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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 35-41
Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
El evangelista quiere comunicarle esperanza y fortaleza a la comunidad de creyentes que están pasando persecución y se sienten en medio de una tempestad que los amenaza. Allí se levanta el miedo y la inseguridad poniendo en riesgo la firmeza de la fe. En medio de estas realidades viene la proclamación de la presencia de Jesús vencedor que conduce a puerto seguro.

Jesús está en la barca y los discípulos con Él, el viento fuerte y el mar agitado golpean la barca y ellos saben que están en una situación peligrosa. Jesús descansa y ellos entran en pánico y desesperación: “Señor, ¡sálvanos! Que estamos pereciendo”. También hoy experimentamos como la barca de la Iglesia, la familia y nuestra propia vida se encuentran en medio de tormentas, de agitaciones y convulsiones sociales que hacen surgir desesperaciones, angustias y temores, al punto de sentir la ausencia o el silencio del Señor. Y en medio de esto viene el grito existencial: ¡Señor, Sálvanos! Salva mi familia que se hunde, se divide y pierde su rumbo; Señor, aplaca estos vientos violentos que atentan contra la vida y los principios vitales que sostienen la existencia; Señor, sálvame de las convulsiones internas que no me dejan ver con claridad el camino. Como dice el Salmista: “En mi angustia clamo a ti Señor, Señor oye mi voz” (salmo 86).

Entonces aparece la actitud serena y confiada de Jesús que contrasta con la de los discípulos: “¿Por qué tenéis miedo? ¡Hombres de poca fe!”. Y con su Palabra increpa el viento y el mar, y todo queda en calma. Es por esto que los discípulos tienen que ir creciendo en la comprensión de quién es Jesús. ¿Quién es Jesús para ti? ¿Creces en la convicción de la presencia de Dios en tu vida? ¿Cómo reaccionas ante las tormentas que se levantan?

“Parece que el Señor duerme cuando más lo necesitamos. Buscamos hacer el bien que podemos cada día, dar testimonio de nuestra fe, realizar alguna actividad de apostolado o servicio a los necesitados. Pero muchas veces nos encontramos en el camino sólo con vientos contrarios. Y en más de alguna ocasión la tormenta se ha levantado en torno a nuestra barca… Pero Él está ahí. Aunque todo esté oscuro, Cristo nunca abandona. Aunque todo se agite y parezca que no hay ningún punto seguro, Él permanece para siempre. Incluso en la tormenta. Él no ha dejado al paralítico por el suelo. Él no abandonó a los leprosos fuera de la ciudad. Él mismo no permitirá que nos ahoguemos en este mar. Cristo es nuestro apoyo y nuestra seguridad”, comenta el Papa Francisco.

Así, confirmamos que es normal tener miedo en la tormenta, pero que es más fuerte nuestra fe. Por esto Él nos pide confiar y luchar en las dificultades, manteniendo viva la esperanza. Donde reina la duda, el temor y la angustia no se le da espacio al Señor que tiene el poder y nos dice: “No temas porque yo contigo estoy”.

1 febrero, 2020
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Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 4,21-25

Les decía también: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto. Quien tenga oídos para oír, que oiga.» Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
Ser lámparas que iluminen con la luz que recibimos del Señor, es la invitación. El Señor es la luz que guía nuestros pasos y confía que el testimonio de nuestras vidas haga resplandecer la vida de Dios en nosotros, como decía santa Catalina de Siena: “si eres lo que debes ser, prenderás fuego al mundo entero”. Irradiar la luz de Cristo con la coherencia de nuestra vida, caminar firmes y poner en todo la medida de la caridad.

Dice el Papa Francisco: “Creer en Cristo por tanto, es aceptar en nosotros su luz y a la vez comunicar con nuestras palabras y nuestras obras esa misma luz a toda la humanidad que anda a oscuras. Por eso cabría preguntarnos si somos nosotros luz que ilumina a los demás con nuestro testimonio en saber escuchar a los demás, en perdonarles cuando nos han ofendido, en prestarles nuestra ayuda cuando lo necesiten, o por el contrario somos malos conductores de la luz de Cristo”.

Recordemos que ayer recibíamos la invitación a ser tierra dispuesta para que la semilla de la Palabra de Dios germine, crezca y dé fruto abundante. Cuando acogemos la Palabra de Dios y la enlazamos la vida se ilumina nuestra existencia; adquirimos discernimiento, sabiduría y fortaleza, comprendemos los criterios de Jesús y nos adherimos al proyecto del Reino. Se cumple, entonces, lo que dice el salmo 118: “lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”.

La experiencia de fe no es algo intimista o reducido a lo privado; la vida cristiana no se puede esconder porque debemos transparentar la gracia que hemos recibido. La conciencia de lo que Dios ha hecho en nuestra vida merece ser apreciada por los demás; sería contradictorio profesar con nuestros labios que creemos en el Señor y que nuestro comportamiento no sea el de un auténtico hijo de Dios; que brille la luz del testimonio de nuestra fe. No nos avergoncemos de confesar lo que somos y a quien servimos: “la luz no se debe esconder”.

Hoy podemos pedirle al Señor que nos dé sabiduría y valor para optar con plena libertad y voluntad por el camino que él nos propone; pidámosle que nos ayude a apartarnos de la soberbia, del orgullo, del egoísmo, de la indiferencia y de la falta de caridad. Así podremos perseverar en el camino de la luz y la verdad.

30 enero, 2020
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Lectura del santo Evangelio según San Marcos 4,1-20

Y otra vez se puso a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción:

«Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino; vinieron las aves y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó en seguida por no tener hondura de tierra; pero cuando salió el sol se agostó y, por no tener raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; crecieron los abrojos y la ahogaron, y no dio fruto. Otras partes cayeron en tierra buena y, creciendo y desarrollándose, dieron fruto; unas produjeron treinta, otras sesenta, otras ciento.» Y decía: «Quien tenga oídos para oír, que oiga.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
Sentado en una barca, Jesús enseña a la multitud que le gusta oírlo; él habla con autoridad desde la vida y para la vida. No enseña verdades abstractas, no hace de la espiritualidad una teoría; las realidades espirituales y el Reino de Dios lo presenta desde la cotidianidad de la gente acercando el plan de Salvación a todos e invitando a una respuesta generosa. Su enseñanza es clara, profunda y exigente.

La parábola de la semilla retrata la vida de los campesinos y viene presentada para que cada uno de los oyentes trate de entender, desde la experiencia, el querer de Dios; el oyente debe ponerse en camino, inquietándose desde dentro y saliendo en búsqueda del sentido. Por esto, la Palabra de Jesús es dinámica e invita a la participación; abre el oído, cuestiona e invita a pensar en y desde la vida.

“Como Jesús mismo explica a sus discípulos, comenta el Papa Francisco, este sembrador representa al Padre, que esparce abundantemente la semilla de su Palabra. La semilla, sin embargo, se encuentra a menudo con la aridez de nuestro corazón, e incluso cuando es acogida corre el riesgo de permanecer estéril. Con el don de fortaleza, en cambio, el Espíritu Santo libera el terreno de nuestro corazón, lo libera de la tibieza, de las incertidumbres y de todos los temores que pueden frenarlo, de modo que la Palabra del Señor se ponga en práctica, de manera auténtica y gozosa. Es una gran ayuda este don de fortaleza, nos da fuerza y nos libera también de muchos impedimentos”.

El Evangelio de hoy interpela la autenticidad de nuestro ser como discípulos de Cristo. Podríamos parecer muy “religiosos” y hasta decir que creemos, pero no estar dispuestos para acoger la semilla de su Palabra y cooperar en su crecimiento. La inconstancia, la confusión en las prioridades, las búsquedas de nuestros “quereres” por encima de la voluntad de Dios, la incoherencia, la indiferencia y el acostumbrarnos a la Palabra, hacen parte de esas realidades que impiden conformar nuestro ser con el ser de Cristo y caminar en él. ¿Busco la voluntad de Dios en mi vida personal, en mi familia, en mi trabajo, en los asuntos que se me confían? Seamos tierra dispuesta en la que la Semilla de la Palabra de Dios crezca y produzca frutos abundantes.

29 enero, 2020
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Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 2, 23-28
Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos le dijeron: «Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?» Él les respondió: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros». Y añadió: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
San Juan Pablo II decía: “El error y el mal deben ser condenados y combatidos constantemente; pero el hombre que cae o se equivoca debe ser comprendido y amado. Nosotros debemos amar nuestro tiempo y ayudar al hombre de nuestro tiempo. Y la Iglesia debe buscarlo, acogerlo y acompañarlo, porque una Iglesia con las puertas cerradas se traiciona a sí misma y a su misión, y en vez de ser puente se convierte en barrera”.

Apliquemos este pensamiento al leer la crítica y condena que los fariseos hacían a los discípulos porque arrancaban en sábado espigas para comer. Con una rigurosa observancia de la ley del sábado los judíos solo hacían lo estrictamente permitido; por esto, Jesús cierra la lectura rígida de la ley con dos frases importantes: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado” y “¡El Hijo del Hombre es señor del sábado!”.

Con esto afirma Jesús que la fe auténtica está basada en la ley suprema del amor: “amarás al Señor con todo tu corazón y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No es el cumplimiento de la ley por la ley; Jesús relativiza la ley del sábado a favor de la vida y para el bien de la vida humana.

Jesús durante su vida participó de la vida de su pueblo, percibió como en nombre de la Ley de Dios se excluían y se condenaban a tantos hermanos; esa manera de concebir la ley formaba en la conciencia de muchos una imagen deformada de Dios; un Dios opresor, juez y severo que se complace en el rigor de la Ley. Y entonces ¿Dios Padre que se compadece del pobre y del desvalido? ¿Dios que tanto busca a sus hijos con amor entrañable? Por esto Jesús no se acomodó al sistema religioso de su tiempo que pedía una relación con Dios estática y cumplidora del deber; Jesús pregona que se debe cultivar una nueva relación con Dios, una relación personal que transforma la vida desde dentro; una relación que toca realmente la existencia y compromete a vivir como hermanos.

Jesús no vino a abolir la ley; no es el anarquista religioso inconforme. El respeta la Ley, va el sábado a la Sinagoga, celebra las fechas religiosas y tiene conocimiento de la tradición y la ley de sus padres; pero sabe leer una transgresión más delicada de la Ley de Dios; y es precisamente separarla de la vida de las personas y la comunidad.

Por tanto, enseña el Papa Francisco que “la Iglesia está llamada a vivir su misión en la caridad que no señala con el dedo para juzgar a los demás, sino que –fiel a su naturaleza como madre – se siente en el deber de buscar y curar acogiendo con misericordia; de ser “hospital de campo”, con las puertas abiertas para acoger a quien llama pidiendo ayuda y apoyo; aún más, de salir del propio recinto hacia los demás con amor verdadero, para caminar con la humanidad herida, para incluirla y conducirla a la fuente de salvación”.

21 enero, 2020
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Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 2,18-22
En aquel tiempo, los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno. Vinieron unos y le preguntaron a Jesús: «Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?»

Jesús les contestó: «¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar. Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán. Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación

La gente se encontraba con dos maneras de ver la vida espiritual; por una parte, la preocupación de los fariseos por el cumplimiento estricto de las leyes y reglamentos, y por la otra, Jesús que pone en el centro la experiencia viva del amor que lleva a descubrir el Espíritu que libera de la esclavitud de la ley por la ley. De ahí, la controversia por la práctica estricta del ayuno.

Jesús, según el evangelio, enseña que el hombre no se salva por el cumplimiento de las leyes y preceptos, sino por el amor misericordioso de Dios que, como dice el profeta Isaías, ha querido desposar a su pueblo. Por esto la vida interior no se reduce a un conjunto de prácticas espirituales como para “tener contento” a Dios y alcanzar el favor.

El Señor en persona ha venido a buscarnos; ha venido a revelarnos la vida nueva en el Espíritu que nos conduce a dar una respuesta generosa a Dios, buscando su voluntad. ¿Qué marca la diferencia entre estas maneras de concebir la vida espiritual? Lo nuevo está en la iniciativa del Señor. Él es el novio que está con sus amigos; en el Antiguo Testamento se anunciaba que Dios desposaría a su pueblo y haría una nueva y eterna alianza. Como dice el Señor en el libro del Apocalipsis: “mira que he venido a hacer nuevas todas las cosas”.

Desde esta perspectiva es que vivimos las diversas prácticas espirituales. Entonces, ¿ayunamos? ¿tenemos una disciplina en la vida de oración? ¿Vamos a Misa todos los domingos? ¿Nos confesamos? ¿Hacemos obras de caridad? Sí, por supuesto, pero haciéndolo como odres nuevos que contienen el vino nuevo; el vino de la gracia que nos da el Señor, el vino de la fe que se nos da como don y compromiso constante. Tener un camino espiritual que supera la visión utilitarista y reducida de la religión porque Jesús trae la novedad del Evangelio que nos compromete a asumir los valores del Reino.

No es ayunar por ayunar porque no es el camino; de hecho Dios reprocha esto: “No ayunéis como hoy, para hacer oír en las alturas vuestra voz. ¿No será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y arrancar todo yugo? ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria de Yahveh te seguirá. Entonces clamarás, y Yahveh te responderá, pedirás socorro, y dirá: «Aquí estoy.» Si apartas de ti todo yugo, no apuntas con el dedo y no hablas maldad, repartes al hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía (Isaías 58, 3-10)”.

Dice el Papa Francisco hablando del ayuno: “¿Mi ayuno ayuda a los demás? Si no, es fingido, es incoherente y te lleva a una doble vida. Finjo que soy cristiano, que soy justo… como los fariseos, como los saduceos. Pero por dentro, no lo soy. Pide humildemente la gracia de la coherencia. La coherencia. Si no puedo hacer una cosa, no la hago. Pero no la hagas de forma incoherente. Haz sólo lo que puedas hacer, pero con coherencia cristiana. Que el Señor nos de la gracia”.

Deseo concluir esta meditación invitando a que todos nos unamos esta semana a la campaña #YoRezoPorTi para orar por la santificación de los sacerdotes de la Arquidiócesis de Ibagué que estaremos viviendo los retiros espirituales en Casablanca del Salado.

20 enero, 2020
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Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1, 29-39

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.

Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: «Todo el mundo te busca». Él les respondió: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido». Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación

El pasaje del evangelio de hoy nos muestra parte de la cotidianidad de Jesús: se hace cercano acogiendo a los enfermos y marginados, permanece unido al Padre en oración y se pone en camino en el cumplimiento de su misión. Tres actitudes que debemos imitar en nuestro itinerario como discípulos del Señor.

Jesús entra en casa de Pedro y cura a la suegra de éste; una vez curada se pone de pie y comienza a servir a los demás. Por otra parte, la escena de la caída de la tarde en la que el Señor acoge y cura a toda clase de enfermos y marginados, muestra como se hace cargo del dolor de la humanidad, se abre a la compasión, acoge a los excluidos y les devuelve la dignidad de sus vidas reintegrándolos a la vida de comunidad.

Esta actitud siempre será un signo de la vivencia del Reino de Dios entre nosotros. Ante el sufrimiento físico, moral, espiritual y afectivo de tantos hermanos no podemos permanecer indiferentes. El evangelio se hace un llamado claro a salir de nuestras comodidades para compadecernos del dolor de los otros. Nos debe cuestionar que en el camino de nuestra vida nos encontremos con seres humanos excluidos y desfavorecidos; nos debe doler el niño por la calle que pide una moneda, el joven que ha caído en el infierno de la droga hundiéndose en su adicción mientras otros llenan sus bolsillos con dinero manchado con la tragedia de las familias; nos debe doler el anciano abandonado y al que se le considera un peso, nos debe doler el trabajador explotado y aquella persona que afanosamente busca el pan para llevar a casa. Y como estos casos, tantos rostros, tantas historias, tantas realidades que vemos; realidades que piden nuestra solidaridad y compasión. Jesús nos enseña a ser verdaderos prójimos capaces de aproximarnos, compadecernos y tender la mano. ¿Ante estas realidades que actitud puedes tomar?

¿De dónde le viene la fuerza al Señor? Jesús en sus arduas jornadas busca el tiempo y el ambiente propicio para entrar en la intimidad de la oración. Se levanta antes que los otros para estar a solas, en silencio con su Padre Dios. La oración lo mantiene firme en la búsqueda de la voluntad de Dios; la oración fecunda su acción y le direcciona. La oración lo restaura y le da descanso, le permite poner en el corazón de Dios el dolor de sus hermanos. Los evangelios insisten en la actitud constante y disciplinada de la oración. Ora para poder vivir plenamente, vive con compromiso su misión porque ora. También nosotros vivimos largas jornadas, tenemos nuestras propias fatigas y cansancios, pero en muchas circunstancias es débil e inconstante nuestra oración. De hecho solemos decir que oramos poco porque tenemos muchas cosas por hacer y por esto nos invade el estrés, la tensión, la ansiedad, el cansancio existencial. Algo fundamental es la vida de oración. Oremos para encontrar dirección y ser restaurados, oremos en toda circunstancia para no ir solos en nuestras luchas, oremos para que nuestros trabajos no queden infecundos. Mantengamos viva la conciencia de nuestra necesidad de cultivar la oración.

Esta actitud fundamental nos ayudará a tener una renovada convicción del llamado que el Señor nos hace a estar dispuestos, como él, a ponernos en camino para servir y cumplir la misión de cada día sin protagonismos ni intereses mezquinos, sino encontrando en la donación sincera de cada día la plenitud de nuestra vida.

15 enero, 2020
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Lectura del santo evangelio según san Juan 3,22-30
En aquel tiempo, fue Jesús con sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos y bautizaba. También Juan estaba bautizando en Enón, cerca de Salín, porque había allí agua abundante; la gente acudía y se bautizaba. A Juan todavía no le habían metido en la cárcel.
Se originó entonces una discusión entre un judío y los discípulos de Juan acerca de la purificación; ellos fueron a Juan y le dijeron: «Oye, rabí, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, de quien tú has dado testimonio, ése está bautizando, y todo el mundo acude a él.»
Contestó Juan: «Nadie puede tomarse algo para sí, si no se lo dan desde el cielo. Vosotros mismos sois testigos de que yo dije: «Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado delante de él.» El que lleva a la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo; pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar.»
Palabra del Señor. Gloria a Ti Señor Jesús

Meditación
Juan Bautista era la voz que preparaba el camino para la llegada del Señor y muchos lo seguían. Fue él quien señaló la presencia del “Cordero de Dios”. Ahora como testigo fiel hace que sus discípulos vean con objetividad a quién deben seguir. Por eso no duda en decir: “Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar”.
La respuesta de Juan Bautista es toda una lección de lo que es la verdadera grandeza del ser humano. Primero, hace ver el origen del bien que hace Jesús; si él expresa continua compasión es porque le fue dado por Dios. Segundo, no se puede tener envidia por el bien que otros hacen porque ser testigos de esto debe procurar verdadera alegría. Y en tercer lugar, confirma su identidad; él no es el Mesías sino su precursor, él es el amigo del novio que sin merecerlo se le ha confiado la misión de presentarlo. No quiere nada para sí! ¡Su misión la está cumpliendo y esto es su verdadera satisfacción.
También en los distintos ambientes en los que vamos buscando nuestra realización podemos aplicar estas actitudes de Juan Bautista. Seamos capaces de reconocer que todo lo bueno, noble, bello y verdadero viene de Dios. Lo confirma san Pablo cuando nos aconseja que “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta… ponedlo por obra y el Dios de la paz estará con vosotros.» (Filipenses 4, 8-9). Dejémonos curar de la ceguera que impide ver el bien que siempre es posible hacer y que se convierte en causa de agradecimiento al Dios inspirador de toda clase de obras buenas.
hacer esto nos cura de la envidia y el menosprecio a los demás. alegrémonos y reconozcamos la bondad de los demás; agradezcamos y alegrémonos porque donde haya alguien capaz de hacer una opción por la bondad y la verdad brotan la esperanza y la fe en el ser humano.
Y por último, nunca anulemos a nadie porque la verdadera grandeza no consiste en pasar por encima de los demás sino en el experimentar la satisfacción del deber cumplido basado en el servicio sincero a los demás. Cuando somos tenemos motivaciones transcendentes nuestro obrar busca que otros crezcan. Porque nadie puede alcanzar una verdadera satisfacción que lo ennoblezca como ser humano haciendo que otro ser humano pierda su dignidad. Es la razón por la que el trabajo de cada día se puede convertir en un verdadero medio de santificación y un instrumento de realización humana.

11 enero, 2020
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Lectura del santo evangelio según san Lucas 5,12-16
Una vez, estando Jesús en un pueblo, se presentó un hombre lleno de lepra; al ver a Jesús cayó rostro a tierra y le suplicó: «Señor, si quieres puedes limpiarme.» Y Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio.» Y en seguida le dejó la lepra.

Jesús le recomendó que no lo dijera a nadie, y añadió: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés para que les conste.» Se hablaba de él cada vez más, y acudía mucha gente a oírle y a que los curara de sus enfermedades. Pero él solía retirarse a despoblado para orar.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación
Un leproso transgrede las normas de la religión para acercarse a Jesús. Por su enfermedad era excluido, condenado a vivir alejado de los demás y nadie podía acercársele; sanar a un leproso era tan difícil como resucitar a un muerto. Sin embargo, Jesús extiende su mano y lo toca, se hace cercano y le pronuncia una palabra de liberación: “Quiero, queda limpio”. Una vez curado el leproso es enviado al sacerdote para que conste su sanación y así pueda retomar la vida con normalidad.

El que era excluido de la vida social, de la vida religiosa, de la familia y de su dignidad humana encuentra en la cercanía del Señor su salvación; viene incluido porque con las palabras y acciones Jesús enseña que no es posible amar a Dios y marginar al prójimo; hacerlo significaría no haber comprendido la fuerza del evangelio.

¡Cuánto podemos aprender de este episodio del evangelio! En primer lugar, a imitar la actitud del leproso. Al escuchar que todos hablaban de los prodigios de Jesús a favor de los excluidos y marginados, deja que la llama de la esperanza se encienda, se acerca aunque existían convenciones que lo prohibían y dirige a Jesús su oración de fe: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. No quiso quedarse con lo que había oído, buscó tener una experiencia personal de su misericordia. También a Él podemos llegar para ser curados de las lepras de nuestro tiempo. Ser curados del pecado que nos excluye del amor de Dios y de la comunión con los otros; ser curados de la soledad, del aislamiento y del individualismo; ser curados de todo aquello que no permite avanzar.

En segundo lugar, aprender de la actitud de Jesús. El no se deja encasillar de lo que limita la compasión; no tiene una mirada de prejuicio ni hace acepción de personas para obrar el bien. Jesús se hace cercano, tiene una mirada capaz de devolver la esperanza. Sabe que el primer milagro consiste en la proximidad porque no se hace el bien tomando distancias, “la caridad no se hace desde la barrera”. La respuesta del Señor obra la confirmación de lo anhelado: “sí quiero, queda limpio”. ¿Quieres contribuir para que las personas que te rodean tengan una vida más signa? Sí, quiero. ¿Quieres seguir edificando la plenitud de tu existencia haciendo el bien? Sí, quiero. ¿Quieres ser instrumento de la compasión y la cercanía de Dios? Si, quiero. Es posible que en nuestros días sigan aconteciendo estos milagros que dejan ver la riqueza del evangelio. Lo importante es no olvidar cuánto Dios espera de nuestro querer para continuar obrando su misericordia que recrea la vida.

10 enero, 2020
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Lectura del santo Evangelio según Lucas 4,14-22ª

Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la región. Iba enseñando en sus sinagogas, alabado por todos. Vino a Nazaret, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, desenrolló el volumen y halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura que acabáis de oír se ha cumplido hoy.» Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca.

Meditación
Jesús vuelve a Galilea y en Nazaret donde se había criado va a la sinagoga a estar con la gente y a participar de la celebración. Con las palabras del profeta Isaías anuncia la Buena Nueva para los pobres, los cautivos, los oprimidos y excluidos. Jesús al decir que esa escritura se cumplía en él presenta su misión como enviado del Padre, como el Mesías esperado.

El programa presentado por Jesús en la sinagoga y realizado con sus hechos y palabras a lo largo de su vida, se hace el programa de todos los que, tomando conciencia de su bautismo, deciden vivir el seguimiento del Señor.

Preguntémonos: ¿cómo acogemos en nuestra vida personal y comunitaria la Buena Noticia del Señor? ¿Reconocemos a Jesús como nuestro Señor y Salvador? ¿Nos dejamos liberar por su amor misericordioso? ¿Permitimos que su Palabra cure nuestras cegueras para ver con claridad el plan de Dios en nuestra existencia? ¿Vivimos nuestros días como un tiempo de gracia en el que el Señor actúa?

Dejemos que el Espíritu Santo, con el que hemos sido ungidos desde el bautismo, nos ayude a actualizar el programa del Señor en nuestras vidas. Pienso, por ejemplo, en la gracia derramada en la Confesión en donde acontece una verdadera liberación; somos rescatados del cautiverio y la opresión, somos rescatados y revestidos de nueva vida, somos levantados al escuchar: “yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Consideremos la gracia que nos da el alimentar con dedicación la vida espiritual reconociendo que también se nos ha confiado una misión.

Y entonces al acoger y hacer vida en nuestra existencia la Palabra del Señor confirmamos que es el Señor, por nosotros y en nosotros, que continúa actualizando este anuncio de Salvación. Ahora eres tú, soy yo, los enviados a anunciar los valores del Reino de Dios. Así la fe se traduce en la búsqueda del bien de los hermanos, en actitudes concretas de caridad, de solidaridad, de reconciliación, de liberación, etc. Esta es la invitación que nos hace San Pablo: “Revestíos, pues, como elegidos de Dios de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Y por encima de todo esto, revestíos del amor, que es el vínculo de la perfección. Y que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría, cantad agradecidos, himnos y cánticos inspirados, y todo cuanto hagáis, de palabra y de boca, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre.» (Col 3, 12-17).

9 enero, 2020
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Lectura del santo Evangelio según Marcos 6,45-52
Inmediatamente obligó a sus discípulos a subir a la barca y a ir por delante hacia Betsaida, mientras él despedía a la gente. Después de despedirse de ellos, se fue al monte a orar.
Al atardecer, estaba la barca en medio del mar y él, solo, en tierra. Viendo que ellos se fatigaban remando, pues el viento les era contrario, a eso de la cuarta vigilia de la noche viene hacia ellos caminando sobre el mar y quería pasarles de largo. Pero ellos, viéndole caminar sobre el mar, creyeron que era un fantasma y se pusieron a gritar, pues todos le habían visto y estaban turbados. Pero él, al instante, les habló, diciéndoles: «¡Ánimo!, que soy yo, no temáis.» Subió entonces junto a ellos a la barca, y amainó el viento, y quedaron en su interior completamente estupefactos, pues no habían entendido lo de los panes, sino que su mente estaba embotada.

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
Luego de la multiplicación de los panes, Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca e ir delante de él; después de orar a solas en el monte va al encuentro de aquellos que se fatigaban remando, pues el viento era contrario; los discípulos en su turbación escuchan la palabra: “¡Ánimo!, que soy yo, no temáis” y el viento se amainó. Detengámonos en estos tres momentos.

En primer lugar, la decisión del Señor que obliga a sus discípulos a subir a la barca e ir adelante pretende evitar una tentación tanto para él como para sus apóstoles que están iniciando el seguimiento; todo porque la multitud al verse saciada concluye que Jesús debe ser el Mesías esperado y pretende hacerle rey. Ellos no pueden contaminarse con una ideología que corrompa la misión encomendada, no pueden dañar la mirada para ir encontrando la novedad de la persona y la enseñanza de Jesús. Él sube al monte a orar y los discípulos entran a la frágil barca en la que experimentarán las contrariedades de la vida y la presencia del Señor.

También hoy como cristianos nos encontramos con tentaciones que nos ofrecen visiones “atractivas y acomodadas” de la fe, casi una fe a la manera de cada quien, sin normas ni preceptos, una fe basada en sentimientos y emociones, una fe que se instala en la “multiplicación de los panes y no en el camino de la cruz”. El Señor nos invita a entrar en la oración como diálogo de intimidad con el Padre Dios para conocer, comprender y abrazar su voluntad. ¡Qué importante es la disciplina espiritual en el camino de la vida! Orar para vivir en Dios, orar para no ser como veletas arrastradas por toda clase de vientos, orar para no perder el norte; orar siempre y en todo momento.

En segundo lugar, la escena de los discípulos que están juntos en la barca, en medio del mar, fatigados remando y con el viento contrario, nos ayuda a comprender una verdad que paso a paso ellos comprendieron y que nosotros vivimos: La barca representa la Iglesia fundada sobre la roca de los Apóstoles; la barca frágil en donde podemos estar juntos, la barca que es golpeada por toda clase de vientos impetuosos, de ideologías, de pecados de sus miembros; sí, la barca herida que pide ser reparada y que clama la presencia del Señor. Vivimos tiempos en los que somos zarandeados, pero hay que avanzar. En medio de las tempestades la mirada del corazón se purifica y permite contemplar a Aquel que viene a nuestro encuentro.

Y por último, Jesús llega caminando sobre las aguas del mar. Y en medio de los miedos, el cansancio y las cegueras que impiden ver la presencia del Señor, resuenan aquellas palabras que debemos conservar y hacer resonar en nuestro interior: “¡Animo, no tengan miedo! ¡Soy yo!”. En medio de la tempestad Jesús viene a nuestro encuentro. En las experiencias de la fe, de la vida familiar, del mundo del trabajo, del contexto social y del mundo interior podemos encontrarnos situaciones en las que las palabras del Señor nos reaniman. Escuchar el “no tengas miedo” nos ayuda a comprender que en el camino de la vida no vamos solos.

Que la meditación del Evangelio nos anime a no desfallecer y a no saltar de la barca; que confirmemos la certeza de la fe que nos lleva a confesar que en medio de las luchas y tribulaciones experimentamos la presencia del Señor que nos dice: ”No tengas miedo, soy yo y estoy aquí contigo”

8 enero, 2020
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