiencia marcada por el seguimiento al Señor que va indicando el camino.
Tres acciones del Señor resuenan en nuestro interior: caminar, ver y llamar; una respuesta nos interpela: “Inmediatamente, dejándolo todo lo siguieron”. ¿Cuál es nuestra respuesta al paso del Señor por nuestra vida y a la invitación que recibimos a seguirlo?

30 noviembre, 2019
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“La diversidad llena la Iglesia de color”

Queridos diocesanos:

El 1 de diciembre se conmemora el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Los Papas siempre han tenido gestos de cariño con ellas y palabras que defienden su dignidad. También en el día a día vemos reflejada esta misma actitud en no pocas personas que se encuentran en la calle con algunas personas discapacitadas o las cuidan en un centro de acogida destinado a ellas. Qué bien nos hace visitar estos centros y quiero invitaros a hacerlo. Me lo comentaba un grupo de chicos y chicas que visitó el Cottolengo y la Residencia de Hermanitas de los Desamparados. También hemos de hacer visibles a estas personas.

Significado de este día

Ignorar la dignidad de estas personas es contribuir a la desaparición de nuestra civilización impregnada por el cristianismo. Decía san Juan Pablo II que la calidad de una sociedad y de una civilización se mide por el respeto que manifiesta hacia los más débiles de sus miembros… En efecto, en Dios descubrimos la dignidad de la persona humana, de cada una de las personas humanas. El grado de salud física o mental no añade ni quita nada a la dignidad de la persona, más aún el sufrimiento puede darle derechos especiales en nuestra relación con ella”. La dignidad del hombre es el eco de la trascendencia de Dios. Algo que hemos de tener muy en cuenta cuando se está considerando culturalmente al hombre como una realidad superflua.

Con frecuencia vemos a personas cuya única posibilidad de moverse se la proporcionan las sillas de ruedas. Nos encontramos con personas con un bastón blanco atravesando los pasos de cebra a nuestro lado. Otras veces percibimos junto a nosotros a personas con mirada sin pestañar perdida en la lejanía. Ante esta realidad ha de surgir el amor misericordioso de Dios Padre que ha de llevarnos no sólo a aceptar sino a integrar a estas personas en nuestra sociedad en el ámbito familiar, laboral y social.

Diversidad y colorido

Las personas discapacitadas son sujetos activos de nuestra comunidad y hemos de acogerlos sin exclusión y escucharles sin olvidar que el Señor está en el corazón de cada uno. En el puzle, lleno de colorido de nuestra sociedad, ocupan un relieve significativo. Su ausencia generaría la pérdida de una ayuda muy necesaria. De ellos podemos aprender la aceptación de su condición, la alegría de vivir, la constancia en su espíritu de superación, la paciencia y la esperanza de una realidad mejor.

Cuando tanto se valora la fortaleza física de la persona y tanto se habla de transhumanismo, las personas discapacitadas son ese libro humano en el que tantas cosas, llenas del color de la vida, podemos aprender. La familia donde se recibe la vida, los medios de comunicación y la Iglesia, portadora de verdadero humanismo, han de contribuir a que la sociedad ayude a estas personas para que puedan desarrollar todos sus dones.

La Navidad es una ocasión providencial para redescubrir la ternura de Dios con nosotros y comprometernos a manifestarla con los demás. El hilo conductor de nuestra historia de salvación es la ternura de Dios: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios” (Is 40, 1). Esa ternura la vemos en el Niño Dios acostado en un pesebre, necesitado como nosotros de los cuidados propios al nacer. El papa Francisco dice que la ternura “es el amor que se hace cercano y concreto. Es un movimiento que procede del corazón y llega a los ojos, a los oídos, a las manos. La ternura es usar los ojos para ver al otro, usar los oídos para escuchar al otro, para oír el grito de los pequeños, de los pobres, de los que temen el futuro; escuchar también el grito silencioso de nuestra casa común, la tierra contaminada y enferma. La ternura consiste en utilizar las manos y el corazón para acariciar al otro. Para cuidarlo”[1]. Contemplar al Niño Jesús en el pesebre nos ayuda a salir de nuestra indiferencia, hastío y tristeza, sintiéndonos salvados. ¿Qué nos pasa si ya no somos capaces de albergar estos sentimientos?

Os animo a todos a que conmemoremos en nuestra Diócesis este Día diocesano de las personas con discapacidad como un signo que no nos puede dejar indiferentes, y que nos ayudará a comenzar y a vivir nuestro camino diocesano y personal del Adviento en oración.

Os saluda con afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

 

[1]  FRANCISCO, Viodeomensaje, 26 de abril de 2017.

30 noviembre, 2019
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El oficio divino (Liturgia de las Horas) es el conjunto de oraciones (salmos, antífonas, himnos, oraciones, lecturas bíblicas y otras) que la Iglesia ha organizado para ser rezadas en determinadas horas de cada día.

El oficio divino es parte de la liturgia y, como tal, constituye, con la Santa Misa, la plegaria pública y oficial de la Iglesia. Su fin es consagrar las horas al Señor, extendiendo la comunión con Cristo efectuada en el Sacrificio de la Misa. Quien reza el oficio hace un paro en las labores para rezar con la Iglesia aunque se encuentre físicamente solo. Aunque sin duda es necesaria la oración privada, también es necesario que recemos formalmente unidos como Iglesia.

La revisión del Breviario desde el Concilio Vaticano Segundo prescribe para sacerdotes, religiososo y religiosas las horas canónicas:
1.- Oficio de las Lecturas,
2.- Oración de Laudes (mañana), laudes significa alabanza.
3.- Oración del Día (optar por una de las menores):
 – Prima: primera hora después de salir el sol, aprox. 6AM
 – Tercia: tercera hora después de salir el sol, aprox. 8AM
 – Sexta: sexta hora, aprox. 11AM
 – Nona: novena hora, aprox. 2PM

4.- Oración de Vísperas (Atardecer)
5.- Completas (Oración de la Noche).

Los sacerdotes, religiosos y religiosas tienen obligación de rezar el Oficio Divino. Pero no es algo exclusivo de ellos. La Iglesia invita a TODOS a rezar la Liturgia de las Horas: «Se invita encarecidamente también a los demás fieles a que, según las circunstancias, participen en la Liturgia de las Horas, puesto que es acción de la Iglesia. Código de Derecho Canónico [Canon 1174 § 2.]»

Es por ello por lo que “ad experimentum” y durante el Adviento invitamos a todos los feligreses a participar en el rezo de vísperas cada tarde a las 18:45, antes de la Santa Misa. Decimos que es a modo de prueba porque si la iniciativa recibe una buena acogida por parte de los feligreses la extenderemos en el tiempo.

Lugar: Iglesia nueva de Santa Cruz
Día: de lunes a sábado.
Hora: 18:45

30 noviembre, 2019
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Lectura del santo Evangelio según Lucas 21,29-33

Les añadió una parábola: «Mirad la higuera y todos los demás árboles. Cuando veis que echan brotes, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
En el pasaje del evangelio que meditamos hoy encontramos dos puntos fundamentales: la necesidad de discernir los signos de los tiempos y la esperanza cristiana, cimentada en la palabra del Señor que vence el miedo, el pesimismo y la desesperanza. Dos temas que resuenan en el contexto actual y nos llevan a confirmar la necesidad de interpretar, iluminados por la fe los acontecimientos en el mundo.

En primer lugar, Jesús señala la importancia de contemplar, es decir, de observar y leer con una mirada comprometida la realidad que interpela, inquieta y lanza a tomar decisiones a la luz de la persona y palabra de Jesús. Es necesario dejarnos interpelar por la realidad. Constatamos profundas transformaciones tecnológicas, económicas, políticas y sociales que nos deben inquietar porque el discípulo de Cristo no está alejado o desentendido de la realidad. Necesitamos descubrir los signos de la presencia del Reino que está cerca; necesitamos experimentar en el acontecer de la vida un llamado a romper con el pesimismo, el conformismo y la indiferencia.

Vivimos en una sociedad de cambios acelerados; somos testigos de transformaciones en el modo de ver y concebir el ser humano, su relación con el mundo y con Dios; muchas veces aparecen tendencias e ideologías dominantes que falsifican el concepto de la realidad y propagan recetas destructivas. Es aquí donde el cristiano confirma su misión de “ser sal de la tierra y luz del mundo”.

En segundo lugar, hoy somos invitados a la esperanza. La palabra de Jesús es la fuente de nuestra esperanza. La certeza de la promesa del Señor: “No tengan miedo, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de mundo”, es siempre un motivo de alegría y paz, de compromiso y de firmeza. La palabra de Jesús nos compromete con la transformación de las realidades; nos mueven a la verdadera práctica de la caridad, nos llevan a ser sembradores de esperanza allí donde el ser humano ha caído en desolación, nos lanza a trabajar con pasión por la exaltación de los valores del Reino.

Dice el Papa Francisco: “Al final, Jesús hace una promesa que es garantía de victoria: «Con su perseverancia salvarán sus almas». ¡Cuánta esperanza en estas palabras! Son un llamamiento a la esperanza y a la paciencia, a saber esperar los frutos seguros de la salvación, confiando en el sentido profundo de la vida y de la historia: las pruebas y las dificultades forman parte de un designio más grande; el Señor, dueño de la historia, lleva todo a su cumplimiento. ¡A pesar de los desórdenes y de los desastres que turban al mundo, el designio de bondad y de misericordia de Dios se cumplirá! Este mensaje de Jesús nos hace reflexionar sobre nuestro presente y nos da la fuerza para afrontarlo con coraje y esperanza, en compañía de la Virgen, que camina siempre con nosotros”.

29 noviembre, 2019
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Todos los jueves los dedicamos a la adoración del Santísimo Sacramento, rezando de manera especial para que aumenten las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, por la buena formación de los seminaristas, y por la santidad de los sacerdotes. No se trata de un acto más de la vida parroquial sino de un momento central.

Con frecuencia la parroquia presenta actividades destinadas a los diferentes “públicos”: niños, jóvenes, adultos, enfermas, desfavorecidos, etc… Iniciativas pastorales todas ellas con un mismo fin apostólico: acercar almas Cristo. Y, entre todas ellas, la respuesta al mandato de Jesús de “rogar al Dueño de la mies que mande obreros a su mies” se ha vuelto una necesidad imperiosa.

Es por eso que cada jueves nos postramos ante Jesús Eucaristia para pedírselo. Estos ratos de oración y adoración han de servir también como un detonante para que todas las demás iniciativas parroquiales tengan un sólido sustento y fuerte impulso en la contemplación del Santísimo Sacramento del Altar.

Se equivoca quien cree que por adorar al Santísimo el cristiano se desconecta de las realidades terrenas y se queda en una especie de limbo.

La Iglesia y todos los creyentes encontramos en la Eucaristía la fuerza indispensable para anunciar y testimoniar el Evangelio de la salvación.

Lugar: Iglesia nueva de Santa Cruz
Hora: 19:30 hh.
Día: Jueves

28 noviembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 21,20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación

Continuamos hoy la meditación del discurso apocalíptico que nos presenta el evangelista San Lucas. Recordemos que en los dos anteriores episodios hemos recibido la invitación a no dejarnos engañar y a no tener miedo, a saber leer los acontecimientos de la historia y a perseverar en la fe dando testimonio del Señor.

Dos señales son presentadas en el pasaje de hoy. En primer lugar, la destrucción de Jerusalén. Para los judíos, Jerusalén era la Ciudad Eterna. Hacia el año 70, Jerusalén fue cercada y destruida por los ejércitos romanos; este acontecimiento representó para los judíos y cristianos una profunda convulsión en la fe. En segundo lugar, la mención de las señales en el cielo y en la tierra evoca la llegada del cielo nuevo y la tierra nueva, imágenes que se encuentran en la profecía de Daniel (Dan 7,-14) en donde la llegada gloriosa del Hijo del Hombre con quien se construye una nueva historia.

Así se ve que el dolor que desde ahora se soporta, la lucha que los creyentes hacen por la vida y los valores del Reino, la perseverancia en la fe en medio de las persecuciones e incomprensiones, son semillas de la espera de la plenitud del Reino que llegará.

Leyendo este pasaje indica el Papa Francisco que “pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará, hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno habrá realizado o habrá dejado de realizar durante su vida terrena, percibimos que nos encontramos ante un misterio que nos supera, que no conseguimos ni siquiera imaginar. Un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros una sensación de miedo, y quizás también de trepidación. Pero si reflexionamos bien sobre esta realidad, esta sólo puede agrandar el corazón de un cristiano y ser un gran motivo de consuelo y confianza”.

Entonces, como cristianos vamos comprometidos con la construcción de una mejor historia teniendo la mirada en la plenitud que solo el Señor Resucitado puede darnos; no nos desalentamos al vernos en medio de realidades que se alzan contra la fe y la humanidad. El llamado del Señor a alzar la cabeza nos mueve a ser decididos en el compromiso con el Evangelio. “No tengan miedo”, nos dice el Señor.

28 noviembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 21,12-19
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»
Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
Continuamos la meditación del discurso iniciado ayer, en el que el Señor invitaba a la comunidad a tener cuidado para no dejarse engañar y a no tener miedo; hoy el discurso conduce al creyente a situarse en los hechos que vive y a no perder la fe en Dios, perseverando y dando testimonio en toda ocasión.
Jesús de camino a Jerusalén había dicho a sus discípulos que ellos debían compartir su destino, es decir, ser perseguidos, acusados y padecer, incluso, la muerte por su causa. El evangelista Lucas nos comparte lo que estaba viviendo la comunidad cristiana. El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra las continúas persecuciones sufridas por la Iglesia; San Pablo comparte el testimonio de su sufrimiento por causa del Evangelio: “Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez…En Damasco, el etnarca del rey Aretas tenía puesta guardia en la ciudad de los damascenos con el fin de prenderme» (2Co 11, 24-32).
El discurso que venimos meditando no es una palabra de desánimo para los discípulos; al contrario, de estos acontecimientos brota la vida; no son palabras de temor, sino de esperanza porque el creyente descubre que en medio de las persecuciones y adversidades hay una verdad que sostiene e invita a seguir avanzando: “¡Dios está con nosotros!, en nuestras luchas Él nunca nos abandonará”.
En la persecución, los cristianos convencidos de su fe encuentran una oportunidad para cumplir la misión de testimoniar con valor su amor a Dios y a la Iglesia. Y esta realidad continua siendo vigente; recuerdo a una joven de mi parroquia que compartía la persecución que le hacían en su trabajo porque era creyente; su fe católica la comprometía a hacer las cosas bien, no había cabida a “decisiones injustas” o a “torcidos” que le pedían hacer; no era una fanática ni podía ser acusada de descuidar sus oficios; sin embargo recibía burlas hasta por expresiones que solía decir: “Si Dios quiere”, “Dios los bendiga”. En esta realidad ella era invitada a perseverar en el bien y en el amor al Señor. Una persona que ha tenido una experiencia personal de encuentro con el Señor puede decir como San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: «Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Romanos 8, 35-39).
Así, podemos confirmar la invitación del Señor a perseverar firmes en la fe dando testimonio de la experiencia de Dios que vivimos. Recordemos que toda circunstancia es una ocasión para descubrir que, como dice el Señor, “con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”.

27 noviembre, 2019
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La medalla de la Inmaculada Concepción , popularmente conocida como de la Milagrosa.
En 1830, un niño, quizá el ángel de la guarda, se le apareció a un hermana ( hoy Santa), CatLuba Labouré. Una novicia de las Hermanas de la Caridad y le ludió que acudiera a la Capilla. Allí conversó con María durante más de dos horas.
La Virgen estaba sobre la mitad de un globo y una esfera dorada como si estuviera ofreciéndole al cielo.
Había muchas dificultades en el mundo, sobretodo en Francia.
Había pobres, desempleados, refugiados de guerra. De los dedos de María salían rayos de luz.
En la medalla aplastaba la cabeza de una serpiente ( satanás )
María sin pecado concebida.
Que se proclamaría años más tarde.
En el reverso, 12 estrellas rodean a una M. grande de la que surge una Cruz. Debajo hay dos corazones con llamas.
Un corazón rodeado de espinas y otro atravesado por una espada.
Las 12 estrellas representan a la Iglesia alrededor de su corona.
Los dos corazones el amor de Jedus y María por nosotros.
Quien la lleve puesta, esta Medalla, recibirá grandes gracias, sobre todo si la llevan al cuello.
Las primeras medallas se crearon en 1832 y se distribuyeron por el país.
Las gracias empezaron a dar: salud, paz, prosperidad.
Su capilla está ubicada en París.
María le pidió que las llevase a su confesor.
La Virgen Milagrisa había aparecido vestida de blanco.
Oh, María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a vos.

27 noviembre, 2019
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