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13 septiembre, 2018

Siempre se ha dicho que Betania era el pequeño paraíso de Jesús. Allí, junto a sus tres amigos hermanos, Nuestro Señor encontraba descanso y acogida, y allí realizó uno de sus milagros más llamativos y emotivos. Era el lugar donde le gustaba descansar porque allí o recibían como un amigo.

Cuántas veces nos hemos planteado lo que nosotros hubiéramos hecho si nos hubiera tocado vivir en tiempo de Jesús; tenemos la seguridad que hubiésemos acudido a todos los lugares donde El descansaba. Pero no hemos caído en la cuenta que esto no es cosa del pasado sino del presente. Esto se repite hoy.

Todos necesitamos una Betania, un lugar para aparcar la vorágine de cada día y descansar. El señor nos ha dicho: “Venid a mi si estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. Estamos seguros de que el mejor descanso es en el Señor.

Cada mes, un grupo de sacerdotes de distintos lugares de la diócesis, procuramos reunimos para ello. Rezar, compartir, comer aparcando las preocupaciones y disertar sobre nuestros proyectos e ilusiones se convierte en una Betania para nosotros.

En cada ocasión nos encontramos en una parroquia distinta, viendo las “realidades” en las que a cada uno le ha tocado desarrollar su ministerio. En esta ocasión le ha tocado a nuestra parroquia. Un rato de oración, una comida, una tertulia y volver con las pilas cargadas al trabajo. Hoy más que nunca sentimos la universalidad De la Iglesia pues el grupo lo formaban sacerdotes originarios de Venezuela, Colombia, Polonia, Nicaragua y España.

El decreto Presbiterorum Ordinis del Vaticano II que trata sobre el ministerio y la vida de los presbíteros en la misión de la iglesia recomienda que, si bien los sacerdotes diocesanos no estamos llamados a vivir de ordinario en comunidad si es posible tener una cierta comunidad de vida, de unión y cooperación fraterna.

Los retiros mensuales, las jornadas sacerdotales, encuentros de formación permanente, las convivencias. etc… son instrumentos para vivir esta comunidad y fraternidad sacerdotal.

13 septiembre, 2018
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Lucas 6,39-42

Les añadió una parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Será como el maestro cuando esté perfectamente instruido. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?¿Cómo puedes decir a tu hermano: ‘Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación
El evangelista san Lucas continúa presentando el “Sermón de la planicie”, en el que recoge una serie de sentencias del Señor necesarias para la vida de comunidad. Hoy mediante la parábola del ciego que guía a otro ciego nos pone frente a la necesidad de superar la actitud equivocada de vivir juzgando, señalando o acusando a los demás.

Frente a la posición incorrecta el Papa Francisco enseña que “quien juzga se equivoca, simplemente porque toma un lugar que no es suyo. Pero no solo se equivoca, también se confunde. Está tan obsesionado con lo que quiere juzgar, de esa persona -¡tan tan obsesionado!- que esa idea no le deja dormir… Y no se da cuenta de la viga que él tiene. Es un fantasioso. Y quien juzga se convierte en un derrotado, termina mal, porque la misma medida será usada para juzgarle a él. El juez que se equivoca de sitio porque toma el lugar de Dios termina en una derrota. ¿Y cuál es la derrota? La de ser juzgado con la medida con la que él juzga”.

Ahora bien, ¿a que nos exhorta el Señor? Ayer leíamos que debemos ser compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo, que demos una medida generosa de perdón, de misericordia, que evitemos los juicios y los señalamientos, que nos liberemos de la esclavitud de vivir viendo los errores de los demás. Nos invita a quitar de entre nosotros toda hipocresía; sí, esa hipocresía que nos hace ver la brizna en el ojo ajeno y no vemos la viga del propio. El Señor nos invita a luchar con perseverancia para ser personas de caridad, capaces de vivir la libertad de ver a los demás con una mirada limpia.

En cierta ocasión, se acercó una persona a la confesión diciendo que le costaba demasiado silenciar los labios y la mente; perdía tiempo y paz, “empeliculándose” con lo que creía que pasaba con sus vecinos, en su familia y en su trabajo; vivía cansada, en una nociva vigilancia de los otros; no se daba cuenta el daño que se hacía y cuando soltaba la lengua no sabía el veneno que dejaba verter de su corazón. Con humildad reconocía que ese defecto la apartaba de Dios, le dañaba la comunión y la hacía vivir sin libertad. Ya era hora de dejar que el Señor le curara para tener una mirada limpia, una mirada de compasión.

Recibamos la instrucción del Maestro para acoger lo que Pablo aconseja a la comunidad: “Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz… Toda aspereza, ira, cólera, gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad, desaparezca de entre vosotros. Sed más bien buenos entre vosotros, entrañables, perdonándoos mutuamente como os perdonó Dios en Cristo” (Efesios 4, 1-3.31-32).

 

13 septiembre, 2018
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