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23 julio, 2018

Juan 15, 1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

– Yo soy la verdadera vida, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego lo recogen y los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid los que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.

Meditación: Permanecer unidos a Él, podar y dar fruto

En el ambiente fraterno del último encuentro de Jesús con sus discípulos, antes del acontecimiento del Calvario, Él presenta una enseñanza fundamental con la alegoría de la Vid Verdadera.

En el Antiguo Testamento, la imagen de la vid indicaba el pueblo de Israel (Cfr. Is 5,1-2), plantada con cariño por el Señor; pero en vez de dar racimos de uva buena dio un fruto amargo que no servía para nada (Cfr. Is 5,3-4). Ahora Jesús se presenta como la nueva vida, la vid verdadera: “Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto».

Con esta alegoría el Señor nos enseña que para ser discípulos es necesario permanecer unidos a Él, permanecer en su Palabra, permanecer en su amor. La actitud de permanecer en el Señor brota de la conversión del corazón, del querer estar unidos a Aquel de quien recibimos la vida; permanecemos unidos a El para ser nutridos por la savia de la gracia, del amor incondicional que nos hace personas nuevas.

En la fe profesada, celebrada y vivida descubrimos que separados de El nada podemos, lejos de Él la esterilidad espiritual gobierna la vida. Al permanecer unidos a Jesús experimentamos que la fe se desarrolla y va conduciendo a una experiencia más profunda de la vida.

También Jesús habla de una acción que hay que realizar: “lo poda para que dé más fruto”. La poda es dura pero es necesaria; ella purifica para que pueda haber crecimiento y se produzca buen fruto. En el camino de la vida cristiana el Espíritu Santo va realizando la obra de ir conformando al discípulo con el Maestro. San Pablo dice: “despojaos, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y revestíos del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4).

Entonces, el permanecer en el amor y dejarnos podar por Él, hace que nuestra en nuestra vida se produzcan frutos que den gloria a Dios, hagan el bien a los hermanos y ayuden al crecimiento personal. Porque sin Él nada podemos hacer.

P. John Jaime Ramírez Feria

 

23 julio, 2018
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Nuestro párroco D. José Carlos Alonso Seoane ha participado esta mañana en el programa de la Cadena COPE para abordar el tema de la
Eutanasia cuya aprobación será debatida en el presente curso político.

Emilio Garcia-Sanchez, profesor de Bioetica afirma que llorar, tener lástima, compadecerse de un enfermo que sufre constituyen acciones humanas que brotan de un corazón sensible, y es muy humano sentirse así por alguien.

Sin embargo, una excesiva sentimentalización de la compasión –hipertrofia – puede desembocar en un resultado antagónico: la impiedad.

La compasión con el enfermo ha de llevar a que el tratamiento del dolor sea una prioridad profesional y ética de cualquier sanitario que quiera ser compasivo”.

Solo en cinco países y algunos estados de EEUU Es legal la eutanasia. Es absurdo la muerte por compasión cuando el dolor se puede aliviar. Nadie debe morir a manos de otro por la lástima de un tratamiento no paliado»

Eliminar el dolor a través de la muerte, cuando ya es posible controlarlo y aliviarlo, equivale a amputar un brazo para curar un dedo.

 

23 julio, 2018
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