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15 octubre, 2018

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11,25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra del Señor. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Meditación
En la oración, Jesús pone de relieve el que los pobres y sencillos acojan con novedad el Reino e invita a encontrar en el refugio de su corazón nuestro descanso de las fatigas y cansancios del camino de la vida.

El camino recorrido por Jesús en el cumplimiento de su misión estuvo trazado por un sinnúmero de incomprensiones; desde la gente que se le acercaba por interés hasta las ciudades que vieron los milagros y oyeron su predicación pero no quisieron acoger el mensaje de salvación; desde los sabios y doctores de la Ley que buscaban motivos para acusarlo porque les parecía molesto, hasta sus parientes que lo incomprendieron. Solo los pobres de espíritu, los pequeños y los excluidos aceptaron la Buena Nueva proclamada por Jesús.

Esta primera enseñanza que brota de la oración de Jesús conduce a preguntarnos: ¿Acogemos con un corazón dispuesto la propuesta de Jesús o dejamos que nos gobierne la soberbia aferrándonos a nuestras seguridades? La Oración de Jesús se convierte en un llamado personal a dejarnos llenar de la verdadera sabiduría, que conduce al auténtico temor de Dios. Quien responde a la gracia de Dios experimenta en su cotidianidad la necesidad de ser guiado en la voluntad de Dios, reconoce que es vital dar la respuesta de la fe adhiriéndose totalmente a Aquél que lo ha llamado a una vida nueva, liberándolo de engañosas propuestas y falsas soluciones.

Luego, Jesús hace resonar una invitación siempre actual: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Jesús conoce y no permanece indiferente ante el sufrimiento y cansancio de la gente. Ir a Él para renovar la relación con Dios y con los otros; ir a Él para descargar nuestras tensiones, cansancios, desilusiones, agobios, frustraciones y heridas. Sí, ir a Él para dejar que, como dice el salmo 123, repare nuestras fuerzas, vende nuestras heridas, cure nuestras dolencias, reconforte nuestro espíritu y nos ayude a caminar con pie firme. En medio de tanta tensión que vivimos en nuestros tiempos, la invitación de Jesús se hace una necesidad apremiante que se traduce en la búsqueda sincera de una práctica espiritual liberada de la rutina, la costumbre o en simple cumplimiento; es la necesidad de vivir la vida teniendo claras nuestras prioridades. La invitación del Señor, nos quiere liberar de una vida tocada por el activismo que nos sobrepasa y genera tantas tensiones; Jesús nos invita a encontrar en Él nuestro descanso. Es lo que acontece en la experiencia bien vivida de los sacramentos, de la oración y la vida de comunidad.

¿Por qué ir a Jesús? porque está dispuesto a acogernos con ternura y nos brinda su consuelo; sólo en su misericordia entrañable repara nuestras vidas para que también podamos ser instrumentos de acogida y liberación para otros. Ir a Jesús para aprender de Él a asumir con generosidad la voluntad de Dios todos los días de nuestra vida y dejarnos reparar cuando salimos heridos por nuestros pecados.

Al meditar este pasaje del evangelio, acojamos las palabras de Santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia, todo lo alcanza; Quien a Dios tiene nada le falta: Solo Dios basta”.

15 octubre, 2018
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