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19 septiembre, 2019

La Adoración Eucarística puede hacerse, de forma individual, diariamente y en horario permanente, en cualquier templo en el que en el Sagrario este Jesús sacramentado. En Santa Cruz contamos con una Capilla del Santísimo Sacramento para, en recogimiento, acompañarle cada día.

Pero los jueves tienen un carácter especial: Jueves sacerdotales solemos llamarlos en la Iglesia. A las 19:00 hh., se celebra la Misa pidiendo de manera especial por las vocaciones sacerdotales y religiosas, señalando el día de la institución del sacramento de la Eucaristía, fuente y centro de toda la vida cristiana, y evidenciando la íntima e indisoluble unión entre su celebración y su adoración.

A continuación de la Misa hay un momento de adoración comunitaria del Santísimo Sacramento, escucha de la Palabra, combinada con momentos de silencio, oración mental, cantos de alabanza con los que no solo pedirá Dios gracias y favores, sino también para escucharle en nuestro interior y entregarle nuestro corazón.

El cristiano, no reza con una preocupación de “utilidad” ni siquiera espiritual, sino con el ánimo pronto a una alabanza desinteresada y gratuita. Hemos de cultivar una actitud importante para poder orar con profundidad: el silencio, sobre todo el silencio interior. Tanto a nivel personal como en grupo, ésta es una cualidad que se necesita para llegar a una auténtica experiencia de oración: saber crear y vivir el silencio interior.

Invitamos a todos a participar, en la medida en que cada uno pueda, pues sin duda contribuirá a su crecimiento espiritual.

Lugar: Iglesia nueva de Santa Cruz
Día: Todos los jueves
Hora: 19:00 hh.

19 septiembre, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 7,36-50
En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora.» Jesús tomó la palabra y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte.» Él respondió: «Dímelo, maestro.» Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?» Simón contestó: «Supongo que aquel a quien le perdonó más.» Jesús le dijo: «Has juzgado rectamente.»

Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: « ¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.» Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados.»

Los demás convidados empezaron a decir entre sí: « ¿Quién es éste, que hasta perdona pecados?» Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
El encuentro de Jesús con Simón, el fariseo y la mujer del perfume se hace ocasión para ver la actitud de acogida que el Señor realiza con aquellos que eran excluidos, proclamando la misericordia de Dios que conduce a la persona a una nueva humanidad.

Aquella mujer, no está invitada por Simón, el fariseo; sin embargo entra, se coloca a los pies de Jesús, moja los pies de Jesús con las lágrimas, los seca con sus cabellos y los unge con perfume. Jesús no aleja a la mujer en su gesto de cercanía. Soltar los cabellos en público era un gesto de independencia. Jesús no se retrae, ni aleja a la mujer, acoge aquel gesto que rompía todas las costumbres de la época. Si viene señalada por Simón como pecadora, es acogida por Jesús en un verdadero derroche de amor que perdona, libera y se hace manifestación de la dignidad de la mujer.

La Parábola propuesta por Jesús muestra que, tanto el fariseo como la mujer han recibido algo y manifiestan su gratitud por diversas vías: la primera, invitándolo a comer, la segunda con sus lágrimas, besos y el perfume. Así Jesús al aplicar la parábola enseña que «¡a quien poco se le perdona, poco amor muestra!»; el fariseo se consideraba muy bueno porque observaba la ley de Dios, la seguridad en sí mismo le impide abrirse a la experiencia de la gratuidad del amor de Dios. Es como si el Señor le dijera a Simón: “aunque te moviste para ofrecerme esta cena, ¡tú tienes poco amor!».

Y aparece aquellas palabras liberadoras para la mujer: “tus muchos pecados están perdonados, porque tienes mucho amor; tu fe te ha salvado, vete en paz.”. Aquí está la novedad siempre actual de la actitud de compasión de Jesús; Él no condena, no excluye, no rechaza al pecador; porque ama mucho perdona, ya lo decía un autor: “la medida del amor es amar sin medida”. Es la experiencia de la Confesión cuando venimos al Señor con el corazón lastimado por el pecado y necesitados de liberación; es la experiencia del reconocimiento de la necesidad del amor que salva, que levanta y devuelve la paz. La fe la mujer la llevó a los pies de Jesús y la hizo encontrarse con Dios y consigo misma. Algo nuevo la hizo levantarse y caminar de una manera nueva.

Entonces, podemos mirarnos en esta escena del evangelio para no estar seguros de nosotros mismos como Simón; es necesario no perdernos la fiesta del perdón y del amor del Señor. Que también nosotros podamos escuchar “tus muchos pecados están perdonados, porque tienes mucho amor; tu fe te ha salvado, vete en paz”.

19 septiembre, 2019
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