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3 enero, 2020

Lectura del santo Evangelio según san Juan 1,29-34

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: «Trás de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua es para que sea manifestado a Israel.»

Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.» Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús

Meditación

Juan bautista da testimonio de Jesús, anunciando que en él se cumplen las promesas de salvación anunciadas desde antiguo. Jesús es el Cordero de Dios, título que evoca la liberación de la esclavitud; él es quien quita el pecado del mundo, él nos trae la salvación como dice el profeta Jeremías: “Pues me conocerán todos, del más grande al más humilde. Porque yo habré perdonado su culpa y no me acordaré más de su pecado” (Jer 31,34). Él es quien existe desde siempre y para siempre y por amor ha querido morar entre nosotros; él es el Hijo de Dios en quien nosotros somos constituidos hijos de adopción. En él las cosas son nuevas; él ha venido para darnos vida plena y abundante.

Es por esto que el texto que meditamos hoy nos invita a crecer en dos realidades inseparables; en primer lugar, la necesidad de crecer en la confianza en Jesús; en segundo lugar, el compromiso de dar testimonio de Jesús con nuestra vida.

La confianza que nos sostiene como cristianos nos da la certeza de la obra de Dios en todo momento de la vida; por esto alimenta nuestra esperanza, nos hace acoger con agradecimiento y asombro cada día como un don de Dios. La raíz de nuestra confianza es la certeza del amor de Dios manifestado en Jesucristo, nuestro Salvador. Él se hizo hombre en el seno virginal de María, compartió nuestra condición humana, amándonos hasta el extremo ofreció su vida para obtenernos la salvación, venció la muerte con su resurrección para revestirnos de vida, nos ha dejado su Espíritu Consolador que nos anima y nos recuerda su promesa: “no tengan miedo, yo estaré con ustedes todos los días de la vida”.

Así, en medio de las vicisitudes de la vida y de las tormentas que se alzan, como cristianos caminamos confiados. ¡Qué importante es vivir el regalo de la confianza! Cuanto daño hace a la vida en la zozobra y la sospecha. La confianza no se obliga ni se compra; ella se va generando con la apertura al otro; nos abrimos a la confianza cuando nos encontramos con una persona transparente, generosa, que ama la verdad y busca mantener la palabra, que sabe ofrecer una disculpa sincera y busca el bien. Trabajemos por generar confianza en nuestras relaciones. La confianza nos trae paz, nos hace avanzar con paso más firme, nos hace sentirnos acompañados.

Desde la visión cristiana la confianza nos hace comprender que, como dice el Papa Francisco, “cada día esconde un gran misterio de gracia y de que en nuestro mundo no necesitamos otra cosa que no sea una caricia de Cristo. Este convencimiento lleva al cristiano a amar la vida, a no maldecirla nunca, pues todos los momentos, por muy dolorosos, oscuros y opacos que sean, son iluminados con el dulce y poderoso recuerdo de Cristo. Gracias a él estamos convencidos de que nada es inútil, ni vacío, ni fruto de la vana casualidad”.

Entonces, la confianza en Dios nos abre al compromiso de dar testimonio de la fe que nos mueve a vivir conforme al querer del Señor.

P. John Jaime Ramírez F.

3 enero, 2020
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