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7 abril, 2018

Llevar la comunión eucarística a los enfermos es una de las acciones más importantes dentro de la Pastoral de la Salud en nuestra parroquia.

El precepto Pascual invita – y obliga- a todos los fieles cristianos comulgar al menos una vez al año por este tiempo litúrgico. Para las personas que gozan de salud les es fácil el cumplimiento del precepto pues pueden acercarse a la parroquia, confesar y comulgar cualquier día. Pero también debemos facilitar a los mayores y enfermos a nuestro cargo la posibilidad de recibir los sacramentos.

Participar de la Eucaristía y comulgar es para el enfermo realizar una unión misteriosa con Cristo, con su vida, padecimientos, muerte y resurrección. La Eucaristía es “prenda” de vida eterna. Dijo Jesús: “El que come de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 58). La comunión que se recibe en los domicilios y en los hospitales, además de esta unión con Cristo, es signo de estar vinculados con la comunidad, con la Iglesia. Los enfermos están espiritualmente presentes en las celebraciones

El Señor nos recuerda en la Sagrada Escritura que si entre nosotros hay algún enfermo debemos avisar a los sacerdotes para que les lleven el alivio espiritual como hizo El.

Jesús es el modelo de acercarse a los enfermos. Él los acogía, los curaba, los atendía personalmente. Nos invita diciendo: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 36). Ésta es una de las obras de misericordia en la que la Iglesia pone mayor empeño. Muchos laicos, nombrados por el obispo, ejercen este ministerio de manera ejemplar. Son normalmente también visitadores de los enfermos. Es un apostolado muy importante y delicado. Por eso la Iglesia los forma con esmero y los acompaña siempre en los grupos de reflexión, oración y formación. Ellos mismos reconocen que es un carisma que Dios les ha regalado y que la comunidad cristiana les reconoce porque son sus representantes.

En nuestra parroquia tenemos agentes de la Pastoral de la salud dispuestos a visitar a los que están solos, acercar el Viatico a los enfermos y acompañar al sacerdote para administrar el sacramento de la Penitencia.

Es importante que las familias pidan este servicio a la parroquia. Lo mismo que es importante que el sacerdote se acerque para que los enfermos reciban, con gozo, el sacramento de la Confesión. La visita del Señor Sacramentado al domicilio de los enfermos es considerada una bendición y un privilegio. Se alegran los miembros de la familia cuando escuchan el saludo: “Paz a esta casa y a todos los que en ella habitan”. Comulgar durante la ancianidad, quizás imposibilitados en casa, o durante la enfermedad, es escuchar a Cristo que dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Él sufrió en su propia carne la agonía y gritó al Padre: “Pase de mí este cáliz”, pero concluyó con una prueba de obediencia y fidelidad: “no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39).

Llevar la comunión a los enfermos es entrar en conversación con ellos por medio de Cristo. La comunidad les dice: os tenemos presentes en nuestras oraciones y afecto porque sois parte de nosotros y los enfermos nos evangelizan ofreciendo sus sufrimientos por el apostolado de la Iglesia. Así se sienten útiles y se convierten en la palanca más eficaz de apostolado, gracias a que Dios, por sus sufrimientos ofrecidos, bendice la predicación, la catequesis y las acciones pastorales.

Por todo ello no dudéis en dirigiros a la parroquia para que el sacerdote y los ministros de la comunión puedan visitar a los enfermos y acompañarles y junto con todas las atenciones materiales y médicas ofrecerles la no menos necesaria atención espiritual.

 

7 abril, 2018
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