Inicio Archivos diarios
Archivos diarios

26 julio, 2018

Muchos son los que, en estos días de verano se tomarán unos días de descanso lejos de sus residencias o simplemente desconectando de sus tareas habituales.
Para eso están las vacaciones: para “desconectar”

Pero corremos el riesgo de “desconectar de más” y olvidarnos de que Dios no tiene vacaciones. Allá donde vayamos habrá una parroquia que comparte nuestra misma fe y esperanza a la que nos podríamos unir en las celebraciones.

Pero no basta la asistencia a la Misa dominical. Con frecuencia, cuanto más tiempo tenemos ( sin horarios de trabajo, escuelas) menos le dedicamos a Dios.

En verano debemos cuidar no solo el cuerpo con el relax y el descanso si no también nuestra alma con nuestro plan de vida espiritual.

La finalidad del programa de vida se concreta en encauzar y ordenar el trabajo espiritual. Requiere: conocimiento personal para detectar la pasión dominante y sus manifestaciones más frecuentes; reconocer también las propias virtudes y fortalezas para avanzar en el camino de la transformación; discernimiento y prudencia para elegir los mejores medios y, sobre todo, una gran “determinada determinación”, como decía Santa Teresa, para alcanzar el ideal propuesto.

Obviamente de nada servirá un programa si no se hace vida. Aquí entra muy especialmente la figura del orientador espiritual, quien vigilará y colaborará con el orientado para que trabaje con constancia en su programa, motivando, exigiendo y llevándolo al realismo. La transformación, proceso largo y demorado, depende, a fin de cuentas, del tiempo de Dios para cada alma, independientemente de los deseos personales.

En consecuencia, no podemos pasar estos meses de verano sin cuidar con esmero nuestra vida interior. Como decía: Dios no tiene vacaciones… ¡ Y el demonio tampoco!

 

26 julio, 2018
1 Facebook Twitter Google + Pinterest

Mateo 13, 10-17

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron:
-¿Por qué les hablas en parábolas? Él les contestó: -A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.”

¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Meditación: Resistencia contra docilidad

El capítulo 13 de San Mateo presenta las enseñanzas de Jesús mediante parábolas: el sembrador, el trigo y la cizaña, la levadura, tesoro, la perla y y de la red. La pregunta de los discípulos ¿Por qué les hablas en parábolas?, Jesús aclara que para acoger el Reino de Dios es necesario docilidad, sencillez de corazón y un alma bien dispuesta. Por otro lado, el endurecimiento voluntario del corazón causa aquella ceguera que hace perder la gracia: “Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán.”

Profundicemos en estas dos actitudes: la docilidad que abre a la persona a la novedad de la Palabra de Dios y el endurecimiento del corazón que produce ceguera espiritual y rechazo a la gracia de Dios.

¿Cuál es el comportamiento que el Señor nos pide para que el Reino de Dios crezca y sea espacio para todos? -Pregunta el Papa Francisco-. La docilidad. El Reino de Dios crece con la docilidad a la fuerza del Espíritu Santo…Muchas veces nosotros somos dóciles a nuestros caprichos, a nuestros juicios: ‘Hago lo que quiero…’ Así no crece el Reino, tampoco nosotros. Será la docilidad al Espíritu, la que nos haga crecer como la levadura y la semilla”. Por eso, Dios toma la iniciativa de salir en búsqueda del hombre, con “la gracia responde a las aspiraciones profundas de la libertad humana; y la llama a cooperar con ella, y la perfecciona” (Catecismo 2022). Así se comprende la bienaventuranza que el Señor hace a quienes son dóciles a la acción de Dios: “¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!”.

Por el contrario, el endurecimiento del corazón, consecuencia del no creer ni obedecer la Palabra de Dios, aún cuando se conozcan sus obras, va creciendo progresivamente. Nos enseña el Catecismo de la Iglesia: “La fe en el amor de Dios encierra la llamada y la obligación de responder a la caridad divina mediante un amor sincero… Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios. La indiferencia descuida o rechaza la consideración de la caridad divina; desprecia su acción preveniente y niega su fuerza. La ingratitud omite o se niega a reconocer la caridad divina y devolverle amor por amor. La tibieza es una vacilación o negligencia en responder al amor divino; puede implicar la negación a entregarse al movimiento de la caridad. La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. El odio a Dios tiene su origen en el orgullo; se opone al amor de Dios cuya bondad niega y lo maldice porque condena el pecado e inflige penas” (2093-2094).
Terminemos esta reflexión preguntándonos: ¿Abro el corazón para acoger, conocer y familiarizarme con la Voluntad de Dios?, ¿Cómo es mi respuesta a la gracia de Dios?, ¿He endurecido mi corazón cerrándome a la acción de Dios en mi vida?

John Jaime Ramírez Feria

 

26 julio, 2018
0 Facebook Twitter Google + Pinterest