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29 noviembre, 2018

Exposición

Junto a la celebración de la eucaristía en la Santa Misa, la exposición del Santísimo para su contemplación y adoración por los fieles cristianos, es uno de los momentos de máxima expresión de nuestra fe, no sólo el día del Corpus, sino en la práctica habitual de la iglesia.

En la Eucaristía nuestro Señor Jesucristo se manifiesta presente y nos espera pacientemente, para darnos su protección, su consuelo y su amor. Nuestra adoración ante Jesús Sacramentado manifiesta nuestra fe, más allá de lo que nuestros sentidos corporales nos muestran.

Por otro lado, cuando el sacerdote, de forma solemne y reverencial, realiza la exposición del Santísimo y sitúa en la custodia al Señor para la contemplación y adoración de los fieles, nos ofrece la posibilidad de ser también nosotros los que nos expongamos ante la presencia de Dios. De la misma manera que algunos buscan broncear la piel con una frecuente exposición al sol; así, nuestra constante y asidua presencia ante el Santísimo va haciendo aflorar nuestra realidad profunda y nos va cristificando con su poder transformador y sanador. Es un tratamiento medicinal profundo que, poco a poco va operando resultados verificables.

Lugar: Iglesia nueva de Santa Cruz
Día: Jueves
Hora: 19:30

El primer encuentro sacramental con Dios.

En una familia católica resulta normal que después del nacimiento de un hijo(a) se inicie con los preparativos para el sacramento del bautismo. A partir de este sacramento, los padres de familia dirigen la mirada y su corazón al momento o la edad en que su hijo(a) recibirá por primera vez a Jesús en la Eucaristía, es decir, su “Primera Comunión”.

Pero ¿a qué edad se recibe la primera Comunión? El Código de Derecho Canónica dice “para que pueda administrarse la santísima Eucaristía a los niños, se requiere que tengan suficiente conocimiento y hayan recibido una preparación cuidadosa, de manera que entiendan el misterio de Cristo en la medida de su capacidad, y puedan recibir el Cuerpo del Señor con fe y devoción” (CIC 913). Concretizando lo que este numero del CIC quiere decir, la instrucción Redemptionis Sacramentum, sobre algunas cosas que se deben observar o evitar a cerca de la Santísima Eucaristía, dice: “No se acerquen a recibir la sagrada Eucaristía «los niños que aún no han llegado al uso de razón o los que» el párroco «no juzgue suficientemente dispuestos»”.

Por tanto, la condición para que un niño pueda recibir la primera Comunión consiste en tener la capacidad de saber o conocer a Quién se recibe en el sacramento de la Eucaristía. Y aunque la Instrucción confía al párroco el juicio para determinar cuándo un niño puede recibir la primera Comunión, sin embargo, en muchos países la edad para recibir este sacramento esta determinada por la Conferencia Episcopal.

Esta condición sobre la recepción de la primera Comunión es importante porque, como ya lo hemos expuesto, los frutos de la Sagrada Eucaristía se obtienen en la medida en que se reciba con menos o más conciencia, piedad y devoción.

Por último, es importante señalar que, si la Iglesia estipula una edad oportuna para recibir la Santa Eucaristía, no es para alejar a los niños de este sacramento; por el contrario, la Iglesia exhorta a los padres de familia a procurar que sus hijos, una vez llegados al uso de razón, reciban este Santo Sacramento: “Los padres en primer lugar, y quienes hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran CUANTO ANTES, previa confesión sacramental, con este alimento divino” (CIC 914).

“Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis, porque de éstos es el Reino de Dios (Mc 10, 14).

29 noviembre, 2018
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 21,20-28

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación

Continuamos hoy la meditación del discurso apocalíptico que nos presenta el evangelista San Lucas. Recordemos que en los dos anteriores episodios hemos recibido la invitación a no dejarnos engañar y a no tener miedo, a saber leer los acontecimientos de la historia y a perseverar en la fe dando testimonio del Señor.

Dos señales son presentadas en el pasaje de hoy. En primer lugar, la destrucción de Jerusalén. Para los judíos, Jerusalén era la Ciudad Eterna. Hacia el año 70, Jerusalén fue cercada y destruida por los ejércitos romanos; este acontecimiento representó para los judíos y cristianos una profunda convulsión en la fe. En segundo lugar, la mención de las señales en el cielo y en la tierra evoca la llegada del cielo nuevo y la tierra nueva, imágenes que se encuentran en la profecía de Daniel (Dan 7,-14) en donde la llegada gloriosa del Hijo del Hombre con quien se construye una nueva historia.

Así se ve que el dolor que desde ahora se soporta, la lucha que los creyentes hacen por la vida y los valores del Reino, la perseverancia en la fe en medio de las persecuciones e incomprensiones, son semillas de la espera de la plenitud del Reino que llegará.

Leyendo este pasaje indica el Papa Francisco que “pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará, hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno habrá realizado o habrá dejado de realizar durante su vida terrena, percibimos que nos encontramos ante un misterio que nos supera, que no conseguimos ni siquiera imaginar. Un misterio que casi instintivamente suscita en nosotros una sensación de miedo, y quizás también de trepidación. Pero si reflexionamos bien sobre esta realidad, esta sólo puede agrandar el corazón de un cristiano y ser un gran motivo de consuelo y confianza”.

Entonces, como cristianos vamos comprometidos con la construcción de una mejor historia teniendo la mirada en la plenitud que solo el Señor Resucitado puede darnos; no nos desalentamos al vernos en medio de realidades que se alzan contra la fe y la humanidad. El llamado del Señor a alzar la cabeza nos mueve a ser decididos en el compromiso con el Evangelio. “No tengan miedo”, nos dice el Señor.

29 noviembre, 2018
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