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5 marzo, 2019

El Seminario, una misión de todos

Queridos diocesanos:

Año tras año, vengo compartiendo con vosotros mi preocupación por la escasez de vocaciones al ministerio sacerdotal. En el Día del Seminario, en torno a la solemnidad de san José, miramos de manera especial a nuestros seminarios, mayor y menor, “casa propia para la formación de los candidatos al sacerdocio”, en la que se cuidan y acompañan aquellos jóvenes que han sentido la llamada del Señor a este ministerio. “La identidad profunda del seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia, de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús”[1]. Esto nos subraya el alcance de esta formación que “con todo lo que conlleva de oración, dedicación y esfuerzo, es una preocupación de importancia capital para el Obispo” (Pastores gregis, 48). Pero esta inquietud ha de ser compartida como misión de todos los diocesanos de diferente manera pero convergiendo en el mismo objetivo.

Misión de todos

Es frecuente que algunos feligreses de las distintas parroquias que quieren tener una atención pastoral mayor, me escriban o vengan a hablar conmigo para pedirme que les envíe un sacerdote. Sentir la necesidad del sacerdote es de alguna manera tomar conciencia de que también el tener sacerdotes es misión de todos. En primer lugar de la Iglesia, “a cuya misión salvadora se debe la llamada al sacerdocio, y no sólo la llamada, sino también el acompañamiento para que la persona que se siente llamada pueda reconocer la gracia del Señor y responda a ella con libertad y con amor”[2]. En este sentido el Obispo tiene una responsabilidad primordial en la formación de los aspirantes al sacerdocio, ayudándoles a insertarse en la Iglesia particular y autentificando la finalidad pastoral, realidad específica de toda la formación de los aspirantes al sacerdocio. De significativa importancia en esta misión es la comunidad educativa del Seminario, con los diversos formadores que unidos al Obispo han de realizar el programa educativo y ser un ejemplo relevante del valor fundamental de la vida cristiana y del ministerio pastoral con una vida verdaderamente evangélica y de total entrega al Señor. Papel relevante realizan los profesores que “introducen y acompañan a los futuros sacerdotes en la sagrada doctrina, siendo hombres de fe y llenos de amor a la Iglesia”. No me olvido de la responsabilidad de las comunidades de las que provienen los seminaristas: en primer lugar la familia que ha de acompañar el proceso formativo con la oración, el respeto, el buen ejemplo de las virtudes domésticas y la ayuda espiritual y material: una ayuda múltiple en no pocos casos decisiva. También es muy importante la parroquia que en algunos casos suple a la familia en la educación en la fe, sintiendo al seminarista como algo propio en el camino al sacerdocio. Hemos de referirnos por otra parte a las asociaciones y movimientos juveniles que deben contribuir a la formación de los aspirantes al sacerdocio de aquellos que surgen de la experiencia cristiana, espiritual y apostólica de estas instituciones. En el tapiz de la comunidad diocesana son un referente los miembros de la Vida consagrada que “representa un signo elocuente y atrayente de radicalidad evangélica y de disponibilidad en el servicio”. Lógicamente el mismo seminarista es protagonista necesario de su formación, consciente de que nadie le puede sustituir en su libertad responsable, siendo el gran actor el Espíritu Santo para configurarlo conforme al corazón del Buen Pastor. Como vemos es misión de todos, así lo contempla San Juan Pablo II en la Exhortación Postsinodal Pastores dabo vobis. Todavía en este arco polícromo, la sociedad es una piedra significativa en la formación del seminarista quien se ha de acercar a ella con una mirada de discernimiento, siempre atento a los signos que le proporciona para hacer de ellos una lectura creyente, en una actitud de escucha y de diálogo.

Hombre escogido de entre los hombres

Esta implicación de todos hará más efectivo el proceso de la formación del seminarista y lógicamente nos ayudará a comprender que el sacerdote no es un ser extraño, desenraizado y forastero entre los hombres, sino un hombre escogido de entre los hombres para representarles en el culto a Dios (Heb 5, 1) y llevarles a una experiencia real y profunda de Él, evangelizando, administrando los sacramentos y sirviendo a la comunidad.

Exhortación final

Queridos diocesanos, os animo a pedir por las vocaciones al ministerio sacerdotal y a ayudar económicamente a nuestros Seminarios Mayor y Menor, colaborando también de este modo a la mejor formación humana, intelectual, espiritual, comunitaria y pastoral de nuestros seminaristas, a quienes ponemos bajo el patrocinio del Apóstol Santiago, de San José y de María, Reina de los Apóstoles.

Os saluda con todo afecto y bendice en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

5 marzo, 2019
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Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,28-31

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura, vida eterna. Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
La respuesta de Jesús a Pedro deja claro lo que significa el camino cristiano: vivir entregando la vida a Dios y al servicio de los hermanos. La gratuidad y el servicio deben marcar el itinerario que día a día recorremos.

«Ya lo ves, nosotros hemos dejado todo y te seguimos». Esta expresión de Pedro trae una búsqueda de saber cuál sería la ganancia del seguimiento al Señor; es decir, la seguridad, la ventaja o la promoción que se obtendría. Jesús deja ver que la respuesta generosa al llamado personal que se ha recibido trae, en primer lugar, la experiencia de comunidad, de familia que se convierte en signo de la providencia divina manifestada en actitudes concretas de caridad y fraternidad. También, Jesús hace un llamado a liberar el corazón de una respuesta de fe interesada, reducida a una ecuación “te sigo Señor, pero me concedes esto o aquello”. Jesús confirma, entonces, que el camino cristiano se vive a partir del amor gratuito y de la donación generosa, como él que “nos amó y se entregó por nuestra salvación”.

Cierto día comentaba una catequista de la parroquia que una vecina le había preguntado: “¿Cuánto le pagan por ser catequista en la parroquia?” La respuesta no se hizo esperar: “el pago es muy grande”; a lo que se siguió algo más sorprendente de aquella vecina: “¿me podría recomendar con el cura? En ocasiones es difícil creer que se pueda servir con un corazón libre de intereses. Nos movemos en una cultura que pregona que a todo se le debe poner un precio, que es imposible darse totalmente sin esperar nada a cambio.

En la experiencia de la vida nos encontramos con personas que han vivido la verdadera lógica del Evangelio; personas que con una profunda conciencia de gratuidad a Dios han abrazado el servicio y la donación a los otros como la respuesta más genuina al Señor. Es el testimonio aquellos padres que abrazan sublimemente la vocación de la paternidad o maternidad como una experiencia de donación continua y dedicada. Cuánto le debemos a ellos que no dieron su vida esperando una paga. Y que decir que los maestros que ejercen su labor con verdaderos criterios de vocación; de los sacerdotes y consagrados, misioneros y apóstoles laicos que van dando sus vidas en medio de las comunidades confiadas. Tenemos tantos testimonios de personas que saber dar sus vidas y nos enseñas que existen grandes valores, grandes motivaciones que dan trascendencia a la vida del ser humano.

Recordemos que estamos en el pórtico de la Cuaresma; mañana, con el Miércoles de ceniza, iniciamos “nuestra subida a Jerusalén con Jesús”. Recorreremos los cuarenta días hasta llegar a la celebración de la Pascua. Con las prácticas que nos recomienda la Iglesia, el ayuno, la oración, la caridad, agudizaremos nuestro espíritu para comprender la invitación del Señor: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Caminemos, conducidos por el Espíritu, para poder revisar nuestra vida y discernir el llamado que nos hace el Señor. Subamos a Jerusalén con Jesús para contemplar su Pasión, Muerte y Resurrección. No nos quedemos fuera ni como espectadores. Hagamos nuestro propio ascenso.
P. John Jaime Ramírez Feria

5 marzo, 2019
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El próximo 6 de marzo celebramos el Miércoles de Ceniza: Es el comienzo de la Cuaresma.    El Papa Francisco, como todos los años, ha escrito un mensaje para la Cuaresma de este año; cuyo lema es “La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm. 8, 19). Se trata de una invitación a la Conversión

La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular mediante el ayuno, la oración y la limosna.

“Ayunar, o sea, aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con lascriaturas: de la tentación de «devorarlo» todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, esdecir, amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.” Papa Francisco

DÍAS DE ABSTINENCIA Todos los viernes de Cuaresma Obliga desde los 14 años
DÍAS DE AYUNO Y ABSTINENCIA Miércoles de ceniza y viernes Santo Obliga desde los 18 hasta los 59 años

5 marzo, 2019
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