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25 octubre, 2018

Como cada jueves, tras la celebración de la Santa Misa, expondremos al Señor en la Custodia para la adoración.

A las intenciones particulares de esos momentos de oración añadimos una comunitaria: Las vocaciones. Solos conscientes de la invitación de Jesús a que pidamos Obreros para su mies y le pedimos que suscite vocaciones sacerdotales y religiosas entre las familias de la parroquia. También -como cada jueves al publicar esta entrada- continuamos con nuestra catequesis sobre la Eucaristía.

El ministro de la celebración.

¿Quién celebra la Eucaristía? ¿Los fieles laicos celebran la Eucaristía?

El código de derecho canónico de la Iglesia afirma que “sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando en la persona de Cristo” (CIC No. 900).

Sin embargo, la Constitución Dogmática sobre la Sagrada Liturgia afirma que es toda la comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza, quien celebra: “Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es ‘sacramento de unidad’, esto es, pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos (Sacrosanctum Concilium No. 26).

Entonces ¿los fieles laicos celebran la Eucaristía? Sí, todo el pueblo de Dios celebra la Eucaristía. Esto es posible porque todos los fieles laicos, desde el momento de su bautismo, participan del único sacerdocio de Cristo que los capacita para ofrecer sacrificios espirituales (cf. Lumen Gentium No. 10).

Sin embargo, cada uno participa y celebra la Eucaristía de modo diverso, pues, la diferencia entre el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial de los que han recibido el sacramento del Orden no es solo gradual sino esencial. El papel del sacerdocio ministerial en la celebración de la santa Misa es esencial: sólo el sacerdote válidamente ordenado puede consagrar la Santísima Eucaristía, pronunciando en la misma persona de Cristo las palabras de la consagración (cf CIC No. 900). El obispo san Ignacio de Antioquia (año 105 d.C.) decía a los fieles de su diócesis: “consideren como eucaristía válida la que tiene lugar bajo el obispo o bajo uno a quien él la haya encomendado”.

Por tanto, aun cuando en la celebración de la santa Misa todos participan y celebran, sin embargo, “…todos, ministros ordenados y fieles laicos, cumpliendo cada uno con su oficio, hagan todo y sólo aquello que pertenece a cada uno” (Institución General del Misal Romano No. 91), sin que haya confusión entre el sacerdocio ministerial, el sacerdocio común de los fieles y el ministerio del diácono y de los otros posibles ministros (ministros extraordinarios de la comunión, lectores, salmista, monaguillos…).

“¡Oh, amor tierno y generoso de un Dios para con tan viles criaturas como nosotros, que tan indignos somos de su predilección!, ¡cuanto respeto deberíamos tener a ese grande Sacramento, en el que un Dios hecho hombre se muestra presente cada día en nuestros altares!” (SANTO CURA DE ARS, Sermón sobre el Jueves Santo).

25 octubre, 2018
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 12,49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
En el evangelio de hoy encontramos algunas frases de Jesús que nos sorprenden y pueden llevar a la confusión. ¿Qué pretendió san Lucas al recoger estas sentencias? ¿Se contradicen estas expresiones con aquellas que nos muestran como fruto de la fe en el Señor los dones de la unidad, la paz y la reconciliación?

“He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya hubiera prendido!”
En muchos pasajes de la Escritura, viene presentada la imagen del fuego como signo de purificación, iluminación, protección y transformación; Juan el Bautista anuncia que el Mesías bautizará con agua y fuego, refiriéndose al Espíritu Santo que descendió en Pentecostés bajo la imagen de lenguas de Fuego (Hch 2, 2-4). En la obra de San Lucas, la presentación de la acción del Espíritu Santo en la vida de los creyentes es un tema fundamental, al punto de llamar el Libro de los Hechos de los Apóstoles, el evangelio del Espíritu Santo. El Señor Resucitado, envía su Espíritu Santo que enciende el celo misionero de la Iglesia, un fuego que inquieta porque transforma al hombre desde su interior, recreándolo a la imagen de Jesús; es el fuego que ilumina el camino de la comunidad con la certeza de la presencia constante de su Señor. Es el fuego que saca al creyente de la pasividad, el conformismo, la dureza de corazón y la rutina de la fe sin obras. Es el fuego del Espíritu que inquieta el corazón del creyente y la comunidad lanzándolos a la fe que produce toda clase de buenas obras, convirtiéndose en verdaderos testigos, impregnando todos los ambientes de la gracia de Dios.

A continuación, el evangelio presenta la pregunta que puede confundir: “¿Creéis que estoy aquí para poner paz en la tierra? No, os lo aseguro, sino división…”. Y entonces, ¿dónde queda la continua referencia al Señor que nos trae la paz?: “mi paz les dejo, mi paz les doy”, “Él es nuestra paz”, “el Señor nos dará su paz”, “no te condeno, levántate y vete en paz”, etc. Es un imperativo el creer que Jesús no quiere ni la división, ni la enemistad. Continuamente en el evangelio, Él habla de la necesidad del perdón, la reconciliación, el servicio y la fraternidad. San Lucas nos muestra cómo el anuncio de la Buena noticia de Jesús de Nazaret se hizo motivo de escándalo, persecución y división entre los judíos. Era inaceptable que uno de la familia o la comunidad se convirtiera al Nuevo Camino, haciéndose discípulo del Nazareno; era traicionar la fe judía, la tradición de los padres e irse tras Aquel que se hacía “señal de contradicción” (Lc 2,34) .

Ésta ha sido la experiencia de muchos que en la historia han abrazado con radicalidad la fe. Recuerdo que cuando inicié el Seminario conocí la historia de un compañero que cuando le comunicó a su familia el deseo de ser sacerdote, todos le atacaron y no recibió el apoyo de ninguno de ellos; sin embargo, esa llama vocacional no se extinguía y lo animaba a seguir adelante. Sus padres que no eran católicos consideraban que su hijo había caído en el error, pero él avanzó hasta su ordenación sacerdotal.

Por lo tanto, comprendamos, al meditar este pasaje del evangelio, que la experiencia de una fe auténtica nos lleva a dejarnos mover por el fuego del Espíritu que enciende nuestro ser, convirtiéndonos en testigos de su paz y de su caridad aun en medio de persecuciones y contrariedades.

25 octubre, 2018
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