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18 julio, 2018

Mateo 11,25-27

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Meditación

A Jesús le son formuladas preguntas sobre la llegada del Reino de los cielos; Juan Bautista, le dirige una pregunta concreta: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”, las ciudades donde él está ejerciendo su ministerio público se cierran a sus palabras y a los signos obrados en su presencia, es decir, no se convierten a la novedad del Reino.

Entonces Jesús en la oración que dirige al Padre comunica el camino eficaz por el que se reconoce, se acepta y se hace vida el Reino: «el camino de la pequeñez”. En esta oración de júbilo Jesús comienza bendiciendo: “ Te doy gracias Padre”; y ¿por qué da gracias? Por la revelación de Dios que viene acogida por los humildes y sencillos de corazón. Así retomamos las palabras: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos (Hebreos 1, 1-3). Jesús muestra el rostro de Dios que es amor; sus palabras y acciones atestiguan la cercanía de Dios que viene al encuentro del hombre.

Por lo tanto, para acoger la novedad del Evangelio se hace necesario hacernos pequeños; una actitud que choca con la lógica del mundo, que pone el acento en el ser los más grandes, los de más fama y poder; un mundo en donde la debilidad y la pequeñez no tienen cabida, una sociedad en la que la vulnerabilidad de la vida debe ser escondida. Así, podemos preguntarnos, ¿Cuáles son las categorías usadas para medir la felicidad?

Nuevamente Jesús nos enseña que la verdadera vida tiene otra clave; sí, aquella comprendida por María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la pequeñez de su sierva”. María la pequeña elegida por Dios, a quien se le reveló el designio de salvación y con humildad acoge en su seno al Hijo del Padre Eterno; «pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes (1Pedro 5,5).

Enseña el Papa Francisco que “la vida cristiana es, pues, una escuela de humildad que se abre a la gracia, en la que se aprende a ver a nuestros hermanos a la luz del amor y de la misericordia del Padre. La Soberbia y orgullo no permiten a las personas reconocer que necesitan de la salvación. Todo lo contrario, impiden reconocer el rostro misericordioso de Dios y actuar con misericordia. La soberbia y el orgullo son un muro que impide la relación con Dios”.

Así mismo, acojamos el camino propuesto por Jesús; aquel camino vivido por María y por tantos santos haciéndose pequeños se encontraron con la grandeza de Dios. Pidamos a Dios nos ayude a tener un corazón vigilante que no se deje corromper con la soberbia, el orgullo y la suficiencia.

P. John Jaime Ramírez Feria

 

18 julio, 2018
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